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Opinión

13 de mayo de 2022 15:27

Cual mejunje: de aquí, de allá, de acullá, de todo y de (casi) nada


Hoy en la mañana, abrí un WA (léase: mensaje de WhatsApp) de un amigo con una de las geniales caricaturas de Quino: un abuelo enseña a su nieto su extensa biblioteca y le describe quiénes eran egipcios, etruscos, griegos, romanos y mayas, aztecas e incas, a lo que el crío le pregunta: «¿Y nosotros, abuelo? ¿Quiénes somos nosotros?»; la caricatura (hoy meme) termina con el nieto saliendo de la biblioteca y, a pregunta de su mamá «¿Y el abuelo?», le responde: «En la biblioteca, llorando».

Nosotros, ¿deberíamos llorar? Sí, de nuestra propia estolidez, de repetir yerros, de confiar una y otra vez en humos, de dejar engatusarnos de nuevo con cuentas de todos los colores… Pero esto es sólo un a modo de exergo para entrar a lo que sigue.

Hablemos de censo. De contenido y de fiabilidad.

Harto se ha hablado —porque se habla y se desbarra también— sobre incluir el autorreconocimiento como mestizo y la pertenencia a una creencia religiosa. El rechazo oficial a incluir ambas tiene el mismo “agujero negro”: desde el 2012, el discurso ideologizado del MAS aferrado a “somos un país indígena” se desdibujó censalmente cuando sólo el 40,6% se autoadscribió como tal, cifra seguro muchísimo menor aun si se hubiera incluido la opción como mestizo —reconocimiento que hace orgullo en Brasil y Cuba, por sólo mencionar dos casos que los incluyen en su boleta censal— y no nos hubiera reducido el 59,4% de la población a la categoría “no-son”; huelga decir que las “justificaciones” en contra —dada por mestizos culturales que no son indios, es decir: “no-son”— se basan en tergiversaciones acusando de un racismo que carcajearía a Darcy Ribeiro o, quiera Dios que no, tras manipulación sofista —o incapacidad maniquea— de lo recomendado para tal por NNUU y CEPAL, que no repetiré porque la abundé en mis columnas anteriores ahora y en 2012.

Lo mismo sucede con la renuencia a incluir la adscripción religiosa: la batalla ideológica masista necesita “vender” un país ateo o politeísta prehispano porque de esa forma espera lograr dos “goles”: aspira a “desempoderar” la voz de las iglesias —el pueblo creyente— y a reforzar el presunto “indigenismo mayoritario”. Pero ambos van raudos en camino de autogoles.

De la fiabilidad —no abundaré porque soy neófito—, el enfrentamiento es está en asegurar su fiabilidad: geografía censal actualizada. Para oficialistas sí, para muchos no oficialistas —universidades incluidas—, definitivamente no. ¿Otro fracaso parcheado como 2012?

Hablemos del Defensor del Pueblo (de yapa le toca al proceso del Contralor).

De inicio, el proceso empezó con dos coyundas que atenazaban a los parlamentarios: el hábito del —perdido— rodillo masista y la falta de unidad e inexperiencia legislativa de “las oposiciones”. Recordemos los encontrones y peleas que hubo y cómo, negociando, se abrieron caminos. Ahora, en etapa final, vuelve a estancarse todo y algunos ya hablan de prorrogar un interinato que no llegó a candidatura escogida. ¿Qué urge? Que el presidente nato ejerza su atribución de llamar al diálogo y al consenso y que todos los asambleístas —oficialistas y no oficialistas— encuentren un mínimo de consenso y se abandonen posiciones por el desastre: o el interinato o las fojas cero. Quizás así se aprenda para la elección siguiente: el Contralor y se acaben los absurdos interinatos eternos.

De la economía, no me referiré a las siempre auguriosas declaraciones desde el ministerio del ramo; iré a las repetitivas confrontaciones entre el estatismo y los productores agropecuarios —huelga decir “privados” porque no estatales (menos mal porque hubieran sido de fracasos)—, con el productor siempre tildado de agiotista, “solución” para un modelo estatista que termina en importador y, paradoja, freno a las exportaciones —¿acaso exportar no apareja impuestos para el Estado? Dejaré el rifirrafe para versados economistas.

¿Y la Batalla de Ucrania? A 79 días de comenzada la invasión putinesca a Ucrania —artera y despiadada con Ucrania, autodestructiva para Rusia, baldón para Bolivia—, las únicas “victorias” de Putin han sido unir más Europa entre sí y con EEUU —contrario de lo que Putin buscaba y Trump quería—, reforzar la OTAN más de lo que penaba y patear el multilateralismo y la globalización —China “colabora” con sus encierros “COVID cero”—, afectando la economía mundial y provocando miseria en la rusa.

«La mies es mucha y los obreros pocos» (Mateo 9:37). Pero la zarza hoy es más.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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