Opinión

19 de noviembre de 2021 12:24

Lo fino y lo ordinario

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Aquella mañana de 1994, el embajador boliviano Eloy Ávila Alberdi tenía listo hasta el último detalle para el reencuentro de prisioneros que un día habían sido enemigos en las arenas del Chaco. Gonzalo Sánchez de Lozada y Juan Carlos Wasmosy intercambiaron reliquias de guerra y firmaron importantes convenios.

Lo central fue el abrazo fraterno entre beneméritos, algunos se habían conocido en1935 cuando cesaron las hostilidades. Lágrimas, recuerdos, anécdotas, risas. Ana María Radal, esposa del diplomático, había horneado delicias benianas. Los Ávila gastaban de sus propios ahorros para difundir las costumbres bolivianas.

Eran personas finas, letradas y cálidas. ¡Qué orgullo para los periodistas bolivianos escuchar las palabras de autoridades y parlamentarios alabando a la representación nacional! Ávila fue reconocido como el mejor embajador en Paraguay.

Igual sucedía con otro beniano, Guillermo Aponte Burela, socialista, casado con la poetisa Martha Reyes Ortiz, acreditado ante el gobierno venezolano democrático. Por gestiones consecutivas fueron elegidos los embajadores más queridos en Caracas. Ayudaban a todo boliviano que pasaba por ahí, sin preguntar sus preferencias políticas. Podían preparar actos culturales, conversar sobre música, sobre historia, sobre autores.

Incluso durante el gobierno del MAS hubo en Asunción un delegado boliviano de primer nivel, Marcelo Quezada, descendiente de familia luchadora y lectora. Fue uno de los fundadores del Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos, IPSP. Las declaraciones de Evo Morales contra el gobierno paraguayo en 2011 alteraron los logros de Quezada.

Los jóvenes deben saber que no siempre Bolivia tuvo como embajadores a personajes ordinarios, incultos, torpes y desprolijos como los que hoy ocupan representaciones del Estado Plurinacional. Ni hubo un caso de expulsión con declaración unánime de persona no grata como sucedió con Mario Cronenbold, de densa biografía.

Luzmila Carpio fue embajadora de Bolivia aún antes de ocupar un puesto oficial. Hermosa con su vestimenta potosina, su sombrerito y sus negras trenzas. Los otros diplomáticos la adoraban, como la había admirado el público parisino cuando salía a cantar trinos de aves que le había enseñado su abuela campesina. Hablaba perfecto francés con cualquier autoridad y soñaba con difundir las culturas originarias bolivianas.

¡Qué diferente a David Choquehuanca que parecía un dictáfono con un solo disco! En cada viaje, en cada discurso en los aniversarios de embajadas acreditadas en La Paz repetía un mismo párrafo ofensivo. En 2006 algunos le prestaban atención; diez años después la gente se miraba azorada. De pronto se le ocurrió obligar a los asistentes a escuchar sus desorejadas estrofas, sin respetar que nadie había acudido ahí para aplaudirlo.

Era poco grato contemplar a ese jefe de ceremonial aturdido por los tres wiskis al hilo, como si fuese preste, escondiendo bocaditos en los bolsillos de su saco multicolor. O los temores femeninos por los presuntos acosos de otro canciller; ¿habrán investigado las autoridades correspondientes? ¿Por qué sigue como adlátere de Evo Morales?

La decadencia del servicio exterior boliviano no sólo se traduce en el mal gusto, la halitosis fétida de varios funcionarios, de sus gulas y embriaguez, sino que se refleja en un extravío que está aislando a Bolivia, ya físicamente mediterránea.

El apoyo al somocista Daniel Ortega es un balido de oveja, no una decisión favorable a Bolivia. Hasta la fracción estalinista del PT brasileño borró su saludo y el candidato chileno pidió a sus aliados no cometer tal imprudencia.

La inevitable crisis de gabinete debe empezar por recuperar la misión y la responsabilidad del Ministerio de Relaciones Exteriores con personal capaz, que sepa leer libros y noticias y no sólo jugar con piedritas y tik toks.

Lupe Cajías es periodista

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