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Opinión

11 de febrero de 2022 08:38

XXX Jornada Mundial del Enfermo


La advocación mariana “Nuestra Señora de Lourdes” hace referencia a las dieciocho apariciones de la Virgen María que la jovencita de 14 años, Bernadette Soubirous, afirmó haber presenciado en la gruta de Massabielle, a orillas del río Gave de Pau, en las afueras de la población de Lourdes, Francia, en las estribaciones de los Pirineos, en 1858. Ya en vida de Bernadette, multitud de católicos creyeron en las apariciones de la Virgen María como vehículo de la gracia de Dios, y el entonces papa Pío IX autorizó al obispo local para que permitiera la veneración de la Virgen María en Lourdes en 1862, unos diecisiete años antes de la muerte de Bernadette en 1879, siendo proclamada santa por Pío XI el 8 de diciembre de 1933.

El 11 de febrero es la Fiesta de la Virgen de Lourdes, Patrona de los Enfermos, celebrándose también la “Jornada Mundial del Enfermo”, instituida hace 30 años en 1992 por el Papa San Juan Pablo II para sensibilizar a todo el Pueblo de Dios, a las instituciones sanitarias católicas y a la sociedad civil sobre la necesidad de asistir a los enfermos y a quienes los cuidan. Publicamos aquí el mensaje de Francisco para el año 2022 con el lema “Sean misericordiosos así como su Padre es misericordioso”  (Lucas 6,36).

1. Misericordiosos como el Padre. Dios es «rico en misericordia» (Efesios 2,4), que mira siempre a sus hijos con amor de padre, incluso cuando estos se alejan de Él. De hecho, la misericordia es el nombre de Dios por excelencia, que manifiesta su naturaleza, no como un sentimiento ocasional, sino como fuerza presente en todo lo que Él realiza. Es fuerza y ternura a la vez. Por eso, podemos afirmar con asombro y gratitud que la misericordia de Dios tiene en sí misma la dimensión tanto de la paternidad como de la maternidad (cf. Isaías 49,15), porque Él nos cuida con la fuerza de un padre y con la ternura de una madre, siempre dispuesto a darnos nueva vida en el Espíritu Santo.

2. Jesús, misericordia del Padre. El testigo supremo del amor misericordioso del Padre a los enfermos es su Hijo unigénito. Los Evangelios nos narran los múltiples encuentros de Jesús con personas que padecen diversas enfermedades.  Él “recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de los judíos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente” (Mateo 4,23). Podemos preguntarnos: ¿Por qué Jesús atendía y curaba a los enfermos, hasta tal punto de que era parte principal de la misión de los apóstoles, enviados por el Maestro a anunciar el Evangelio y a curar a los enfermos? (cf. Lucas 9,2).

Levinas, un pensador del siglo XX, nos sugiere una motivación: “El dolor aísla completamente y es de este aislamiento absoluto del que surge la llamada al otro, la invocación al otro”. Cuando una persona experimenta en su propia carne la fragilidad y el sufrimiento a causa de la enfermedad, también su corazón se entristece, el miedo crece, los interrogantes se multiplican; hallar respuesta a la pregunta sobre el sentido de todo lo que sucede es cada vez más urgente.

Cómo no recordar, a este respecto, a los numerosos enfermos que, durante este tiempo de pandemia, han vivido en la soledad de una unidad de cuidados intensivos la última etapa de su existencia atendidos, sin lugar a dudas, por agentes sanitarios generosos, pero lejos de sus seres queridos y de las personas más importantes de su vida normal. He aquí, pues, la importancia de contar con la presencia de seguidores de la caridad de Dios que derramen sobre las heridas de los enfermos el aceite de la consolación y el vino de la esperanza, siguiendo el ejemplo de Jesús, misericordia del Padre. 

3. Tocar la carne sufriente de Cristo. La invitación de Jesús a ser misericordiosos como el Padre, adquiere un significado particular para los agentes sanitarios. Pienso en los médicos, los enfermeros, los técnicos de laboratorio, en el personal encargado de asistir y cuidar a los enfermos, así como en los numerosos voluntarios que donan un tiempo precioso a quienes sufren. Queridos agentes sanitarios, su servicio al lado de los enfermos, realizado con amor y competencia, trasciende los límites de la profesión para convertirse en una misión. Sus manos, que tocan la carne sufriente de Cristo, pueden ser signo de las manos misericordiosas del Padre. Sean conscientes de la gran dignidad de su profesión, como también de la responsabilidad que esta conlleva.

Bendigamos al Señor por los progresos que la ciencia médica ha realizado, sobre todo en estos últimos tiempos. Las nuevas tecnologías han permitido desarrollar tratamientos que son muy beneficiosos para las personas enfermas-La investigación sigue aportando su valiosa contribución para erradicar enfermedades antiguas y nuevas; la medicina de rehabilitación ha desarrollado significativamente sus conocimientos y competencias. Todo esto, sin embargo, no debe hacernos olvidar la singularidad de cada persona enferma, con su dignidad y sus fragilidades.

El enfermo es siempre más importante que su enfermedad y por eso cada enfoque terapéutico no puede prescindir de escuchar al paciente que habla de su historia, de sus angustias y de sus miedos. Incluso cuando no es posible curar, siempre es posible cuidar y consolar, haciendo sentir la cercanía personal  por la persona enferma antes que por su patología. La formación profesional debe capacitar a los agentes sanitarios para saber escuchar y relacionarse con el enfermo.  (Proseguirá)

Miguel Manzanera, S.J.