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Opinión

7 de abril de 2022 16:26

La agenda pendiente de la interculturalidad

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Con la cierta movilización social alrededor del anunciado censo nacional este noviembre venidero se ha actualizado la discusión de las identidades en nuestro país. Como es conocido, la temática –y sus luchas-  para el reconocimiento de los pueblos indígenas es de larga data, no empezó con el MAS y seguramente excederá en su vigencia. También es cierto que este “instrumento” político ha cosechado abundantemente de tal reivindicación y, como en otros aspectos, la ha desnaturalizado en su arista democrática, que es central.

En estos días el diputado José Ormachea ha demandado que la boleta censal contenga la opción de “mestizos” como autoidentificación junto a la de los pueblos indígenas originarios campesinos, que aparecen desagregados por cada una de las 36 lenguas indígenas que enlista la Constitución. Una de las réplicas, la de Carlos Macusaya (La Razón 5 de abril 2022), me sorprende por su simplismo en un tema en el que ha ido ganando reconocimiento. Básicamente, se trataría de una estratagema de los hasta hace poco criollos que hoy prefieren denominarse “mestizos” quienes invocando dicha “mezcla real o imaginaria, para minorizar a las mayorías que develaron sus privilegios”.  Y aquí resulta que se trata, entonces, de una relación de fuerzas entre mayorías y minorías esencializadas, racializadas; justo lo contrario de lo que se ha criticado, con razón, al discurso y práctica de razas: sorprendente postura racista pura y dura.

La categoría de mestizo, en la historia republicana de Bolivia y otros países de América Latina (México a la cabeza, pero también Ecuador, Perú y en cierta medida Guatemala, los más visibles) ha sido un proyecto de nación, cierto que homogeneizando lo que ya ocurría en los hechos en lo cultural y biológico; y en en el siglo XX se intentaba homologar lo social-cultural con lo específicamente político: la ciudadanía. Ese recorrido, tuvo sus logros y sus fracasos, seguramente más en México durante varias décadas después de la Revolución y los más limitados en Guatemala donde es sinónimo de “ladino”.

En Bolivia, algo más tempranamente que en los otros países, quizás por los modestos logros de la Revolución Nacional la pretensión de “nación mestiza” cedió espacio para enarbolarse discursivamente el reino de la diversidad, de lo pluri-multi, cuya expresión política fue el Art. 171 de la Reforma Constitucional de 1994. También tuvo sus logros, especialmente en la institucionalidad local impulsada por la Ley de Participación Popular, la Reforma Educativa del 95 y algunas expresiones institucionales en lo territorial. Y también las críticas, especialmente de cierto izquierdismo de escritorio y sobre todo ajenas a los procesos vitales, que cambian vida de gente de carne y hueso. Tales discursos, con el pomposo nombre de “interculturalidad crítica” postulaban en el fondo como insuficientes tales reformas porque los indígenas pobres –cierto que mayoría- seguían siendo pobres en muy pedestres mediciones de ingreso. Destaco este cambio de registro, porque pedir que reformas de orden cultural y político, cambien en lo inmediato ámbitos específicamente económicos no deja de ser inconsecuente, al menos en sana lógica.

Y aquí es donde quiero proponer lo que sigue, que juzgo se desmarca del atolladero de “mezclas” y razas, dislocando esencialismos y enfatizando proyectos de siglo XXI, de la globalización irreversible: la nación boliviana pluri pero sobretodo intercultural (Cfr. Nueva Crónica Nro. 100,  La Paz, Feb. 2012). Incluir además de las opciones de pueblos indígenas (“naciones” dice la Constitución), la opción de boliviano/a como identidad social principal.  La democracia no opera con mayorías y minorías congeladas en el tiempo, de una vez y para siempre. Los resultados de los censos precedentes, en relación a las identidades lo comprueban, pero requerimos además contar con mutuos reconocimientos y elementos de cohesión, incluso para que las afinidades y oposiciones políticas puedan manejarse con elementos de agonismo y no enemistad en el ámbito nacional, pero también internacional.

Gonzalo Rojas Ortuste es politólogo y profesor de postgrado universitario