Opinión

10 de enero de 2022 09:54

Jesús renace en el Bautismo

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En un fragmento del Evangelio de los Hebreos, documento bíblico considerado apócrifo, se narra cómo la Sagrada Familia en Nazaret, después de la muerte de San José, recibió la noticia de que su pariente Juan estaba predicando y bautizando a orillas del río Jordán: “La madre del Señor y los hermanos le dijeron a Jesús: ‘Juan el Bautista bautiza en remisión de los pecados. Vayamos (también nosotros) y seamos bautizados por Él’. Pero Jesús más bien les dijo: ‘¿Qué pecados he cometido yo para que tenga que ir y ser bautizado por Él?’”.

Sin embargo, poco tiempo después, Jesús cambió de opinión y siguió el consejo de su madre y de sus hermanos. Salió de su casa y se puso en camino para ir al río Jordán. Prefirió ir sólo, ya que sintió que Dios Padre le llamaba para que, dejando a sus familiares, iniciase una nueva etapa apostólica en su vida.

Jesús llegó al río Jordán y escuchó a su pariente Juan que administraba el bautismo de conversión. Juan llamaba a los penitentes que se lo pedían, quienes debían declarar en voz alta sus pecados. Juan el Bautista, agarraba uno a uno por la cabeza y lo sumergía de espaldas en el agua, pidiendo a Dios el perdón. Después de unos instantes lo levantaba del agua, indicándole que había quedado limpio de sus pecados y debía iniciar una nueva vida.

Jesús sintió que él también debía recibir el bautismo de conversión. Pero sin embargo Juan el Bautista, iluminado por Dios, le reconoció como su pariente familiar y además como el Mesías prometido. Por eso en un primer momento se negó a bautizarle y le dijo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti”. Pero Jesús insistió: “Deja que cumplamos con toda justicia” (Mateo 3,15). Ante esa respuesta Juan sumergió a Jesús en las aguas purificadoras del río Jordán, no para purificarle de sus pecados, sino para que ese baño limpiase de sus pecados a quienes se bautizasen.

En ese momento Juan, tuvo una visión que la relata así: “He visto a la Rúaj (Espíritu) que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre Él”. Notemos que ya anteriormente Juan había recibido una revelación de Dios: “Aquél sobre quien veas que baja la Rúaj y se queda sobre Él, es el que les bautizará con Rúaj Santa. Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1,33-34). También los otros evangelios confirman esa revelación: “Éste es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco” (Marcos 1,11).

El mismo “Evangelio a los Hebreos” narra así ese momento: “Y sucedió que, cuando el Señor salió del agua, descendió toda la fuente de la Rúaj Santa y descansó sobre Él, diciéndole: “Hijo mío, a través de todos los profetas te estaba esperando para que vinieras y pudiera descansar en ti. Pues Tú eres mi descanso, mi Hijo primogénito, que reinas por siempre”.

Aquí claramente se ve la diferencia entre el bautismo que recibió Jesús y los demás bautismos realizados por Juan. Éste buscaba ante todo que los bautizados se arrepintiesen de sus propios pecados, hiciesen penitencia y confiasen en la misericordia de Dios. En cambio Jesús no tenía pecados, sino que en su bautismo se ofreció como víctima propiciatoria al Padre cargando con los pecados del pueblo.

Como recompensa por esa extraordinaria actitud de caridad y de solidaridad, Dios se le reveló como Padre querido, en hebreo “Abbá”, es decir “Papá”, a quien Jesús rezaba siempre en la oración del “Padre nuestro” que enseñó a sus discípulos. Además, podemos pensar que Jesús también rezaría a la Rúaj Divina, a quien llamaría “Mamá”, Aclaremos que Jesús en su predicación no mencionó expresamente a la Rúaj Divina, ya que sus oyentes no habrían entendido esa identidad materna de Dios.

Sin embargo indirectamente se refirió a ella al explicar que Dios perdonará muchos pecados, pero quien blasfeme contra la Rúaj Santa no será perdonado ni en esta vida ni en la otra (Marcos 3,29; Mateo 12,31-32).

Pero el bautismo de Jesús fue mucho más completo, ya que al ser sacado del agua descendió sobre Él la Rúaj Divina en forma de paloma y se quedó sobre Él. Así se cumplió lo que se había profetizado de Juan el Bautista: “Ése es el que bautiza con Rúaj Santa”. De esa manera Juan dio testimonio de que ése era el “Hijo de Dios” (Juan 1,31-34). Así el mismo Jesús al ser bautizado renació, quedando plenamente habilitado para entrar en el Reino de Dios (Cf. Juan 3,1)

Poco tiempo después de su bautismo, Jesús declaró ese misterio al magistrado judío Nicodemo: “El que no (re)nazca de agua y de Rúaj no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3,5). Pero ante la incapacidad de comprenderle que tenía Nicodemo, Jesús optó por un silencio pedagógico que mantuvo en general durante gran parte de su predicación pública, anunciando que vendría la Rúaj de la Verdad (Juan 16,13).

Recordemos que Juan en el prólogo de su Evangelio afirma que quienes recibieron a Jesús y creyeron en su nombre, han recibido el poder de ser hijos de Dios, “que no son engendrados ni de sangre, ni de deseos de carne, ni de hombre, sino que nacieron de Dios” (Juan 1,12-13). Por eso los cristianos al recibir el sacramento del Bautismo, unido al sacramento de la Confirmación, renacemos de la Rúaj Santa uniéndonos a Jesús y formando parte de su Iglesia, insertándonos en la Familia Divina Trinitaria. Al mismo tiempo estamos llamados a extender la fraternidad universal no sólo con quienes ya creen en Jesús sino también con quienes buscan el camino de la verdadera fraternidad, tal como el Papa Francisco propone en sus mensajes para la Jornada Mundial para la Paz, el primero de enero de cada año.

Miguel Manzanera, S.J. 

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