Opinión

2 de septiembre de 2019 18:34

Militantes y ciudadanos


Se entiende por militante político, al adepto orgánicamente vinculado a una tienda o agrupación política, es decir, al ciudadano que por diversas razones sostiene una participación activa en política mucho mayor al promedio, dentro de la estructura partidaria formal, aceptando invertir una cantidad de tiempo considerable al proyecto y asumir un grado de compromiso mucho mayor al que el grueso de la población suele destinar a su participación en política, limitándose, en la mayor parte de los casos, a emitir el voto y nada más.

Dicho esto, se pueden identificar dos tipos de militantes: a) Los ideológicamente convencidos, cuya “(…) recompensa es la autosatisfacción por apoyar al partido de sus preferencias y por llevar a cabo ciertas funciones que implican poder, como las de elegir candidatos (…) además de tomar parte en las decisiones sobre la política del partido” [Bealey, 2003]; y b) Los militantes socios, a quienes poco les importa el debate ideológico y se arremolinan alrededor de un “partido empresa”, esto es, aquel que “(…) en lugar de ser una organización voluntaria con objetivos esencialmente sociales, se convierte en una especie de ‘empresa comercial’, en la que los bienes públicos producidos son inherentes a los objetivos reales de los que lideran, en la terminología de Olson, la política es un ‘by product’” [Rodríguez].

Como ya se imaginará el lector, en nuestra realidad predominan y superabundantemente los segundos, en detrimento de los primeros, pues la mayor parte de quienes optan por participar activamente en la política lo hacen en provecho propio, apoyando acríticamente los intereses de los gerentes partidarios (lideres) con la pretensión de “recuperar” luego el tiempo y los recursos invertidos en la campaña, mediante la concesión de unos determinados beneficios, sean cargos o puestos laborales dentro de la administración pública, contratos o favores de la más diversa naturaleza, incluso, fallos judiciales, puesto que hoy ni este especial ámbito de la gestión pública escapa de la lógica electoral.

Es por ello que una campaña basada en militantes, si bien puede ser electoralmente eficiente en la movilización de gente y recursos a fin de construir propagandísticamente la imagen de un poder partidario en apariencia sólido, muchas veces no logra su objetivo central de trascender el núcleo duro de la militancia. De ahí su notable inclinación hacia masivas muestras de presencia humana en calle, como una aplastante manifestación de fortaleza y unidad que busca atraer a los indecisos al “caballo ganador”, instando a votar con resignación en favor de lo “ya definido”, dejándose llevar dócilmente por la corriente para así acceder a las mieles estatales y evitar la ira de la autoridad, abriendo brecha hacia la prosperidad y el bienestar personal y familiar.

Es interesante observar cómo los militantes de esta calaña se van con la misma facilidad con la que llegan, peor si derivan de estructuras corporativas (sindicatos, movimientos sociales, gremios, o logias), lo que les brinda un cierto grado de autonomía y margen de maniobra colectiva, siempre en el marco de sus intereses de grupo, claro, pero ojo, no es menos cierto que en determinadas circunstancias y en el marco de las reglas del sufragio universal, directo y secreto, su debilidad aflora, al extremo de no estar en condiciones de garantizar con certeza ni siquiera el voto de sus propios acólitos.

Ese es un primer atisbo de su inestabilidad, pero cuidado, que el mayor daño suelen ocasionarlo en los periodos postelectorales, al afectar la gobernabilidad y la eficiencia del nuevo detentador del poder estatal, supeditándose a las famosas “deudas de campaña”, emplazadas por ese formidable ejército de mercenarios políticos que se resiste a ser desmovilizado, ávidos de cobrar a cualquier costa lo supuestamente invertido en campaña, claro, como cualquier socio comercial, reputando en su favor una serie de derechos y prerrogativas que buscan ser llenadas con toda clase de prebendas, unas más cuestionables que otras, haciendo imposible la implementación de un sistema meritocrático de carrera administrativa, base para un funcionamiento estatal eficaz y eficiente.

En sentido contrario, un tipo de campaña distinto, de escasa militancia, tendría que ser enfocado más hacia la movilización de los ciudadanos, generando derechohabientes activos, antes que militantes, socios electorales o clientes de gestión. Eso puede resultar electoralmente más débil, es verdad, pero no siempre, pues bajo unas determinadas condiciones sería asumido por el colectivo como una apuesta necesaria y de riesgo calculado, opción que a la larga reportaría enormes beneficios para el buen gobierno, evitando que mareas de militantes descontentos y descontrolados distorsionen con sus demandas la gestión.

¿Que esto es utópico? ¿Qué representa una derrota segura? Pues no hay que ser tan radicales, pues tales cuestionamientos pudieron haber sido determinantes en el pasado cercano, cuando predominaba esa vieja idea de una campaña electoral basada en la movilización de personas de carne y hueso dando a conocer puerta a puerta al candidato y su proyecto político, percepción que hoy va perdiendo espacio y resulta ser: primero, bastante ingenua, pues dadas las dimensiones de la masa electoral de hoy, aquello precisaría de un enorme contingente de operadores, además bien informados y con capacidad de convencimiento, algo que en las condiciones actuales resultaría inalcanzable para cualquier partido; y, segundo, sería válida solo para aquellos segmentos sociales ajenos al uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación, que son los menos y van disminuyendo cada vez más, o para zonas rurales escasamente comunicadas, ámbitos en los que se concentra el núcleo duro de unos de los partidos en disputa, siendo por ello irrelevante para promover cambios en las preferencias, pues estas fueron ya asumidas y además de manera “orgánica”, un modo amable para designar al siempre negativo proceso de dilución de la voluntad individual en la arbitrariedad de la masa.

El debate se traslada así hacia los indecisos que habitan en las ciudades, que son, por lo general, jóvenes y adultos jóvenes de voluntad variable y ánimo voluble, inclinados menos a los partidos y las ideologías que a las causas o movimientos de amplio espectro, destacando entre ellas, las de género o medioambiente, sin desmerecer otras, claro está, por lo que será interesante ver cómo incidió en ellos el tema de los recientes incendios forestales.

Los actores de este tipo suelen no ser muy honestos en las encuestas, rehuyéndolas con frecuencia, erigiéndose como unos “indescifrables” que prefieren sumergirse en sus dispositivos electrónicos antes que someterse al aburrido discurso de un militante que se esfuerza inútilmente por venderles el charque partidario. Es la simiente de un nuevo tipo de ciudadanía cibernética que se aleja de los mecanismos tradicionales de interacción política y agregación de preferencias (partidos y agrupaciones en todos sus matices), devolviendo un cierto grado de autonomía al individuo al trasladar los procesos de deliberación pública directa entre ellos a espacios o territorios digitales, decisiones y preferencias que al final se concretizan en votos.

La irrupción de este nuevo sujeto político podría definir la presente contienda electoral, así como incidió definitoriamente en el 21F en nuestro país, determinó las elecciones de Trump y Bolsonaro (recordemos el escándalo de Cambridge Analítica) o catalizó la llamada “primavera árabe” en el medio oriente (sobre el particular, recomiendo leer: https://www.lostiempos.com/actualidad/opinion/20160319/columna/ciber-demos).

Son estas dos visiones y estos dos actores los que se disputan la hegemonía en el proceso eleccionario actual, el viejo militante de calle o comunidad, con sus tradicionales mecanismos y estilos de hacer política, frente al nuevo ciber-ciudadano en su espacio, ambos de carne y hueso y con necesidades reales, pero que discuten y deciden sobre los asuntos de interés público en planos distintos de la realidad, los unos en el material/corpóreo y los otros en el virtual/holográfico. Ninguno menos importante o valioso que el otro. La cosa se va calentando.

Iván Arandia es doctor en gobierno y administración pública

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