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Opinión

18 de octubre de 2019 12:46

No va más


Este domingo se decide la suerte de Bolivia en unas elecciones cruciales, cuando se elegirá al presidente para la gestión 2020-2025. La disputa se muestra desproporcionada porque el mandatario en funciones tiene a su favor toda la maquinaria estatal que es inmensa, mientras que su único rival posible, Carlos Mesa, no cuenta sino con la simpatía que ha podido captar durante su campaña y el reconocimiento de muchos electores que saben de sus actividades en el periodismo, la historiografía, la política y seguramente que de sus muchos defectos también.

Va a hacer 14 años en que casi todas las semanas vengo escribiendo desde varios periódicos y algunas agencias noticiosas, mis protestas contra este régimen ineficiente y manipulador. Sin embargo, con los ingentes ingresos que recibió Bolivia de las ventas del gas, S. E. tuvo los recursos suficientes como para contentar al pueblo pobre, despilfarrando en cuanto se le ocurría, pero sin atinar realizar inversiones productivas ni crear una verdadera industria nacional, tan anunciada.

Se burlaron de manera ruin de la separación de poderes en el Estado, y no faltaron jerarcas que se mofaban de los reclamos contra el atropello, expresando que eso de la separación de poderes era un invento capitalista. ¡Vaya cultura política! Y para tener todo bajo su control no se les ocurrió nada mejor que destruir la majestad del Poder Judicial, al convocar a las malhadadas elecciones de magistrados, cuando los togados se designaron en la Asamblea Legislativa y luego fueron “elegidos” en comicios populares, donde venció con creces el voto nulo, es decir el rechazo ciudadano.

Con esos antecedentes cundió una desembozada corrupción nunca antes vista, con miles de millones de dólares echados al gua y con inversiones absurdas que a la fecha solo significan pérdidas irrecuperables. A eso se agregó una conducción internacional penosísima, donde S.E. aparecía fotografiado con importantes líderes, de los que no supimos jamás qué provecho obtuvimos en beneficio de la nación. Malogramos las relaciones con EE.UU, con la UE, y con nuestro vecindario americano, para ir al abrigo de satrapías como las de Cuba, Venezuela e Irán. Por si fuera poco, sufrimos la derrota diplomática más humillante de nuestra historia frente a Chile, en La Haya.

Santa Cruz fue el objetivo principal a doblegar del régimen masista. Nos endosaron un presunto golpe de estado el 2008, que derivó en la masacre del hotel Las Américas y la consecuente persecución a los patriotas cruceños a quienes se apresó y exilió con el pretexto de que se trataba de terroristas, pero, sobre todo, de separatistas. Eso del separatismo ha sido algo que siempre se ha manejado como una guillotina sobre el cuello de los orientales y S.E. no quiso dejar escapar la oportunidad para extorsionarnos con esa calumnia que aún hoy la repite de viva voz.

Luego, naturalmente, una vez perseguidos los líderes, se dedicaron a restringir nuestras exportaciones mediante cupos abusivos, en vez de alentarlas y pusieron de rodillas a los productores para poder salvarse. Pese al MAS el modelo cruceño de desarrollo se ha mantenido a punta de esfuerzo, aunque los masistas digan que debemos agradecerles a ellos de sobrevivir.

Pero, además, desde que S.E. ganó el poder hasta el día de hoy, transitamos la vía crucis de los asentamientos andinos en áreas fiscales o territorios protegidos, dejando fuera de la repartija a los agricultores cambas, como se ha visto últimamente en la Chiquitania. De las ocupaciones no se salvan por cierto las propiedades privadas, que viven en permanente zozobra.

En 14 años no me he apartado ni un milímetro de lo que desde el comienzo sostuve respecto al MAS y su jefe, jamás he perdido el norte, y no existe motivo para hacerlo hora. Con la candidatura de Carlos Mesa, como pudo ser la de Oscar Ortiz, vemos que se puede cumplir una meta trascendente y es que S.E. no vaya más, que se ponga freno a su gazuza de poder, que aliste su equipaje para obligarlo a cumplir con su broma de irse a freír pescados al Chapare. 

Manfredo Kempff