Opinión

15 de mayo de 2018 15:02

Consideraciones de un observador errante


Durante el tiempo que viví en Medio Oriente me había trazado un objetivo en la conciencia: no desaprovechar ni un solo momento en nada que no fueran la asimilación de las generalidades de la lengua arábiga y la indagación de la cultura oriental y la religión del hombre de la Meca, y, aunque por momentos arrebatado por la belleza de los ojos de las mujeres de raza árabe, solamente apelando a la observación y no a la lectura de ningún libro, pude llegar a cumplir mi meta.

Existen libros sobre el Islam como seguidores tiene esta religión, y en muchos de ellos, escritos algunos por fervientes devotos, se indican datos imprecisos o directamente erróneos acerca del origen de la doctrina islámica.

Primero se debe precisar que las arenas del desierto del Sahara y la cultura de los muslímicos no tienen relación directa alguna y que, de la misma forma, islamismo y cultura arábiga no son lo mismo; se ha dicho, pues, que la religión de Mahoma y el desierto son casi uno y lo mismo y que los otomanos y los musulmanes son casi palabras sinónimas. Pero, verdaderamente, no existe una identificación primitiva de la religión muslime (moslem es una adaptación de Occidente) con las llanuras arenosas de Arabia ni con la raza árabe. Si la religión musulmana hubiese surgido en otro punto del mundo, desierto e Islam serían tan ajenos el uno del otro como lo son la humedad y el desierto, y los árabes talvez hubiesen sido panteístas.

Otra observación: hay tantos tipos de musulmanes como hay estrellas en el firmamento. Hay unos, v. gr., que sienten por Mahoma un amor inconmensurable que linda en la irracionalidad porque lo tienen como la culminación de una legión de profetas, pero hay otros que le tienen tan solo como un mensajero, y a éstos les irrita que les llamen mahometanos porque les parece que se les estuviera endilgando la acción de adorar al profeta. A mi modo de ver, y de acuerdo con mi creencia religiosa, son estos últimos los de más profundo pensamiento, o los más sensatos, porque se dan cuenta de que su profeta no puede llegar ni por asomo a ser adorado debido a que su vida fue humana (muy humana, para hablar con Nietzsche), sin decir con esto que no fue una vida ejemplar.

Casi todos tienen a Jesucristo como un ejemplo de vida, pero desdeñan cualquier creencia de naturaleza trinitaria del Dios. Lã ilãha illa’llãh, “No hay más Dios que Alá”. No creen en un cuerpo divino, y piensan que el espíritu de Dios está contenido en él mismo y que es parte de un todo indivisible, es decir, que no debe haber ningún tipo de desprendimiento como para que sea identificado independientemente. Pero es interesantísimo —si se estudia la historia de las religiones— entender cómo el Islam, al ser la más nueva de las tres religiones monoteístas principales, pudo haber bebido muchos elementos doctrinarios del cristianismo e incluso del judaísmo. Una prueba de ello, para eruditos de la historia de las religiones como H. A. R. Gibb, es el que Mahoma haya tenido una idea del Juicio Final tan similar que la que tiene el cristianismo. Con todo, la cultura muslímica fue potente en jurisprudencia e innovadora en doctrina jurídica, y en virtud de esto pretendió unirse con el Estado y la secularidad de la política, a pesar de que pocas veces lo haya conseguido.

Por último, hay que decir que los profetas no son teólogos, y obviamente los teólogos no son profetas. Mahoma fue un iletrado, así que sus consideraciones están lejos de ser explicaciones teológicas sesudas que puedan brindar luces sobre la filosofía de la esencia muslímica; hay que buscarla en otras fuentes (esto sería para los musulmanes una blasfemia, pero por fortuna, al escribir esto, ya me encuentro a miles de kilómetros de esas tierras). Hay en el Corán versículos que parecen contradecirse, como ocurre en la Biblia. Hay versículos que hablan de predestinación y otros de libre albedrío, y la cultura muslímica —como es obvio— ha optado por predicar estos últimos para generar conciencia de ética.

Seguiremos abordando este asunto en la siguiente nota.

Ignacio Vera Rada es estudiante de latín en la Universidad de Salamanca.
Twitter: @ignaciov941