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Opinión

18 de julio de 2019 10:09

Discurseando en política


A estas alturas, todos nos damos cuenta que en política las palabras y las formas importan mucho, importan más en tiempos de campaña electoral, de ahí que lo que los candidatos vayan a decir en un mensaje, entrevista, o declaración es muy relevante porque puede terminar siendo un factor central para el éxito o fracaso en el resultado de la votación final; entre otras cosas, porque para un político en una intervención pública no hay peor pesadilla que tener que dar una respuesta directa.

Cuando se observa el discurso (retórica) en los políticos, según el tipo de intervención que hacen los candidatos, éstas se pueden caracterizar siguiendo la tradición más larga y primera en este arte por los griegos, como iniciadores de los discursos, y registrados en la vida de Cicerón -la novela escrita por Robert Harris, por ejemplo- a través de las siguientes dos alternativas:

Una escuela retórica, llamada como el método asiático: discurso complejo y florido, lleno de frases altisonantes y rimas cantarinas, grandes gestos; algunos incluso se dan el lujo de moverse mucho por el espacio desde donde discursean.

La otra escuela era la de Apolonio Molón: no te muevas mucho, mantén la cabeza erguida, cíñete al asunto en cuestión, hazlos reír, hazlos llorar y, en cuanto te hayas ganado su simpatía, siéntate; ya que “nada se seca más rápidamente que una lágrima”. Nada de juguetear con los dedos, no mover los hombros, los ojos han de seguir siempre la dirección del gesto, salvo cuando se trate de rechazar algo.

Lógicamente no me refiero al mensaje que el político emite, sino a la forma en la que que lo hace, a menudo es la parte menos analizada por analistas y opinadores de la política; por un deseo de complejizar siempre las explicaciones no nos damos cuenta que las relaciones más simples a menudo son en las que se encuentra más contundencia.

Si observamos a nuestros actuales candidatos podemos decir que tienen sus propias particularidades, así por ejemplo Evo Morales se encuentra más cerca de la escuela Molón; mientras que Carlos Mesa es un híbrido de estas porque ciertamente tiene un discurso florido y complejo, grandes gestos, pero no se mueve y mantiene la cabeza erguida; a diferencia de Evo que se empeña más por mover los sentimientos, Mesa mantiene su lado complejo. Por otro lado, Oscar Ortiz es un intento mucho menor en discurso complejo y florido con mezcla de movilización sentimental, le cuesta salir de su imagen del buen tecnócrata auditor.

La puesta en escena de los candidatos es un aspecto que suele ser calibrado por los estrategas de las campañas, quizá con los tiempos que corren en los que más que interesarnos las ideas de los políticos, nos interesa lo que son los candidatos. Entonces el estilo de la forma de discursear termina siendo un factor decisivo a la hora de conectar con electorados, hoy bastante emotivos y defensores de alguna causa, que esperan de los candidatos un mínimo de empatía y claridad que suene a sinceridad en sus gestos y palabras; sino recuerden que en la primera potencia económica tenemos a un político que según las personas pudiera ser un rufián pero al final de cuentas parece sincero.

Marcelo Arequipa es politólogo y docente universitario

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