Opinión

12 de julio de 2019 14:47

Cintas de una guerra estúpida


La Casa del Poeta es un centro cultural miraflorino cómodo y que acoge actividades multidisciplinarias y de casi toda índole. Como el espacio Simón I. Patiño, se está convirtiendo en un lugar referente de actividades literarias y hasta cinematográficas.

La noche del pasado 28 de junio, se exhibió en una de sus salas una cinta fílmica de la guerra del Chaco, realizada por Luis Bazoberry (en los títulos, dice que es una película “fotografiada” por él). Se trata de un documental de la guerra, proyectado por primera vez un año después de la conclusión de las hostilidades, en 1936, en La Paz, cuyo título es La Guerra del Chaco 1932-1935.

El documental muestra la selva árida e inhóspita del Chaco, con sus árboles que parecen ramificaciones de los nervios humanos, las trincheras y los alambres de púas de una guerra conclusa, soldados bien trajeados y escuálidos, casi desnudos por el calor, la fragua del matorral y, particularmente, Fortín Capienda y Villamontes, que son los dos lugares donde los soldados de ambos bandos se ven y reencuentran, esta vez para reconciliarse. Sonrientes, con los uniformes lustrosos y las condecoraciones por todas partes, los militares de alto rango intercambian abrazos y se estrechan las manos, porque esa tan cruel, sangrienta y despiadada guerra para aquellos dos pueblos ha llegado por fin a su término. También se muestran cientos y cientos de soldados rasos, desnudos de cintura a cabeza, famélicos y con los pómulos salidos por la flacura de sus cuerpos. No sonríen, más bien miran como al vacío porque están siendo testigos de un resultado final que no tiene sentido. El espectador tiene que imaginar lo que todos esos guerrilleros de la patria dicen, porque es una película silente. Al comienzo, el cineasta Alfonso Gumucio Dagrón explica cómo y en qué condiciones se rescató la cinta.

Germán Busch Becerra. Enrique Peñaranda del Castillo. Muchos militares que caminan de un lado a otro. Todos, con sudor que hace brillar sus frentes y bajo un sol que, en los colores blanco y negro de la cinta, parece estar cayendo a plomo, lucen rostros menos tristes que cuando apretaban los gatillos: esa guerra sin sentido alguno, ese choque estúpido de armas, ha terminado por fin. Fue estúpido para Bolivia porque nuestro país fue a defender, con un nacionalismo exacerbado y un patriotismo digno de los hexámetros de Homero, un territorio árido y seco; para el Paraguay, porque sus mejores hombres derramaron sangre a mares por un terreno inhóspito y desprovisto del anhelado y codiciado petróleo…

La película luego muestra copiosos banquetes en los cuales los altos mandos boliviano y paraguayo se sientan a sus anchas a beber y comer, para sanar unas heridas que estaban marcadas en la piel de otras personas… Mientras tanto, los combatientes, quienes habían estado verdaderamente en la guerra, vale decir, en las trincheras de la línea de fuego, se ven mancillados y escuálidos, con las caras selladas como por un shock. Los camiones pasan y repasan trayendo y llevando los últimos fusiles, los últimos cañones, los últimos hombres de los lugares más remotos.

Como dijimos, la película se proyectó por primera vez en 1936, y no tuvo éxito porque todo el mundo estaba desencantado y hasta lacerado con el resultado de la guerra; se la volvió a proyectar en 1962, conmemorando los 30 años del inicio del conflicto. El año 2015, en conmemoración de los 80 años de inicio de la contienda, se la volvió a proyectar en la Cinemateca Boliviana. Y hoy, nuevamente. Es un gran paso en la preservación y complementación de la memoria material histórica de ambos países, ya que nuestros hermanos paraguayos tienen en sus repositorios una cinta parecida, llamada En los infiernos del Chaco, que fue una producción encomendada por el gobierno paraguayo al argentino Roque Funes.

Ignacio Vera de Rada es licenciado en Ciencias Políticas
Twitter: @ignaciov941