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Opinión

11 de marzo de 2022 17:13

“El Alto moderno”: una visión de ciudad desde la sociedad

ESCRITORIO 1

MIRADAS DE LO “MODERNO” DESDE EL ÁMBITO POPULAR

Lo “moderno” tiene muchas connotaciones y por ende despierta distintas reacciones, ya sea el rechazo desde la academia decolonial, hasta la apología de la modernidad occidental de los sectores conservadores. El Estado tiene su forma particular de propugnar lo “moderno” y lo asocia más al poder de la imagen, a la infraestructura que, dicho sea, no necesariamente es planificada ni es eficiente al elevar la calidad de vida de la población. 

Sin embargo, en una Bolivia inmersa en la vorágine de la urbanización y movilidad social, lo “moderno” tiene otras connotaciones en la informalidad y el ámbito popular. En el caso de la ciudad de El Alto, para las organizaciones sociales lo “moderno” está más asociado a los servicios e infraestructura estatal, lo que despierta determinado tipo de demandas concretas al Estado, ello también se expresa en un ente de cohesión que moviliza.

El 7 de febrero del año 2022 se celebró en El Alto la denominada “Cumbre Interinstitucional”, a la que asistieron parte de la dirigencia de la COR, la Federación de Gremiales, la FEJUVE y otras organizaciones sociales. En el evento se planteó el horizonte de una “Ciudad Moderna” y “referente del país”, además de trabajarse mesas temáticas referentes a la salud, educación, seguridad ciudadana.

Existen antecedentes anteriores, por ejemplo, hace casi 20 años, el 17 de junio del año 2002, 400 juntas vecinales se movilizaron pidiendo un plan de modernización de esta ciudad, además del traslado del aeropuerto Internacional de El Alto a la población de Laja.

La “modernización” es una constante en el relato y narrativa de las organizaciones sociales, allí no necesariamente se habla del “suma qamaña” ni la “descolonización”, menos aún de las “libertades”. La Modernización se da de forma posterior al cumplimiento de derechos humanos fundamentales vinculados a la infraestructura, cuando se le hace mención, es porque se da por sentado que lo básico será cubierto.

En la juventud alteña lo “moderno” está asociado a la alta tecnología y la revolución 3.0. No es extraño que periódicamente salgan a la luz varios jóvenes autodidactas que exponen creaciones robóticas realizadas de forma artesanal. Ello no solamente está restringido a la mancha urbana alteña, sino a contexto aymara altiplánico, donde cíclicamente se dan a conocer desde brazos hidráulicos hasta cosechadoras de papa y tractores.

El desarrollo de esta “robótica artesanal” se desenvuelve en contextos de profunda precariedad, vulnerabilidad social, pobreza y carencias múltiples, lo que hace más ponderable su realización. Pese a ello el Estado en sus distintos niveles no tiene prevista la implementación de políticas de apoyo para explotar esta potencialidad, incluso El Alto no es contemplado para la ejecución de una Ciudadela Científica. 

Otro segmento social dinámico es la emergente clase media de origen popular (denominado “qamiri” en idioma aymara), la cual se constituye en una verdadera elite social, siendo la vanguardia cultural de la ciudad a través de sus expresiones artísticas, festivas y arquitectónicas. Este sector ha logrado dar un paso más allá en la reinterpretación de la modernidad en un contexto de informalidad, ya que ésta no queda en un enunciado ni en un elemento de consumo, sino en una producción propia.

La arquitectura de la “automodernización” (mal llamada “cholet”) es una de las principales expresiones de este grupo social ya que representa la materialización de la acumulación de capital económico y social, además de una mirada más allá de los cánones impulsados por el Estado y la academia. Es una adaptación de recursos materiales, tecnológicos y estéticos actuales a necesidades contemporáneas desde la herencia cultural aymara. No es una fusión de tradición y modernidad, sino es la tradición que incorpora selectivamente elementos modernos para continuar teniendo vigencia y proyección.

En los actores descritos, las organizaciones sociales, la juventud innovadora y el “qamiri”, se puede encontrar el elemento común de la adaptación de la modernidad desde distintos enfoques desde la sociedad misma. Si bien tiene sus luces y sombras, forman parte de una ”automodernización” propiamente dicha, la cual seguirá a pesar del Estado.

TIWANAKU DEL SIGLO XXI

Desde algunos sectores del activismo alteño se ha venido acuñando distintos nombres a la ciudad como “ciudad Tupac Katari” y “Capital aymara”. De todas las nominaciones, una de las más comunes es la de “Tiwanaku del siglo XXI”, lo que implica el imaginario de la continuidad de una civilización que marcó en muchos aspectos el punto culminante de la civilización prehispánica en nuestras tierras.

Pese a ello, desde una perspectiva estatal, el Tiwanaku prehispánico tiene una diferencia sustancial con la ciudad de El Alto y Bolivia en general: 

• Tiwanaku fue un Estado pleno que logró condensar una identidad común sin necesidad de la violencia física. En cambio, Bolivia sigue siendo un Estado informal con una institucionalidad aparente fracturada políticamente por el racismo y regionalismo.

• Las élites de Tiwanaku fueron cultas y visionarias, lo que se expresa en una eficiente administración estatal, la cual convirtió a Tiwanaku en una potencia regional de primer nivel. En Bolivia y El Alto las “élites políticas” demuestran una desconexión con realidades mayoritarias y su visión es cortoplacista, así como una capacidad más orientada al patrimonialismo de Estado que el desarrollo en sí, ello se refleja en el atraso boliviano en relación a resto de la región.

• Tiwanaku -como ciudad- estuvo planificada y demostró una sofisticación notable en su desarrollo arquitectónico. El desarrollo urbano de El Alto no necesariamente se debió a planes estatales, sino se debió en gran parte a la autogestión.

• El desarrollo tecnológico y científico de Tiwanaku fue de vanguardia, tanto en tecnologías constructivas, producción agrícola, astronomía lo que repercutió en una calidad de vida elevada. En Bolivia y El Alto el desarrollo científico está en segundo plano, restringido al esfuerzo de algunas universidades y a sacrificios individuales.

Si bien las diferencias entre El Alto y Tiwanaku pueden ser abismales, el parangón no deja de ser interesante. La construcción discursiva de una modernidad propia no está orientada a la reproducción de lo cánones de Europa y EEUU, sino a Tiwanaku, el horizonte es Tiwanaku y ello implica todas sus virtudes, las que pueden ser perfectamente funcionales en el mundo contemporáneo.

EDUCACIÓN Y MERITOCRACIA

Un elemento transversal en el imaginario alteño -y por extensión del indígena contemporáneo- es la educación como medio de ascenso social. No es de extrañar que uno de los equipamientos más importantes en la expansión de las urbanizaciones sean las escuelas, las cuales, a menudo, son construidas por los mismos vecinos ante la ausencia del Estado.

Esta forma de reconocimiento de la educación no solo se da en el ámbito urbano, sino también en el área rural aymara, donde antiguamente los cargos eran designados según la experiencia de los comunarios, pero posteriormente los jóvenes que podían leer y escribir también fueron incluidos por sus aptitudes y capacidades.

En la segunda mitad del siglo XX, en la medida que la movilidad social se hacía patente, varios jóvenes alteños aymaras incursionaron -a costa de grandes sacrificios- en las universidades del sistema público, ya con el tiempo la sociedad alteña se movilizó con el objetivo de lograr una Universidad pública propia. En la actualidad jóvenes alteños están presentes en instituciones de educación superior, públicas y privadas, lo que implica la importancia que ha ganado en logro de una licenciatura y estudios de postgrado.

Esta valoración del capital cultural, desde la sociedad, es creciente y se expresa también en la mirada crítica que se tiene de la administración pública estatal. En esa lógica fue previsible reducción de la aceptación de la actual alcaldesa Eva Copa, al ser nombrada una joven de 20 años de su agrupación como presidente del Concejo Municipal. El “ser profesional” ya forma parte de un requisito indispensable para ejercer los más altos cargos, igualmente se reconoce la trayectoria y experiencia.

En este sentido, se puede aseverar que la meritocracia es un deseo inherente como requisito para tener acceso a cargos de decisión. Ello también tiene relación con las transformaciones que ha vivido la ciudad durante las últimas décadas, lo que implica la valoración de aptitudes que anteriormente eran escasas, pero ahora son comunes.

PLANIFICACIÓN Y EMPRENDIMIENTO DESDE LA SOCIEDAD

Si se toma en cuenta la vigente dinámica de la subjetividad social, se puede afirmar que la sociedad alteña piensa a futuro y planifica en distintas facetas. Ello se evidencia, por ejemplo, en la construcción misma de la vivienda “utilitaria popular”, cuya proyección y construcción no solo toma en cuenta el sustento diario (la vivienda siempre tiene tiendas y locales para alquilar) sino el crecimiento familiar y sus múltiples necesidades futuras. 

Otro elemento interesante se da en el emprendimiento en diversos grados. Desde el empresariado que lentamente toma fuerza en la Cámara de Industria y Comercio (CAINCO), hasta emprendedores pequeños que forjan un sustento familiar en medio de la informalidad. El “qamiri” -la vigente élite social- prefiere autodenominarse como “emprendedor”, dadas sus cualidades para el comercio y para la diversificación y reproducción de su capital económico. 

Se ha forjado históricamente una cultura de la resiliencia amparada en el apoyo colectivo basada en lazos de parentesco, la cual capea distintas crisis, desde políticas, económicas hasta pandémicas. En base a este carácter, en El Alto se ha logrado reducir los índices de pobreza extrema y lograr cierta movilidad social. La visión y el emprendimiento ya forma parte de la identidad y carácter de la ciudad, con sus matices y posibilidades.

Una faceta importante es que este carácter se desenvuelve con soltura en la informalidad económica, cuyas cifras, en El Alto, posiblemente superan la cota del 82,8% que es el promedio nacional. Esto dice mucho del papel del Estado y su rezago en cuanto a las dinámicas sociales, tanto que la formalidad no logra despegar. 

UNA VISIÓN DE CIUDAD DESDE LA MIRADA DE LA SOCIEDAD ALTEÑA

Una visión de ciudad no debería ser una invención intelectual ni responder a un deseo político. Si se toma en cuenta la realidad alteña las proyecciones políticas, intelectuales a través del Estado y la Academia no han tenido efecto y son incapaces de universalizarse. En otros casos la inacción estatal deja pasar oportunidades históricas, tal es el caso de la visión de “ciudad industrial” que, en la actualidad, dada la densificación del municipio y la contaminación, no podrá prosperar.

En síntesis, las características de una visión de ciudad que implica “El Alto Moderno” se puede englobar en dos segmentos, uno relacionado a los imaginarios de modernidad y otro a valores adaptados a la urbanidad que pueden darle impulso. 

El imaginario social de la Modernidad llena expectativas sociales que derivan de una precariedad que es fruto de desigualdades sociales históricas. El imaginario implica:

• En lo social, el acceso a una mejor calidad de vida, ello reflejado en la satisfacción de necesidades a través de servicios e infraestructuras  más sofisticadas. 

• Desde una mirada cultural, la continuidad identitaria de lo ancestral con elementos contemporáneos globales, sin incurrir en una ruptura entre lo urbano/rural.

• Adelanto tecnológico, ya sea expresada por los artefactos orientados al consumo, el simbolismo de las formas y materiales que son usados en la arquitectura. En esta mirada también se engloba a la infraestructura estatal y privada.

• Prestigio y diferenciación social basada en lo más “vanguardista” y suntuario, como la arquitectura de la automodernización (mal llamada “cholet”), las fiestas y elementos de uso cotidiano. 

Entre los valores que se han construido de forma paralela al imaginario de Modernidad se encuentran:

• La meritocracia, apertura de oportunidades a través de las capacidades personales y colectivas.

• La autosuperación continua, especialmente relacionada a la educación.

• El emprendimiento como forma de realización individual y colectiva, enmarcada en redes y lazos de parentesco.

• El trabajo como elemento que posibilita la acumulación tanto de capital económico y social.

• La visión y planificación como parte del proyecto de vida, esperanza en el futuro y sus posibilidades.

El escenario en el que mayormente se ha forjado está subjetividad social, es la informalidad, ya que carece de patrimonialismo de Estado, procesos burocráticos y fuertes cargas impositivas, al menos en el ámbito económico.

Tiwanaku es visto como un horizonte hacia el cual se debe llegar, ya que reúne -en el imaginario social- mucho de lo anteriormente expuesto. Es un ideal que a la vez implica la pertenencia a una historia que no fue truncada, sino se automoderniza para tener continuidad con mayores proyecciones.

Lo expuesto es una aproximación a una visión de ciudad basada en imaginarios sociales, que en su operacionalización se convierte en “automodernizacion”: “El Alto Moderno” es el deseo y objetivo colectivo. El Estado sigue en su dinámica propia, ajena a la elaboración de una visión de ciudad concreta que le sirva de lineamiento, sus prioridades son otras.

Guido Alejo es arquitecto y analista