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Opinión

10 de julio de 2020 17:39

La agonía del cuarto poder

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Recuerdo el 22 de marzo, parece remoto y es tan cercano, cuando no llegó ningún periódico a mi puerta; ni el domingo, ni el lunes, ni el martes, ni marzo, ni abril, ni mayo. Desde que cumplí la edad consciente, aún antes de saber escribir, por primera vez en seis décadas no empecé la jornada con la prensa a mi lado.
           
Escuchaba las noticias absurdas de los gringos comprando fardos de papel higiénico, las peleas campales en los supermercados inmensos, los estantes vacíos, los dependientes asustados. No entendía cómo no estaban más preocupados por los impresos; por los kioscos con las cortinas bajadas; por las bibliotecas cerradas.
           
La falta de un periódico en casa era el mayor de los anuncios de la catástrofe mundial. Para los optimistas, era sólo el signo del fin de una época que quizá duró setenta años desde 1945; un siglo desde la influencia de los rotativos; o más de dos centurias, cuando la historia, la novela y la poesía se vendían con los modernos pasquines.
           
Hace más de 100 años que se habla del Cuarto Poder, asunto que ya intuía el gran cruceño Gabriel René Moreno al escribir los hechos de trascendencia consultando a la prensa cotidiana. Casi al mismo tiempo del invento de los linotipos, los ciudadanos tuvieron la oportunidad de conocer ideas al vuelo o de imprimir sus propias consignas.
           
Ni los anuncios apocalípticos como la aparición de la radiofonía, la televisión o del propio internet hirieron tan profundamente a la prensa como la plaga china del Coronavirus COVID 19.
           
En el caso boliviano, dos monstruosidades socavaron piedra a piedra al periodismo boliviano y con ello al conjunto del Cuarto Poder. Aunque los primeros síntomas del cáncer se engendraron en las compras ventas de medios de comunicación y la llegada de capitales dudosos desde los años 80, fue el Movimiento al Socialismo el que enterró a la otrora prestigiosa prensa boliviana.
           
Aunque mucho se ha escrito sobre el tema, nunca será suficiente. El MAS y sus instrumentos dóciles quebraron de forma consciente y sofisticada la estructura del periodismo boliviano. No olvidar los nombres de todos esos funcionarios y esas chicas que se prestaron a la deshonra; ellos saben quiénes son y sienten vergüenza, aunque la disimulen. Desaparecen.
           
Otros arietes estuvieron a cargo del dinero, desde el inversionista Carlos Gil Ramírez socio del masismo y nuevos amos, hasta el manejo millonario del aparato publicitario estatal.
           
¿Qué periódicos, qué medios, qué periodistas podían resistir? Algunas radios, mejor dicho, algunos programas y algunos conductores; ningún canal privado, sólo algunos programas en canales universitarios; ningún programa de “debate” y la gran mayoría de los programas televisivos de entrevistas se fueron tiñendo de azul, paso a paso; don dinero se impuso, no la ideología. Sólo el esfuerzo titánico de redactores, algunos editores, algunos dueños, mantuvo la frente alta del Cuarto Poder boliviano.
           
Entre tanto, los sindicatos fueron ahogados en farras, clientelismo y adulonería. La caída del masismo permitió comprobar las denuncias y cuan graves eran las heridas. No por casualidad están añicos ATB, La Razón y Extra. Los sobrevivientes enfrentaron al poco otro mazazo: la pandemia.
           
Heroicos, los periodistas de a pie continuaron el trabajo de recoger noticias, casi siempre sin medidas de bioseguridad, en primera línea. Más de un centenar contagiado, cinco muertos, decenas de despedidos. ¿Quién quedará para apagar la luz?

Lupe Cajías es periodista
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