Opinión

4 de noviembre de 2018 11:15

Celebremos a todos los santos en el cielo y a los difuntos en el purgatorio


El mes de noviembre está marcado el primero y el segundo día por conmemorarse en la Iglesia Católica el día de los santos y el día de los difuntos, respectivamente. La fiesta de todos los santos comenzó en Roma a partir del siglo IX con la finalidad de festejar a los cristianos que superaron las pruebas de este mundo y vivieron conforme a los mandamientos del Señor, aunque no se les haya declarado santos. La conmemoración de los difuntos se inició en la Abadía de Cluny, Francia, un siglo después y de allí se extendió a toda la Iglesia con la finalidad de dedicarles nuestro recuerdo y nuestra oración.

Con ello se pone de manifiesto la misteriosa comunión y solidaridad que existe entre los tres grupos de fieles de la única Iglesia de Cristo. Entre ellos sobresale la Iglesia triunfante que agrupa a todos los fieles que después de la muerte han sido declarados justos y habilitados para gozar de la presencia de Dios, aunque todavía esperan la celebración del juicio final (Ap 7, 13-17).

En segundo lugar está la Iglesia purgante que forman los difuntos. Estos han sido básicamente fieles en el cumplimiento de los mandamientos y preceptos del Señor, pero, sin embargo, necesitan todavía una purificación para poder presentarse totalmente limpios ante el Señor. Ellos forman la Iglesia purgante (cf.1 Co 3, 15).

Por último está la Iglesia militante, compuesta por todos los fieles cristianos que todavía vivimos en la tierra como peregrinos y tenemos que combatir el mal y las tentaciones del maligno en medio de las vicisitudes de la historia.

Además, y como contraste, están quienes durante su vida han cometido pecados mortales contra Dios y/o contra otros seres humanos. En el juicio final serán condenados al fuego eterno con el diablo y sus secuaces (Mt 25, 41-46; Ap 20, 10).

Las celebraciones litúrgicas de estos dos días primeros de noviembre nos ayudan a ser más conscientes de haber recibido el sacramento del bautismo por el que la Rúaj (Espíritu) Santa nos ha borrado el pecado original y nos ha constituido como Hijos de Dios (Jn 3, 5), que formamos la Iglesia de Cristo Jesús, llamada a desposarse con su Salvador (Ap 21).

De esta verdad revelada brota la fraternidad que debe reinar entre los tres grupos de fieles. Los ya declarados santos son nuestros modelos de vida y, al mismo tiempo, nuestros protectores a quienes podemos acudir en las tribulaciones para que presenten nuestras súplicas ante el Señor.

Todos estamos llamados a ser santos, cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios y el mandamiento del amor fraterno. Por eso debemos solidarizarnos con nuestros difuntos que todavía están purificándose en el purgatorio. Entre ellos recordamos a nuestros padres que nos han transmitido la vida, a nuestros sacerdotes, educadores, amigos y bienhechores que nos han ayudado a crecer en santidad y justicia. Pero, además, nuestra solidaridad debe extenderse a todos nuestros difuntos que se encuentran en estado de purificación (Sal 15 y 24) a quienes llamamos las almas del purgatorio.

Existe la costumbre de acudir el 2 de noviembre al cementerio para recordar a los difuntos. Para ello nada mejor que la oración y sobre todo la participación en la Santa Misa, donde recibimos el Pan de la Vida por el que nos unimos a Jesucristo que es la Vía, la Verdad y la Vida: “Quien come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58).

Consolémonos con esta promesa de inmortalidad y de resurrección. Vivamos en estos días la esperanza de nuestro reencuentro final con nuestros hermanos difuntos de acuerdo a las costumbres legítimas. Rechacemos todo exceso inmoral y todo culto supersticioso que nos lleva a debilitar la alegría sana y la fe santa en el verdadero Dios Trinitario Cristiano.

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