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Opinión

6 de agosto de 2018 12:17

Reflexión en el mes patrio

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Otra vez, en vísperas del día patrio, nos encuentra con acentuadas incertidumbres,  confrontados todavía sin violencia física pero con tonos subidos. Quisiera, sabiamente, repartir equitativamente responsabilidades a unos y otros, pero no hay manera. El oficialismo y su tozudez para que el caudillo de marras sea candidato-gobernante eterno casi libera a los otros, también compatriotas, de ser señalados críticamente. Pero en mediana perspectiva, digamos desde que se instaló la democracia contemporánea hasta hoy, ciertamente que hay pocos méritos de los que enorgullecerse, pero tampoco todo es valle de lágrimas.

Sin suscribir el bullicio de logros macroeconómicos del régimen, considero que hemos avanzado en una mejor conciencia del peso específico del país, curiosamente no tanto por el lado de los ingresos en metálico que desde luego son decisivos para el presupuesto público, sino en la valoración de nuestra diversidad ecológica y cultural como auténtica riqueza. No se trata de un cliché, no. En la cuestión ambiental se sabe de su importancia con ciertos elementos de las ciencias de hoy y, más generalmente, se intuye que no se trata de preservar cuanto de cuidar algo que tiene que ver con un destino colectivo del que somos parte lo mismo que nuestros descendientes. Y en lo cultural, percibo también un mayor sentimiento de solidaridad con pueblos más desfavorecidos, vistos cada vez más como aquellos que son parte de nuestra identidad colectiva mayor, no una otredad exótica.

En el plano político, hemos recuperado eso que nos caracteriza largamente, una inquietud que orienta a cierto involucramiento público –que en momentos críticos es prácticamente compromiso patrio- pero nunca indiferencia ni apatía. Hay, desde luego, mucho de interés inmediato, pero es el otro el que destaco, ese que tiene que ver con preocupación -y a veces ocupación- con la cosa pública. Es inevitable destacar aquí la acción ciudadana desplegada con persistencia comparable solo a la terquedad mencionada al inicio. No es la del tipo gremial y sindical que siempre ha estado presente, y en su ámbito es, desde luego, legítima. Es de otra índole, y sorprende gratamente lo fuertemente autónoma que es, y por ello también podría parecer ingenua y aun débil para ojos poco familiarizados con esta novedad sociológica en nuestro panorama.

Sigue siendo nuestro gran déficit la construcción de instituciones democráticas. Incluso se ha agravado en tiempos recientes. Desde luego que hay un proyecto de poder en curso que ha alentado esto, pero gobiernos subnacionales en manos de la oposición tampoco se distinguen por esfuerzos para que tales instituciones sean las propias de un orden republicano. La burocracia pública sigue campeante en la peor tradición de déspota e ineficiente, cuando no abiertamente corrupta. Saben que deben el puesto mayormente al favor del grupo gobernante, no a méritos y capacidades propias difícilmente reconocibles, no a la ciudadanía que paga impuestos. De allí la lealtad perruna a sus jefes y solo a ellos. Las normas y los procedimientos aun cuando bien concebidas –y no siempre- se convierten en obstáculos para el resignado administrado (porque de ciudadano nada ese momento) que pueden ser convertidos en ganancias extras para el burócrata ávido de ellas. En mi experiencia, sólo en la anterior administración municipal paceña había algo parecido a un servicio público.

La contraparte de esto es el esmero que en algunos lugares de la salud pública hay para con los pacientes, acicateados por las carencias materiales. Más remotas todavía las excepciones positivas en la educación, que sin embargo existen. El crecimiento de la matrícula es notable, la calidad, en cambio, incluso puede haber empeorado. El poderoso desafío de la interculturalidad como proyecto democrático ha devenido en chauvinismo de la idiosincrasia local, más celebrada cuanto más anecdótica. En fin, en los estudios universitarios y en ciertos ámbitos empresariales hay algunas iniciativas innovadoras y en búsqueda de calidad, más meritorias en tanto menos numerosas que las dominantes.

Este rápido balance muestra cierta madurez en organizaciones ciudadanas de la sociedad civil, sin idealizarla, pero señalando su presencia otrora minoritaria o silente. Por contraparte las instituciones públicas más dominadas por impulsos patrimonialistas y clientelares que lo poco de institucionalidad democrática que se consiguió en el periodo previo. Más allá de la circunstancia de enfrentamiento advertida al inicio y de otras fuerzas que por su naturaleza son mucho menos visibles, esta tensión se decantará por uno de los polos y marcará siquiera la siguiente década donde la política mantendrá su intensidad ojalá para bien.

Gonzalo Rojas Ortuste es coordinador del Doctorado Multidisciplinario de la UMSA

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