Opinión

17 de septiembre de 2018 11:00

Papa Francisco: "Hemos abandonado a los pequeños"

3. ucb-inscripciones-tu-lugar-728x90

En el año 2018, con motivo de los viajes del Papa Francisco a Chile y luego a Irlanda, los medios de comunicación han sacado a la luz los abusos que algunos sacerdotes y obispos de la Iglesia Católica han cometido en tiempos pasados y que hasta ahora no se habían dado a conocer plenamente. Tampoco sus actores habían recibido adecuadas sentencias por los delitos penales y canónicos cometidos. Muchas personas e instituciones, también de la misma Iglesia, habían comunicado al Papa que estos casos no deben ser olvidados ni archivados, sino que deben ser adecuadamente estudiados y en su caso sancionados, para que la Iglesia pueda borrar su actual etiqueta de excesiva tolerancia con sus autores.

Especial repercusión ha tenido un informe, publicado por Josh Shapiro, fiscal general de Pensilvania en EEUU, sobre los abusos y encubrimientos sistemáticos de delitos sexuales durante 70 años, cometidos por varios sacerdotes de Pittsburgh y de otras diócesis colindantes. Tras examinar durante año y medio cientos de miles de documentos y recabar decenas de testimonios, un gran jurado compuesto por 23 personas encontró pruebas creíbles contra 301 sacerdotes con su nombre y apellidos, identificando un millar de víctimas entre 1947 y 2017.

Este informe denuncia también el intento de las autoridades eclesiásticas para ignorar las denuncias o encubrirlas, o para proteger a los acusados con el fin de evitar el escándalo y el daño a la Iglesia. La mayor parte de los casos ya han prescrito o sus responsables han fallecido, pero las acusaciones y pruebas de encubrimiento y protección por parte de los obispos u otros sacerdotes han sido definitivas.

Ante la gravedad de la situación el 20 de agosto de 2018 el Papa Francisco ha escrito una carta  sobre este escabroso asunto: “El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad”. En estos escandalosos abusos se involucran también algunos obispos y cardenales.

El Papa hace referencia al demoledor informe de Pensilvania: "El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad”.

Francisco confiesa: “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”.

“La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria y denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona”. Pese a reconocer que en muchos lugares ya se actúa de manera contundente para que no se produzcan más casos como los conocidos recientemente, el Papa pide la ayuda y participación de toda la comunidad.

“Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión”.

“Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno, que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el ‘nunca más’ a todo tipo y forma de abuso”. “La penitencia y la oración nos ayudarán a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males”.

Termina Francisco invocando a María quien supo estar al pie de la cruz de su Hijo. “No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos producen estas llagas eclesiales, con María nos hará bien ‘pedir más en la oración’ buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. María, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo”. Concluye el Papa invocando al Espíritu Santo para que “nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestro dolor y nuestra decisión de luchar contra ellos con valentía”.

Miguel Manzanera, S.J.

Opinión

Noticias