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7 de marzo de 2021 09:42

Jesús expulsa del Templo a los mercaderes

ESCRITORIO 1

Los cuatro evangelios relatan cómo Jesús expulsó del Templo de Jerusalén a los mercaderes, realizando así “la purificación del Templo”. Esta obra fue espléndidamente construida durante el reinado de Herodes (37 a 4 a.C.) y el pueblo judío estaba muy orgulloso de esa majestuosa construcción. Sin embargo el Templo, que debería ser un lugar de oración, se había convertido en un mercado donde muchas personas vendían y compraban las ofrendas, incluyendo animales que eran sacrificados y ofrecidos a Dios en acción de gracias y de alabanza y también como penitencia por los pecados. Había ritos sagrados a cumplirse en las diversas fechas religiosas y en otras circunstancias. Además muchos cambistas ofrecían monedas judías, utilizadas en el Templo, a cambio de monedas griegas y romanas que traían muchos peregrinos provenientes de otros países.

El Evangelio de Juan (2,13-25) narra detalladamente el inicio de la actividad pública de Jesús, incluyendo su visita al Templo, donde el Maestro fue a orar. Pero al ver la profanación del lugar sagrado se indignó. Hizo un látigo con cuerdas y golpeó a los animales para que salieran fuera. También volcó las mesas de los cambistas, derramando sus monedas por el suelo. A quienes vendían palomas a la gente pobre les ordenó: “Quiten eso de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre un mercado”. Así Jesús rechazó a los vendedores que utilizaban el Templo como un lugar de enriquecimiento. Más tarde los discípulos de Jesús recordaron la frase bíblica: “El celo por tu Casa me devorará” (Salmo 69,10).

Los sacerdotes judíos allí presentes pidieron a Jesús una señal para haber obrado así y Él les contestó: “Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré”. Asombrados le respondieron: “Este Templo ha tardado 46 años en ser edicficado y tú ¿lo vas a levantar en tres días?”. Pero Jesús no se refería al templo de piedra sino a su propio su cuerpo, Templo de la Rúaj Santa (Espíritu Santo).Por eso, cuando  Jesús resucitó de entre los muertos, sus discípulos comprendieron lo que Él había querido anunciar y creyeron en sus palabras.

Con esa expulsión de mercaderes el Maestro mostró su total rechazo de la utilización del culto que hacían los vendedores y los cambistas para enriquecerse. También se beneficiaban los sumos sacerdotes y sus ayudantes quienes, al ofrecer a Dios los bueyes y los corderos, se quedaban con la mejor parte de las carnes crudas o asadas y con las pieles de los animales. En cambio la gente pobre tan sólo podía ofrecer por su purificación dos palomas, tal como hizo la Sagrada Familia al purificarse la Virgen María por haber dado a luz, acompañada de José, su esposo, y de Jesús su hijito primogénito, quien fue presentado como futuro sacerdote sin ser rescatado (Lucas 2,22-24).

Los otros tres evangelios, llamados sinópticos, (Mateo 21,12-17; Marcos 11,15-18; Lucas, 19,45), aunque más brevemente, narran también la expulsión de los mercaderes, aunque posiblemente se trataría de otra expulsión al final de la vida terrena de Jesús. El Maestro entró en el Templo y al ver el gran mercadeo se enojó y echó a los vendedores y compradores de animales para las ofrendas y volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Jesús, cuando fue preguntado por esa acción violenta,  justificó sus acciones citando a los profetas bíblicos: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”. “Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones” (Isaías 56,7 y Jeremías 7,11).

Jesús, cuando estaba en Jerusalén, solía ir al Templo y allí oraba, predicaba y realizaba curaciones milagrosas. Muchas personas creyeron en su nombre, pero la acción sacrílega de los mercaderes y de los cambistas muestra cómo el culto religioso judío había sido contaminado por Satanás, el ángel diabólico. Gran parte del Templo era un mercado de compraventa de animales y de cambio de dinero. Jesús no se fiaba de los sacerdotes y de los cambistas ellos pues conocía lo que había en el hombre. La creciente animadversión contra Jesús culminó con su arresto, flagelación y muerte en la cruz (Juan 2,23-25).

Aclaremos que el Maestro siempre criticó y rechazó la violencia homicida. Más bien invitaba a los enemigos a la reconciliación. En el huerto de los olivos Jesús, cuando fue encarcelado por los guardas judíos, censuró a Simón Pedro, quien queriendo defender al Mesías, sacó su espada y cortó la oreja derecha a Malco, siervo del Sumo Sacerdote. Pero Jesús curó a Malco y reprendió a Pedro diciéndole: “Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo voy a beber?” (Juan 18,11). Con esas palabras Jesús mostró así  la aceptación de su pasión y de su posterior muerte en la cruz como ofrecimiento al Padre para condenar a Satanás y salvar a los pecadores.

Miguel Manzanera, S.J.

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