Opinión

12 de enero de 2019 15:00

Amor y unión mística


El gran Heidegger y Sartre concebían en su existencialismo al ser humano hecho para la muerte. Pero demostraron una gran insuficiencia respecto del amor y la unión mística. Quizá por estar demasiado preocupados por la muerte. Más allá de cualquier tergiversación o llevar el sexo hasta los abismos de la pornea (feo), no anula en absoluto la posibilidad de que toda unión, sea idílica o pasajera, y posiblemente duradera, acabe en una unión mística. Ya el feto en el seno materno preludia esta unión con la madre, o está en el origen de la conformación del nosotros. Tenemos la idea de que la unión mística es propia de los santos o gurús orientales, pues no, todo ser humano está abierto potencialmente a alcanzar esta unión desde su inmanencia. Ahora bien, cómo o en qué situaciones puede darse esta unión. Estoy convencido, que el encuentro entre dos personas, si bien es absolutamente único, porque lo que sucede entre dos individuos, sean estos hetero y/o de otra orientación, nunca se sabrá exactamente la experiencia de sea unión. Se llega a conocer por los otros, solo los contornos. Nunca el núcleo, porque eso es propiedad de los involucrados. Jamás se sabrá qué antecedió a un largo adiós, o qué sucede en el camino por años y años de una pareja. Un viejo pintor boliviano, solía decir que toda relación termina en una tensa amistad. Y para ahondar la cuestión Slavoj Zizek, dirá que no existe la relación sexual perfecta para ningún ser humano; porque, cómo saber en ese momento, qué piensa o en qué están pensando los amantes.

Carlos Fuentes, afirmaba, convencido, de que el amor no existe. Y que solo es posible vivir instantes del amor; por tanto, no es posible amar en todo momento y todo el tiempo al otro. Pero esos momentos sí perduran, y son los que van acumulando materia para la unión mística entre dos personas. Independientemente, de la experiencia buena o mala, si de esos instantes de amor nació un tercero, la unión mística está sellada. Si bien millones de personas, por una razón u otra, que nadie conoce se separan, mientras los hijos permanezcan en esta vida, lejos o cerca de los progenitores, la unión mística viabilizada por los concebidos, no desaparece. En pocas palabras, nunca dejan de ser padres del nacido de esa unión carnal. Es común escuchar y debiera ser una norma, como un apriori universal kanteano, pues uno puede divorciarse de una persona pero no de los hijos. Ahora bien, entiendo por unión mística estos lazos invisibles que los seres humanos crean y mantienen a lo largo de toda su vida, hasta en el momento del Gran viaje, o el “inicio del más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes”, decía Eugenio Trías, como es la muerte.

Hasta en un encuentro, nada planificado, dado por las circunstancias, se crean lazos de unión mística; porque el lenguaje del cuerpo, o las palabras y los gestos, hasta la respiración, por no decir, un  vaso de ron o el humo del cigarro como preámbulo de la cópula, en la que los cuerpos mueren y reviven, se reinventan, nacen, o se crean, dejan huellas indelebles que las conciencias arrastran por el resto de la vida. Esas son para mí las uniones místicas fruto de los instantes imperecederos del amor humano, y que además es el único que experimentamos; y el amor divino, se hizo humano. Por eso, mientras más humanos somos podemos llegar a ser más divinos. El enorme problema es que la sociedad tecnócrata en la que nos movemos hoy, cada vez más tiende a anular la posibilidad de experimentar las uniones místicas, porque, como decía Marx, la fetichización del dinero degrada lo humano a cosa, a objeto.

Escribo estas líneas sobre el amor y la unión mística, después de un largo recorrido por los intricados laberintos del amor. Ya Erich From, en El arte de amar, hablaba del aprendizaje del amar. Pero no siempre por muy experimentados que sean unos u otros, machos o hembras, en las artes del amor, se logra atisbar el valor de las uniones místicas que perviven en los días de los seres humanos. Quizá como Platón discutía en el Fedón y la Republica, dos de sus principales diálogos, al final se plantea la inmortalidad del alma y su separación del cuerpo en un vuelo místico, por tanto, la unión mística de las personas a partir de su experiencia del otro, de una forma u otra es el inicio de esa deseada inmortalidad con la que el ser humano sueña.

Iván Jesús Castro Aruzamen es teólogo y filósofo, poeta y escritor.