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Opinión

15 de octubre de 2019 10:31

El payaso del sistema


Los cultores del comic andan alucinando con el Joker que ha compuesto Joachim Phoenix y los cultores del buen cine de todas las épocas se están lanzando a las salas desparramadas por todo el planeta, acicateados por el León de Oro del Festival de Venecia que ha obtenido esta película de masas, que perfora la historia del más sofisticado y atormentado enemigo de Batman que ha llegado al mundo, según el especial énfasis de esta versión cinematográfica, para experimentar desde sus primeros recuerdos, la negación, el menosprecio, la subestimación, el bullying y el ninguneo, estímulos que conducen al personaje a graduarse de resentido social, según lo dicta el léxico conservador,  con talento para la catarsis sanguinaria como forma de respuesta a todas las desgracias que debe soportar en su tortuosa existencia, combinada de precariedad para enfrentar el día a día y de ilusiones sobre lo que nunca le sucederá: Seducir a la vecina con la que fantasea, pero que en realidad le teme, y alcanzar celebridad producto de un talento que cree poseer y del que casi nadie se entera. 

Digo que esta película --“Guasón” en castellano-- perfora la iconografía de códigos fantásticos, impresionistas, policromáticos y hasta psicodélicos, según las versiones que se producían de una a otra década (comics, películas, serie de televisión), --inaugurada en 1939 con la irrupción del Caballero de la Noche, “Batman” creado por Bob Kane—porque el director Todd Phillips, optando por una estética decadente en la que destacan el claroscuro, la mugre y el deterioro,  aprovecha la laberíntica estructura mental del personaje para ofrecernos la disección psicosocial de un hijo de nadie apaleado por los códigos de convivencia en que domina la apuesta por el individualismo y el castigo al malvado que tiene como destino inevitable la marginalidad en el tablero de la gran ciudad, esa que lleva el nombre de Gótica, y que es en buenas cuentas la Nueva York considerada por tantos, capital del mundo, ciudad inclasificable en un país de señalética perfecta en el que ni el más despistado debería extraviarse.

Nos inculcaron en la infancia la idea de que el payaso tiene como oficio el hacer reír al público que acude al circo. Y que no importan los dramas o crisis existenciales que vaya soportando en la “vida real” porque de lo que se trata es de honrar el pago de la taquilla, sin que importe el acudir al expediente del chiste barato o previsible. El payaso debe reír y hacer reír, aunque tenga inundadas las entrañas de lágrimas y en esa lógica de comprensión, se ha construído en el imaginario que se trata de un ser triste que habita en la pobreza,  pone cara y risa de circunstancias, que sale al escenario maquillado al extremo de quedar sin rostro propio y ataviado de manera estrafalaria para que la ridiculez de entrada, como primer impacto visual, ya resulte graciosa. 

El Joker, enemigo de Batman, era en primer lugar un histriónico egocéntrico que luchaba por controlar la ciudad a través de una organización criminal por él mismo comandada, pero esta última versión, sin la presencia del hombre murciélago, tiene todo para concentrar la trama en un destino solitario,  propio de la represión institucional de las grandes urbes: La cárcel, el hospital, el geriátrico y en este caso el manicomio (Arkham) en el que el personaje desemboca, y con el que se corta de raíz la serie de asesinatos a cual más truculento, todos ellos con una explicación provista por el mosaico social: los chiquillos de barrio afros y latinos, los yuppies de Wall Street que lo atacan en el Metro, su propia madre con quien mantiene una perniciosa relación edípica y le miente acerca de la paternidad que permitió su llegada al mundo y en el climax narrativo, el showman televisivo, ícono del Star System (Robert De Niro), que lo invita a su talk show para mofarse de su necesidad compulsiva de reír y de convertirse en un referente para retrucarle al poder y sus mecanismos, con rabia, violencia y desorden callejero, con gente desbordada y debidamente disfrazada con caretas de clown en homenaje al antihéroe que ha desatado la indignación colectiva. Confesar en la tele un crimen tiene que subir el sagrado rating, aunque las consecuencias se paguen con otro asesinato si de lo que se trata es de competir para ganar en el perverso cosmos del show bussines.

Con alusiones de  guión a “Taxi driver”(1976) y al “Rey de la comedia” (1983) de Martin Scorsese, Joker tiene la particular sutileza de quedar liberada de las convenciones del personaje de comic, para internarse con osadía en la muy característica película de personaje/actor producida por la gran industria en la que se impugna al sistema desde el mismo sistema: Si eres un mal nacido, no te preocupes, los engranajes están preparados para que te conviertas en una entidad monstruosa que es a lo único que puedes aspirar en busca de unos minutos de gloria, porque este mundo usa y bota a los pobretones, y los convierte en criminales desde pandilleros juveniles hasta psicópatas con destino al psiquiátrico. 

En el sistema- mundo, en la contemporaneidad unipolar donde los negocios dominan las creencias, cuando las reglas de juego aplastan la autoestima, siempre habrá un Joker dispuesto a ofrecer un festival sangriento para beneplácito de la morbosa y acomodada existencia de la platea. 

Julio Peñaloza es periodista