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Opinión

24 de abril de 2019 10:41

Jesús resucitó al tercer día según las Escrituras


Resucitar significa que una persona muerta yacente resurge, vuelve a  la vida. En los evangelios se narran tres resurrecciones, realizadas por  Jesús durante su vida terrena: El hijo único de la viuda en Naím (Lc 7,11-17),  la hija del magistrado Jairo (Mt 9,18-26) y la del amigo Lázaro (Jn 11),  ésta última pocos días antes de la resurrección del mismo Jesús, muerto en la cruz. 

Las dos primeras eran de personas fallecidas llevadas a enterrar, mientras que Lázaro había fallecido cuatro días antes, fue enterrado y ya olía mal. La palabra poderosa de Jesús hace que estas tres personas vuelvan a la vida. A su amigo Lázaro le ordena salir del sepulcro y el muerto sale envuelto en los lienzos con los que fue sepultado.

Jesús otorgó a los apóstoles la potestad de resucitar muertos (Mt 10,  8). En los Hechos de los Apóstoles se narran dos resurrecciones realizadas por Pedro y por Pablo (Hch 9,36-43 y 20,7-12). Ahora bien todas estas resurrecciones fueron  temporales, ya que al cabo de un cierto tiempo las personas resucitadas murieron como los demás mortales.

En cambio la resurrección de Jesús fue definitiva y gloriosa. Su resurrección anticipa también la nuestra. Todos moriremos y seremos juzgados por Dios, pero al final de los tiempos resucitaremos. Si hemos obrado bien en esta tierra estaremos en el cielo, gozando de la presencia de Dios. Si hemos cometido faltas leves necesitaremos una purificación en el purgatorio. Pero si morimos con pecados mortales seremos enviados al fuego eterno, tal como Jesús lo predicó. 

Volviendo a la muerte de Jesús en la cruz hay que afirmar que verdaderamente expiró.  No fue una muerte aparente como a veces sucede con personas enfermas, diagnosticadas como fallecidas, aunque todavía están vivas. 

En el evangelio de Juan se afirma que los soldados que lo crucificaron vieron que Jesús ya estaba muerto. Por eso no le quebraron las piernas como hicieron a los dos bandidos crucificados con él, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: “No será quebrado hueso suyo”. Y también otra Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron”. 

También se narra cómo José de Arimatea, seguidor oculto de Jesús, pidió permiso a Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato le concedió el permiso. Entonces él vino, y se llevó el cuerpo de Jesús.  Y Nicodemo, otro discípulo, vino también con una mezcla de mirra y áloe como de cien libras. Entonces tomaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en tela de lino con especias aromáticas, como es costumbre sepultar entre los judíos. Lo pusieron en un sepulcro nuevo cercano cerrado con una piedra circular, en el cual todavía no habían sepultado a nadie. (Jn 19, 31-37).

Aunque no hay testigos directos de la resurrección de Jesús, el evangelio de Mateo menciona un fenómeno telúrico, un terremoto. Un ángel con aspecto de relámpago y de luz blanca hizo rodar la piedra del sepulcro (Mt 28, 2). En la cosmovisión hebrea el terremoto podía deberse a la apertura violenta del “sheol”,  lugar de las ánimas de los muertos, ubicado en las entrañas de la tierra. 

El cuerpo de Jesús quedó en el sepulcro, pero su ánima, llevada por la Rúaj Divina (Espíritu Santo), salió triunfadora del cuero y fue el sheol, donde, durante el Sábado de Pascua, predicó a las ánimas de los muertos y muchos creyeron el Él. Al amanecer del día siguiente, el primero de la semana,  Jesús resucitó. Por eso a ese día se le llamará domingo” o sea el día del Señor.  El ánima divina inhabitó de nuevo en el cuerpo yacente del sepulcro, todavía incorrupto, reconstituyéndose la persona de Jesús en sus dos naturalezas, divina y humana, esta última inmortal, aunque Jesús  seguirá sufriendo por los pecados de la humanidad.

(cf. Hch 2, 31; Jn 11, 39).
Aunque los evangelios no lo mencionan, es obvio que Jesús resucitado se apareció en primer lugar a la Virgen María, totalmente destrozada por el dolor al ver morir a su Hijo y Esposo en medio de horribles sufrimientos que también hirieron su propio corazón (Lc 2, 35). 

Los evangelios narran cómo Jesús también se apareció a las santas mujeres, entre ellas María Magdalena (Mt 28,9) y también a los apóstoles, con los cuales comió, consolándoles e insuflándoles su propio Espíritu (Jn 20, 19-23; Lc 24, 36-43) y anunciándoles que la Rúaj Divina vendría sobre ellos, como lo hizo al cabo de 50 días en Pentecostés, transformándoles en verdaderos apóstoles sabios y valientes para transmitir el evangelio de  la resurrección de Jesús, En su mayoría murieron mártires, conscientes de su victoria eterna. 

Pablo, aunque no fue testigo directo de la muerte y resurrección del Maestro,  llegó a perseguir a Jesús quien finalmente se le apreció y le recriminó por su persecución: “Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues?” (Hch  9,1-9).  Pablo, al ver vivo a Jesús, comprendió que era el Hijo de Dios, fundamento de la fe cristiana: “Si no hay resurrección de muertos, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe” (1 Co 15,13).

El cuerpo de Jesús, resucitado y glorificado, sigue padeciendo  por nuestros pecados. De su corazón sangrante unido al corazón inmaculado de María Virgen, nació la Iglesia que perdurará hasta el final de los tiempos cuando el Señor vuelva victorioso a celebrar las bodas apocalípticas de la Novia, la Virgen María, y la Rúaj Divina , que están clamando  incesantemente: “Ven Señor Jesús” (Jn 22, 17). La resurrección es, pues, la prueba definitiva de la infinita misericordia de la Familia Divina Trinitaria que quiere incorporar en su seno a la Familia de la Iglesia, llamada a predicar la salvación a toda la humanidad. 

Miguel Manzanera, S.J.

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