Opinión

26 de septiembre de 2022 16:42

Jacobo Libermann: El renacentista que llegó del viento

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Quizá fueron los niños de la casona los primeros en darse cuenta de que su voz era como un susurro y a la vez como un trueno. Y su risa… ¡qué risa! Contagiaba a todos los que se reunían a su alrededor para escuchar sus cuentos y sus sentencias.

En la familia, los amigos de los padres y de los tíos tenían nombre y apellido. A él, sobraba con sólo decir: “El Jacobo”. Todos sabían que esa identificación tenía un solo dueño en las tardes de domingo o en alguna velada vespertina. El hombrecito era tan delgado que podía parecer invisible, pequeño, de ojos intensos y saltones, con sus manos siempre en movimiento.

De él siempre se contaron historias, anécdotas; se nombraban sus artículos, sus poemas, sus últimos libros. Su amor por la naturaleza, por la exuberancia de Yanacachi y sus ríos. Su caprichosa manía de caminar por los cerros y por esas areniscas arcillosas que llevan a las montañas azules. La Muela del Diablo era como su madriguera de felino hasta que las décadas se fueron acumulando en sus espaldas.

A él le gustaba todo y de todo murmuraba acá y allá.

Jacobo Libermann era un hombre renacentista que se equivocó de siglo y de lugar. Fue espadachín en la Revolución de Abril y maestro de ceremonias en el recital de los poetas del Cuarto Centenario. Ocupó con solvencia una cartera ministerial al lado de Víctor Paz Estenssoro; al mismo tiempo, era para los bohemios de Gesta Bárbara ese Hombre Mil, ese amigo leal que tanto nombra Rudyard Kipling.

Es posible que su estirpe le hubiese dejado profundas huellas que ni su cuerpo ni sus emociones podían olvidar. Era hijo de Máximo y Rosa, migrantes judíos de Polonia y Rusia que se asentaron en La Paz en los primeros años del siglo XX, cuando la ciudad salía de su comportamiento aldeano a abrirse a los forasteros que llegaban del mar, del viento, de las tierras bíblicas.

Ser judío no es una calidad que se pierde, opinaba en una ocasión Rosangela Conitzer. Puede ser que, para Jacobo, esa marca no fuese una práctica cotidiana, ni siquiera semanal. Sin embargo, su caminar estaba impregnado de esa errancia, de esa búsqueda incesante para entender el mundo y sus misterios.

Siempre recordaba con amor de amor primero su experiencia como maestro rural en los años cuarenta. Desde los 19 años recorrió las escuelas más entrañables que parecían imposibles, repartidas en puntos tan distantes como en el rebelde Achacachi (justamente en los años de grandes protestas agrarias); o en el minero Corocoro (donde había nacido Juan Lechín, que en esos años se convertía en el gran fantasma de la protesta obrera); o en el puerto de Guaqui, a orillas del Lago Titicaca (que era el centro vital del comercio con los mares del sur); o en San Buenaventura (un punto apenas reconocible en el norte amazónico paceño). Como maestro también llegó a la Escuela Normal de Portachuelo en Santa Cruz y fue director de la Escuela Indígena de Vacas en Cochabamba.

Ese conocimiento del país profundo, de la Bolivia que se agitaba con las acciones de la Federación Agraria o con las huelgas de los mineros, llevó a Jacobo a militar en el Movimiento Nacionalista Revolucionario, en su época más revolucionaria.

Al mismo tiempo, el guerrero se daba tiempo para inscribirse a cursos de filosofía y para comprar y leer todos los escritos posibles. Él mismo se puso a redactar poemas y artículos que publica indistintamente en las páginas culturales de “La Calle” o de “La Razón”, “La Noche”, “El Diario” y en revistas municipales y universitarias.

En 1944 participó con otros jóvenes en el lanzamiento de la Segunda Generación de Gesta Bárbara. Dirigió la publicación de los primeros tres números de la Revista de Artes y Letras Gesta Bárbara, editados en 1950,1951 y 1952, con la colaboración más lúcida de los barbaros. También fue coautor del libro Trigo, Estaño y Mar, que ellos publicaron en 1950 con el impulso de Franz Tamayo

Él es el que contaba años más tarde las anécdotas más originales de esos bohemios, como trasladar cada vez el piano de Enriqueta de la Vega para dar serenatas a las amadas de Sopocachi. O los baños colectivos desnudos en la fuente helada del Neptuno en el Montículo, donde las risas rompían la escarcha del amanecer.

Caminante y poeta, maestro y periodista, todas las huellas lo llevaron junto a otros bárbaros, profesores y redactores como él, hasta Tupiza. Era esa pequeña ciudad centro cultural, como una minúscula Florencia de los Medici. Era imposible que los artistas de los años cuarenta no llegasen a su plaza. Ahí conoció a la amada, Berta Cruz en el círculo de La Caverna, ese espacio irrepetible de Nuevos Horizontes.

Era un amigo frecuente en la casa de la Vega Rodríguez. Aunque él era movimientista y ahí moraba la familia del máximo adversario del MNR, Óscar Únzaga de la Vega, compartían los cuentos, la música, la poesía y las risas que conmovían a los niños. Eran los tiempos donde la fraternidad derrotaba al encono político.

Entre sus colegas poetas de tertulia durante toda la vida estaban Julio de la Vega y Gonzalo Silva Sanjinés. Con Chalo convinó además el goce por el paisaje yungueño y las infinitas caminatas domingueras por los alrededores paceños. Se encontraban en cumpleaños, aniversarios y otras celebraciones. La floresta, el libro, la risa, siempre.

Jacobo Libermann fue director de medios y periodista cultural desde muy joven y fue parte de la Asociación de Periodistas de La Paz. En la gestión de 1992 a 1994 impulsó la redacción de un nuevo Código de Ética junto a otros miembros del Tribunal de Honor. Tuvo la capacidad de mantener siempre una relación equilibrada con sucesivas generaciones que admiraban su erudición infinita.

Entre todas sus ocupaciones, también se preocupó por reunir material sobre los libertadores venezolanos. En sus estantes caseros rebalsaban las fichas acumuladas por años. Sus textos más famosos en Bolivia y en el continente están relacionados con Simón Bolívar y con Antonio José de Sucre. Difundió esa pasión por radio y por prensa.

Nonagenario, mantuvo sus costumbres y sus valores, sobre todo la hospitalidad y la conversación, que sus familiares y amigos gozaron hasta el último suspiro.

Lupe Cajías es periodista

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