Opinión

9 de abril de 2019 15:01

Reinos nuevos o heredados de la campaña electoral


En campaña política es probablemente el momento en que más descarnadamente vemos aflorar estrategias políticas de guerra -en el sentido figurado de la palabra-. Al respecto, el clásico florentino del pensamiento político hablaba de que habían dos tipos de reinados: los que se adquirían por herencia, y los que se adquirían como nuevos producto de una conquista en el territorio.

En el campo de la batalla electoral que estamos viviendo este año en el país, intento situar a nuestros candidatos como príncipes que se comportan bajo reinados por herencia o por novedad.

Tenemos a un príncipe gobernante que lleva practicando de manera simultánea los dos tipos de reinado, partió con el suyo propio que lo adquirió por herencia a partir del gremio al que representa y en este tiempo fue conquistando otros reinos: algunos los dividió y provocó su debilidad inmediata, y a otros los coptó mediante la negociación otorgándoles a favor suyo una serie de prerrogativas para dejarlos existir porque un Estado sin su aparato no podría ser manejado.

Un segundo príncipe, es aquel que gobernó esta tierra en un tiempo corto, se retiró a su castillo para dedicarse a lucir toda su pompa de vestidos y títulos nobiliarios, es decir, alejado por completo de la disputa política vivía una vida como los filósofos epicúreos: evita toda preocupación por la masa. Hasta que fue seducido a participar luciendo toda su retórica fuerte en una campaña que el príncipe gobernante quiso emprender por recuperar un territorio mucho más extendido y que siglos atrás les perteneció a todos.

Movido por las circunstancias y por la corte que lo rodea, este príncipe que todo lo tuvo por herencia política se animó a competir en elecciones contra el actual príncipe gobernante. Hasta ahora lo que se observa más destacable es su defensa del reinado heredado pero sin despliegue de estrategias ni herramientas para conquistar otros reinados e irse así más fortalecido a la batalla electoral de octubre. Algunos cronistas dicen que es porque la corte que lo rodea no le sugiere hacer eso, o porque es un tema de carácter propio porque piensa que el prestigio que rodea a su heredado principado es suficiente para que los demás se sumen automáticamente.

El tercer príncipe es más nuevo en el cargo, antes fue un duque que perteneció a una Corte cuya delimitación territorial de reinado era bastante marcada, este se encuentra hoy en el tránsito hacia ser príncipe por herencia pero sin descuidar los posibles nuevos reinos que pudiera conquistar.

Las señales de deseo de conquista territorial de reinos nuevos hasta ahora en su caso van de la mano de introducirse en esos territorios intentando convencer algunos terratenientes, sellar alianza con él para ganar la batalla electoral y así convertirse en el nuevo príncipe gobernante. Hasta ahora no suena mal esta estrategia porque allí donde gana aliados es justamente en territorios que los otros príncipes aparentemente los tenían controlados.

Debajo de estos tres príncipes tenemos otras tribus menores, unas más numerosas que otras pero con legítimos intereses de ser gobierno; nadie duda de su esfuerzo propio por lograr ser gobierno, pero en política no basta con demostrar solamente amor propio, si fuera tan sencillo entonces estaríamos gobernados exclusivamente por una barra brava. Así las cosas por ahora, unos principados más que otros parecen más preocupados por levantar murallas para protegerse que por atreverse a tantear el terreno, ya veremos si en los últimos tres meses de campaña todos se comportan como príncipes que buscan conquistar nuevos reinos, eso era de todas formas lo que más le importaba analizar y sugerir qué hacer para Maquiavelo, no las herencias.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario