Opinión

21 de diciembre de 2020 09:17

Virgen de la Dulce Espera


Los cristianos reconocemos a Jesús, nuestro Redentor, como el Hijo de Dios Padre. Además, los católicos también celebramos a María como la madre virginal que dio a luz a Jesús sin haber tenido relación sexual con su esposo San José ni obviamente con ningún otro varón. A la luz de la revelación bíblica la Iglesia Católica ha declarado que María fue concebida por sus padres pero sin contraer el pecado original cometido por Adán y Eva, narrado en la Biblia (Génesis 3), que cada ser humano hereda En el calendario católico se celebra el 8 de diciembre la Fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Los evangelios aprobados por la Iglesia no relatan el nacimiento ni la infancia de María, pero afortunadamente ese vacío se cubre por el “Protoevangelio de Santiago”, documento escrito entre el segundo y el tercer siglo. Aunque la Iglesia Católica no lo reconoce como libro bíblico, sin embargo los expertos declaran que aporta valiosos datos que los evangelios aprobados no mencionan, referentes al nacimiento, a la infancia de María y al desposorio con José.

Según el Protoevangelio los esposos Joaquín y Ana, ya mayores y sin hijos, pidieron a Dios tener descendencia y finalmente su oración fue escuchada. Tuvieron relaciones conyugales y Ana quedó encinta por lo que dieron gracias a Dios y decidieron que su hijita a la que pusieron el nombre de María o sea “Amada de Yahveh”. Con la aprobación del Sacerdote llevaron a María al Templo de Jerusalén. Allí fue acogida fraternalmente por otras mujeres mayores y menopáusicas que colaboraban en diversas actividades femeninas como tejer y bordar las vestiduras sacerdotales. María escuchaba también las lecturas y las predicaciones de las Sagradas Escrituras a cargo de los sabios escribas.

De esa manera María comprendió el plan de Dios sobre el pueblo de Israel y más en concreto sobre ella. En el capítulo 62 del libro de Isaías, el profeta comunicó al pueblo la buena noticia de que la Hija de Sión iba a ser desposada por Dios su Salvador. María se sintió llamada por Dios a renunciar a contraer matrimonio y a tener hijos, cargando así con el pecado del pueblo.

Cuando María estaba cercana a la edad de la pubertad, los sacerdotes del Templo se reunieron para ver qué hacían con ella. Pidieron al Sumo Sacerdote que orase para ver cuál era el designio de Dios. Zacarías así lo hizo y sintió que Dios quería que convocase a los viudos del pueblo, entre ellos también José, portando cada uno una vara. Ellos obedecieron. Zacarías rezó sobre ellos y les fue devolviendo a cada uno su vara. Cuando la entregó a José, de la vara salió una paloma que se puso a volar sobre su cabeza. Entonces Zacarías le dijo a José: “A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor”.

José se excusó indicando que él ya era anciano y tenía varios hijos. Casarse con una jovencita sería objeto de risa por parte de sus conocidos. Pero Zacarías le indicó que si no se desposaba con María, el Señor Dios le castigaría como hizo con los rebeldes Datán, Abirón y Coré que fueron sepultados al abrirse la tierra (Cf. Números 16). Entonces José  tuvo que aceptar y llevó a María a Nazaret donde vivían sus anteriores hijos y otros parientes, mientras que él tenía que seguir trabajando haciendo construcciones y más tarde volvería.

El Evangelio de Mateo narra que María, desposada con José, antes de empezar a vivir con él se encontró encinta por obra de la Rúaj Santa (Espíritu). Igualmente el Evangelio de Lucas describe cómo el ángel Gabriel le comunicó esa noticia a María, añadiendo que ella debería poner a su hijo el nombre de Jesús, que en hebreo significa “Yahveh salva”. “Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo  y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre”.

María, que ya antes había hecho la renuncia de no tener hijos como penitencia por los pecados de su pueblo, quedó perpleja y preguntó al Ángel: “¿Cómo será eso si yo no conozco varón?”. Pero entonces el Ángel le reveló el maravilloso plan divino: “La Rúaj Santa (Espíritu) descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso quien nacerá de ti será llamado Santo, Hijo de Dios”. El Ángel le comunicó a María que Isabel, su pariente, a pesar de su ancianidad, había concebido un hijo. Por eso María se puso en camino para comprobar la veracidad del mensaje angélico y para ayudar a su pariente encinta (Lucas 1,26-38).

La encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María es un gran misterio, incomprensible para la inteligencia humana. Hoy en día cabe conocer mejor ese suceso salvífico no explicable biológicamente. La encarnación del Hijo de Dios en el seno de María es una acción milagrosa de la Familia Divina Trinitaria: Dios Padre, Dios Madre (Espíritu) y Dios Hijo.

Como es normal en toda mujer, María al llegar a la edad de la pubertad, en torno a los 12 o 13 años, comenzó a ovular. Ahora bien ese óvulo, fue milagrosamente fecundado por obra y gracia de la Rúaj Santa, pasando a ser un cigoto, embrión monocelular, en el cual se encarnó el Hijo de Dios. María le albergó en su seno durante los nueve meses, al cabo de los cuales dio a luz un precioso niño quien a los pocos días fue circuncidado y recibió el nombre de Jesús, que significa “Yahveh salva”, también profetizado como Emanuel o sea ‘Dios con nosotros’ (Isaías 7, 14).

En los primeros siglos de la Iglesia apenas se habló del papel de la Virgen María en relación con la redención, aunque ya Pablo reconoció que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gálatas 4,4), aunque no profundizó en ese misterio. Más tarde hubo grandes discusiones y el Concilio de Éfeso en el año 431 proclamó a María como la “Theotokos”, término griego que significa “la que parió a Dios”, aceptando que María fue la “Madre de Dios” o más precisamente la Madre de Jesús, el Hijo de Dios.

La Iglesia Católica, conociendo la fecha del Nacimiento de Jesús el 25 de diciembre,  estableció nueve meses antes, el día 25 de marzo, la Anunciación del Ángel Gabriel a María de que el Hijo de Dios se encarnaría en su seno. Como sucede a veces que la Anunciación cae dentro del tiempo cuaresmal, la Iglesia ha querido celebrar también el 18 de diciembre hasta el día 25, la Expectación del parto y venerar a María como “Virgen de la Dulce Espera”, “Virgen de la Esperanza” y más popularmente “María de la O” por su vientre redondeado por el embarazo.

En la actualidad tenemos que proteger la salud materno-infantil y defender especialmente la vida de los infantes no nacidos, indefensos e inocentes, amenazada por el crimen abominable del aborto. Por la intercesión de la Virgen de la Dulce Espera y de su esposo San José, Protector de los niños, defendamos a las mujeres embarazadas, para proteger también la vida y la salud de ellas y de sus hijos, con la colaboración de sus esposos.

Miguel Manzanera, S.J.

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