Opinión

15 de abril de 2018 15:23

Son nuestro reflejo


“En un pueblo muy lejano vivía Gisell, una niña de cinco años, su hermanito Daniel de once años con su papá y mamá, ¡ah! y Copito el gatito jugueton y Luky el perro camaleón que eran las mascotas de la familia. Eran una familia muy linda, papá trabajaba en una finca, mamá se encargaba de los cuidados del hogar mientras que Daniel y Gisell estudiaban muy juiciosos en la escuela, eran niños muy obedientes y amaban a papá y mamá”. Así empieza una de los cuentos más leídos en internet. Solo en los cuentos puede ser tan maravillosa y hermosa la vida dentro el núcleo familiar, sin golpes, sin malos tratos, sin renegar, sin lágrimas, sin enfermedad, etc. Lamentablemente la realidad es otra.

Ahora sugiero al lector que utilice su imaginación y se ponga en el lugar de una niña de once años, que se da cuenta que el amor entre sus padres término, ocasionando el incremento de las peleas y, tanto mamá como papá buscan agredirse con todo lo que tengan a mano.

Después de unos días empiezan las interrogaciones a la menor por parte de su madre: “a quién quieres más ¿a papá o a mamá? Tu padre no te quiere ¿no ves que no me da dinero? Ningún menor debería escuchar frases como estas, ya que es una experiencia muy estresante para los hijos que pueden tener consecuencias a corto, medio o largo plazo y que además generan problemas físicos, emocionales, escolares y sociales.

Y así es como el sufrimiento de la menor se hace visible. Los síntomas de la manipulación van desde: encerrarse en el cuarto, no comunicarse con la familia, tener ira, hasta mentir habitualmente, tener sentimientos de culpa y abandono, rechazo, impotencia, indefensión, ansiedad, depresión o bajo rendimiento escolar.

Pero esto no acaba ahí…

“Mamá, no queremos verte”. “Papá, déjanos en paz y desaparece de nuestras vidas”. Son frases que escuchan algunos padres de boca de sus hijos después de un divorcio o separación conflictivos. Sin saber la razón, muchos padres y madres ven como el fuerte vínculo que les unía a sus hijos va desapareciendo hasta llegar, en los casos más graves, a la ruptura total.

En 1985 Richard Gardner psiquiatra norteamericano, diagnosticó por primera vez el síndrome de la alienación parental (SAP), que se puede definir como “un trastorno que se produce cuando un padre transforma la conciencia de sus hijos, mediante distintas estrategias, con objeto de impedir, obstaculizar o destruir sus vínculos con el otro progenitor”, según explica el psicólogo José Manuel Aguilar, autor del primer libro publicado en España sobre este problema (Editorial Almazana, 2004).

Siempre hemos pensamos que no hay receta para ser padres y, creo que estábamos equivocados, nuestros hijos son reflejo de lo bueno o malo de nosotros, y eso, nos provoca una serie de enfrentamientos con ellos, porque nos enfrentamos a nuestra propia sombra. Un hijo trae a flote nuestros peores defectos cuando se tira en el piso porque quiere unas galletas, y tú, tienes ganas de gritar, golpear, salir corriendo, te sientes agresivo, impaciente y autoritario. Pero te das cuenta del amor que le tienes y con ese amor lo educas. Aprendes a respirar profundo, agacharte, extenderle la mano a tu hijo y entender la situación a través de sus pequeños ojitos.

Un hijo te hace ser una persona más prudente, nunca más vas a volver a conducir sin cinturón, manejar de forma arriesgada, o beber y conducir, por el simple hecho de que no puedes morir (no tan temprano) ¿Quién criaría y amaría a tus hijos de la misma forma en tu ausencia? Un hijo te hace querer más que nunca estar vivo… Pero si aun así no crees que estos motivos valen la pena seguir con tu familia, que sea, por ese encanto indescifrable que los hijos tienen… Es incomparable sentir el olor de sus cabellos siempre perfumados y, tener el placer de sentir sus pequeños bracitos alrededor de tu cuello, para escuchar tu nombre (ahora mamá o papá) con esa vocecita chillona.

Es indescriptible recibir esa sonrisa y abrazo apretado cuando llegas a casa o cuando sales al trabajo, y sentir que eres la persona más importante del mundo entero para ese pequeño ser. Con el paso del tiempo ves en ellos tu misma sonrisa y el caminar de su papá, y entiendes la importancia de tener una parte suya suelta por el mundo. Es increíble como re-aprendes la delicia de un baño con espuma, de un chorro de agua en el calor, de correr con el perro, de comer con las manos sin limpiar. Creemos, que muy poco nos enseñarán porque precisamente tienes mucho que aprender, porque el mundo necesita que seamos mejores personas en esta vida.

Jorge Costas es comunicador social