Opinión

24 de febrero de 2021 08:35

Jesús renació de la Rúaj Divina


Jesús, el hijo de la Virgen María, fue bautizado por su pariente Juan en río Jordán, renaciendo a una nueva identidad como el Hijo del Padre Dios  y de la Rúaj, su Divina Madre, manifestándose así su verdadera identidad divina que estaba oculta por su naturaleza divina. Recordemos aquí los antecedentes. Jesús, aunque siendo el Hijo de Dios, en cuanto hombre fue concebido en el seno de la Virgen María, nació en Belén y pasó gran parte de su vida en Nazaret, una aldea de Galilea, poco conocida. Jesús vivió allí con su padre adoptivo José, con María su Madre y con sus hermanos, hijos de José o parientes cercanos. Según documentos antiguos, Jesús permaneció allí hasta el fallecimiento de José, su padre adoptivo.

El Evangelio según los Hebreos, un valioso documento antiguo, escrito en hebreo, del que se conservan algunos fragmentos relata: “Su Madre y sus hermanos le decían a Jesús: ‘Juan el Bautista bautiza en remisión de los pecados; vayamos (también nosotros) y seamos bautizados por Él’. Pero Jesús les respondió: ‘¿Qué pecados he cometido yo para que tenga que ir y ser bautizado? De no ser que esto que acabo de decir sea una ignorancia mía’”. Pero, después de estas palabras, Jesús recapacitó y resolvió ir a ser bautizado.

Los evangelios narran cómo Juan, pariente de Jesús, al reconocerlo, en un primer momento se negó a bautizar a Jesús y más bien le pidió a Jesús ser bautizado por Él. Aunque Juan en un primer momento se negó, al insistir Jesús, Juan sumergió a Jesús de espaldas, un tiempo bajo el agua, como si se ahogase. Luego levantó a Jesús del agua y en ese momento los cielos se abrieron y la Rúaj Santa, en forma de paloma, bajó sobre Jesús y se quedó sobre Él. Una voz del cielo se oyó que decía: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti he encontrado mis complacencias. Yo te he engendrado hoy” (Mateo 3,16-17).

Notemos que el verbo “bautizar” viene de una palabra griega que significa “bañar”, tal como Juan hizo con Jesús, sumergiéndolo completamente en el agua, simbolizando así la muerte por ahogamiento. Después de un breve tiempo, Juan le levantó indicándole que había recibido una nueva vida. El mismo Juan relata ese acontecimiento milagroso: “He visto a la Rúaj que bajaba como una paloma del cielo y se posaba sobre él. Yo no lo conocía pero quien me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja la Rúaj y se queda sobre Él, ése es el que bautiza con Rúaj Santa (Juan 1,32-34).

El bautismo de Jesús fue un renacer de Jesús hombre, como Hijo del Padre y de la Divina Rúaj. El mismo Jesús se refirió a ello pocos días después cuando de noche a escondidas vino a verle Nicodemo, un magistrado judío, quien le dijo a Jesús: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios, como Maestro, porque nadie puede realizar las obras que tú realizas si Dios no está con Él”.

Jesús le contestó: “En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo quedó impactado y de nuevo le preguntó: “¿Cómo uno puede nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno de su madre y nacer?”.

La respuesta de Jesús fue tajante: “En verdad, en verdad te digo: El que no nazca de agua y de Rúaj (Espíritu) no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne es carne: lo nacido de Rúaj es rúaj. No te asombres de que te haya dicho: Tienes que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”. Nicodemo no entendió esa explicación de Jesús ya que para él era muy avanzada (Juan 3).

Nosotros podemos y debemos comprenderla mejor, porque cuando fuimos bautizados recibimos con el agua también la Rúaj Divina quien con el Padre celestial nos hace hijos suyos. Pero haría falta una buena catequesis que muchos cristianos no reciben. El mismo Jesús, en la última cena antes de su muerte en la cruz, despidiéndose de sus apóstoles les comunicó: “Muchas cosas tengo todavía que decirles pero ahora no pueden entenderlas. Cuando venga la Rúaj (Espíritu) de la Verdad les guiará hasta la Verdad completa” (Juan 16,11-13).

Ojalá podamos prepararnos para revivir este sacramento del Bautismo, completado con el de la Confirmación, para que comprendamos y valoremos el gran milagro de Dios al hacernos renacer como hijos suyos. Ahora que conocemos mejor el gran misterio de la Familia de Dios Trinitario podemos agradecerlo y vivir de acuerdo a esta nueva identidad divina de ser Hijos suyos que Dios nos ha regalado.

Miguel Manzanera, S.J.

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