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Opinión

17 de mayo de 2022 15:15

Las limitaciones de lo “indígena” y lo “mestizo”


La mentalidad colonial está enraizada en la sociedad boliviana y vive normalizada en la cotidianidad, sin embargo, es en el ambiente político donde se muestra más descarnada y también efectiva, conllevando cíclicamente a periodos de conflictividad intensa que, por ahora, no tienen perspectivas de superación.

En el contexto vigente, en la antesala del Censo 2022 se ha reestablecido el debate sobre lo “indígena” y lo “mestizo” en la boleta censal. Gran parte de las reacciones son más propios del siglo XIX que del siglo XXI, muestra del fracaso de la política “descolonizadora” plurinacional, como también de la prevalencia de criterios de supremacismo y darwinista social en segmentos de la población boliviana.

Sin embargo, los clivajes identitarios en disputa, lo “mestizo” y lo “indígena”, tienen elementos comunes, aunque con intencionalidades diferenciadas. Como puntos convergentes se puede mencionar la motivación homogeneizadora que encubre la diversidad de la sociedad, ambos términos se centran en esencialismos amparados en sesgos convenientes para sus relatos políticos, ambos construyen un imaginario de alteridad como dicotomía conveniente, ambos se constituyen en portales que posibilitan la afirmación de otras identidades.

En el caso de lo “indígena”, es un término que se implementó de forma sistemática en el discurso plurinacional, encubriendo los relatos de índole popular que en los años 90s se expresaban en la identificación “aymara, quechua, tupi guaraní”. Lo “indígena” no forma parte de la producción popular, por ende, permanece ajena a las expectativas y proyecciones sociales, siendo divergente de la producción estatal contenida en el “suma qamaña”. El imaginario “indígena” producido por los organismos internacionales, no ha hecho más que reafirmar una condición estática y exotizante, en consonancia con la mirada posmoderna culturalista occidental.

Esta mirada de lo “indígena” como minoría, sujeto vulnerable, cuasi antimoderno, en posiciones subalternas y con una “cosmovisión” rural-agraria-comunitaria muy diferente a lo occidental, ha influido en la subjetividad social, más aún en una Bolivia con una movilidad social intensa en los sectores populares. Para ser aymara primero se debe aceptar ser “indígena” y cumplir con sus requisitos, así esta categoría es una llave que asegura el acceso a otras identidades coartándoles la posibilidad de trasformación contemporánea. Es este sentido, no es extraña la reducción porcentual intercensal (2001-2012) de la población que se autoidentifica como “indígena”.

Sin embargo, pese a esa limitación, lo “indígena” tiene una importante legislación tanto nacional como internacional, que ampara a poblaciones que están siendo vulneradas en sus derechos fundamentales, brindándoles mecanismos de defensa ante entes que generalmente se amparan en su poder económico y político. En este sentido, no es conveniente “desindigenizar” porque tal planteamiento ampliaría brechas en cuanto al cumplimiento de derechos de muchos grupos sociales.

En el caso de lo “mestizo”, tal categoría se retrae plenamente a la colonialidad y como tal no puede desligarse de su esencia racializada, al menos en gran parte los imaginarios expuestos los últimos días. Si bien existen argumentaciones referidas a la cualidad incuestionable de “mestizaje” genético y cultural del ser humano, tales criterios no necesariamente son replicados en la subjetividad social, sino obedecen a criterios evolucionistas culturales y darwinistas sociales. En este sentido, la categoría “mestizo” tiene dos connotaciones importantes: “no ser” y el “dejar de ser” aquello atribuido como “indígena”.

En gran parte de las clases medias tradicionales lo “mestizo” implica “no ser indígena”, ello consiste en interpretar lo “indígena” como algo puro desde un enfoque culturalista y étnico, por lo tanto, la pureza es imposible e inexistente, negando toda condición que no sea el mestizaje como mezcla: “todos somos mestizos”. Este criterio no se basa en una afirmación del ser, sino en la negación de una condición como identidad, incluso cuando el mestizaje implica la presencia de un componente “indígena”.

En las clases medias emergentes de raigambre popular, lo “mestizo” tiene más una connotación de “dejar de ser indígena”, esto a influjo del discurso estatal y académico desde finales de los años 90s, que proyecta una imagen de lo “indígena” casi como una antípoda de lo moderno, algo que contradice el proceso de automodernización popular. A esto se suma la estanqueidad de gran parte de las intelectualidades de este ámbito, aún refugiadas en ideas ancestralistas e indianistas que no proyectan las expectativas de la población.

Ambas formas de entender lo “mestizo” (“no ser”, “dejar de ser” indígena) mantienen un patrón interpretativo semejante a postulados del siglo XIX. El evolucionismo cultural interpreta la cultura mediante etapas progresivas y con una linealidad ascendente (salvajismo-barbarie-civilización) que se enmarca en el horizonte moderno occidental y en ello cumple plena funcionalidad la mentalidad colonial. En este sentido, el estadio bajo es “indígena” y el alto es “mestizo”, la adopción de -por ejemplo- la urbanidad, de una profesión, la tecnología actual, implicaría cierta idea de ascenso y superación de estadios.

Retornando a los criterios homogeneizantes, hipotéticamente, de generalizarse el criterio de “todos somos mestizos”, la estratificación se aplicará -por parte de los grupos dirigentes- con esa homogeneización discursiva como base, pero retrayendo atributos culturales y racializados nuevamente dada la naturaleza colonial de jerarquización. Un caso interesante es el “cholo” que ya no es considerado como “indígena” pero tampoco llega al status de “mestizo” pese a disponer de un poder económico propio de segmentos sociales no subalternos.

Bajo esta óptica, lo “cholo” no alcanza el estatus de lo “oficial” y pleno, por ende, sus expresiones mantienen criterios diferenciados. Un ejemplo es el denominativo “cholet” -el chalet de los cholos- que necesita ser delimitado como tal para remarcar diferencias con el chalet “oficial”, función similar cumple la denominación de “burguesía chola”, a la cual no le alcanzan los atributos para ser denominada sólo como “burguesía” (la cual sería mestiza). En esta lógica: “todos somos mestizos pero unos son más mestizos que otros”.

Lo “indígena” es una necesidad jurídica dadas las asimetrías vigentes, lo “mestizo” es una condición genética y cultural de partida, por ende, uno no debería negar lo otro, ya que no necesariamente se tratan de identidades concretas las cuales tienen otro nivel de especificidad. Ambas categorías encubren y limitan otras identidades además de sus proyecciones, y -en lo político- sirven de clivajes ideologizados que eternizan las dicotomías coloniales.

Hoy -como nunca- la sociedad boliviana en su conjunto tiene más elementos comunes que divergentes, dados los fenómenos como la urbanización, la movilidad social, las migraciones internas, la multilocalidad, el mercado interno y la apertura a lo contemporáneo. Estos fenómenos se traducen en la “automodernización popular” que implica la transición de una sociedad fragmentada, a una más cohesionada cultural y territorialmente sin necesidad de homogeneización. Mientras el ámbito político sigue en sus disputas estériles, desde abajo se está construyendo una bolivianidad basada en condiciones de vida y realidades dinámicas, desde abajo se traza un horizonte de país. 

Guido Alejo es arquitecto y analista

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