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Opinión

6 de marzo de 2019 09:37

Mensaje del Papa Francisco Cuaresma 2019


“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”

El Papa en su mensaje cuaresmal de 2019 nos recuerda que, a través de la Madre Iglesia, Dios nos concede, como hijos suyos, un tiempo cuaresmal de purificación de 40 días para que nos purifiquemos y podamos celebrar con alegría la solemnidad de la Pascua para llegar a ser plenamente hijos de Dios. De este modo caminamos, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: “Pues hemos sido salvados en esperanza” (Rm 8,24). 

Esta salvación obra en nosotros ya durante nuestra vida terrena. Es un proceso dinámico que incluye también a la historia humana y a toda la creación. El Papa cita la carta de San Pablo a los Romanos: “la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,19). De esta manera, la cuaresma es una preparación para que por la misericordia divina lleguemos purificados al Triduo Pascual, unidos con Jesús en su pasión, muerte y resurrección (cf. Rm 8,29). Desde esta perspectiva Francisco en su discurso propone algunos puntos de reflexión en ese camino cuaresmal de conversión hacia la Pascua eterna, distribuyéndolos en tres partes.

1. Redención de la creación. El hombre está llamado a vivir como hijo de Dios, como persona redimida del pecado que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14). De esta manera pone en práctica la ley de Dios, inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficiando también a la creación y cooperando en su redención. Toda la creación desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios. Quienes gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús reciben más plenamente los frutos de la redención del mismo cuerpo humano. 

La caridad de Cristo transfigura la vida de los santos que alaban a Dios y hacen partícipes también a las criaturas con la oración, la contemplación y el arte, tal como muestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, la armonía en espíritu, alma y cuerpo, generada por la redención está amenazada en este mundo por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. Fuerza destructiva del pecado. Cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y otras criaturas y también hacia nosotros mismos que, más o menos conscientemente, los utilizamos de manera irresponsable. Entonces, nos domina la intemperancia y nos lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar.

Crecen en nosotros deseos incontrolados que el libro de la Sabiduría atribuye a los impíos, quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni tampoco una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos Pascua y si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, nos invade la lógica del tener cada vez más.

La causa de todo mal es el pecado que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación. Por haber roto la comunión con Dios, se ha dañado también la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir. De esa manera el jardín del Edén se transforma en un desierto inhóspito (cf. Gn 3,17-18). El pecado lleva al hombre a considerarse dueño absoluto de la creación, abusando de ella en detrimento de los demás hombres, sin respetar que es nuestra casa, prevista por el Creador.

El hombre, cuando abandona la ley de Dios que es la ley del amor, termina  imponiendo la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) se manifiesta con la ávida búsqueda de un bienestar desmedido, acompañado por el desinterés en el bien de los demás y a menudo también del propio. Ese afán desmedido lleva al hombre a explotar la creación, las personas y el medio ambiente con codicia insaciable. El hombre codicioso termina considerando su deseo como un derecho, pero que, por ser falso, acabará, antes o después, destruyendo incluso todo lo que está bajo el dominio del hombre.

3. Fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón. Por esto, todo ser humano debe seguir a Jesús y aspirar a ser hijo de Dios en la “nueva creación”. “Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2 Co 5,17). También toda la creación puede “celebrar la Pascua”, abriéndose a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Pero Dios nos invita primero al arrepentimiento, a la conversión y al perdón, restaurando nuestro rostro y corazón de cristianos y vivir así toda la riqueza de la gracia pascual.

Esta impaciente expectación de la creación se cumplirá cuando los cristianos, juntos con todos los hombres de buena voluntad decidamos emprender con decisión el “trabajo” de convertirse para ser hombres nuevos. Toda la creación está llamada a salir de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rm 8,21). Por eso la Cuaresma es un llamado a los cristianos a vivir intensamente el misterio pascual en la vida personal, familiar y social, mediante ayuno, oración y limosna como signos sacramentales de conversión.

Hay que aprender a ayunar, cambiando nuestra actitud de dominar a los demás y a las criaturas: Hay que pasar de la tentación de “devorarlo” todo saciando nuestra avidez, al deseo de sufrir por amor, que llena el vacío de nuestro corazón. Debemos orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, para declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna nos ayuda a salir de la tentación de querer acumular todo para nosotros mismos, creyendo falsamente que así nos aseguramos un futuro que pertenece sólo a Dios. Busquemos la alegría del proyecto que Dios ha puesto en toda la creación y en nuestro corazón, de amarle y de amar a nuestros hermanos y al mundo entero, encontrando así la verdadera felicidad.

El Papa recuerda cómo Jesús pasó cuarenta días en el desierto de la creación para transformarla en el jardín de la comunión con Dios, tal como era antes del pecado original. Francisco nos invita a recorrer ese mismo camino con la esperanza de hacernos hombres nuevos con Jesús, contagiando su esperanza a la creación, que así “será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,21). 

Aprovechemos este tiempo favorable, pidiendo a Dios su ayuda para emprender un camino de verdadera conversión. Rechacemos el egoísmo y caminemos a la Pascua de Jesús; haciéndonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades. Compartamos con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, viviremos la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte y atraeremos su fuerza transformadora sobre la creación.

Miguel Manzanera, S.J.

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