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Opinión

13 de junio de 2022 17:22

Del caudillo y otros males: más riesgos a la vida en paz

ESCRITORIO 1

Desde el inicio del gobierno de Arce Catacora sabíamos que iba a ser difícil la relación con Morales Ayma, jefe supremo del MAS. Verdad que tardó en tomar los contornos preocupantes que hoy tienen. Y lo sabíamos porque al menos desde que Max Weber estableció el tipo de dominación carismática, la que encarna un caudillo, la rutinización del carisma; esto es, la transferencia en la situación de poder más allá de la persona del caudillo es problemática. Ello tiene que ver con los rasgos personalísimos del individuo en la cima de la jerarquía pretender transferirlos a alguien más problematiza el mismo concepto de caudillo y sus atributos personalistas.

Aunque los voceros de uno y otro bando, arcistas y evistas, se esmeren en culpar a la oposición o a la prensa de sus conflictos, estos ya tomaron cuerpo inocultable como la votación separada para no censurar al ministro de gobierno, blanco de las iras del jefe cocalero y los suyos. Pero, no es, desde luego, el único objeto de la iracundia de los desplazados de la administración directa de la cosa pública y sus obvios beneficios en términos de prebenda y canonjías. Desde filas cocaleras, las instaladas en el Chapare, en el límite de las formas de respeto al servidor público de más alto rango, se convocó a Arce a explicar los reclamos airados desde esa orilla. Ya hay fecha, la del feriado Andino Amazónico para que el mandatario se reúna con ellos, eso sí en La Paz y en la sede del poder ejecutivo estatal.

Todo indica que no será en tono amable. Los evistas se han mostrado –en el discurso, claro- como cruzados anticorrupción, que es la marca del largo periodo de la era del MAS, y sabemos no solo de ellos, pero hay proporciones… Lo que salga de allí, en términos de permanencia de figuras ministeriales y cargos importantes será muy elocuente de lo definido, y para decirlo claro, de quién se impuso a quién. No es una cosa personal o asunto de masistas nada más. Está en juego lo poco de institucionalidad estatal cuya representación central –esto es, el presidencialismo- está en ese alto cargo. El contexto, lo destacamos, son los bloqueos en las carreteras cruceñas a título de reclamos al gobernador opositor allí, y la creciente violencia de las protestas en El Alto a la alcaldesa, ex militante del MAS y una de las figuras de la concertación de la crisis de noviembre del 2019, la misma por la que está a punto de sentencia a la Sra. Jeanine Añez, quien tuvo la valentía de cubrir la acefalía dejada por el cocalero en fuga y los renunciantes oficialistas que buscaban el vacío de poder.

Hay más elementos de la creciente falta de institucionalidad en el país, la vinculada al censo va tomando cuerpo y seguramente será crítica pronto. Por ahora seguimos con la mirada atenta a la cúpula del poder fáctico más visible, de movilización chapareña y el formal de la mentada investidura presidencial. Es improbable un final con sonrisas y abrazos, aunque las sorpresas ocurren. Si la mayoritaria votación para no censurar a Del Castillo en la Asamblea, ante la interpelación reciente, tiene correlato con las magnitudes de adhesiones a una u otra figura, la del presidente tiene posibilidades no de ganar, al menos no de perder. Lo opuesto, significará que nos retrotraemos como colectividad a tiempos melgarejistas, del siglo XIX de nuestra azarosa historia, ni siquiera sofisticaciones como poder dual o copresidencia.

Como la oposición no termina de articularse más allá de sus respectivos jefes y cúpulas, es muy difícil pensar que esta crisis pueda ser capitalizada hacia perspectivas más democráticas. Toda la idea de celebrar Año Nuevo es la posibilidad de empezar una nueva era, es muy difícil con las perspectivas presentes. ¿Habrá campo para lo inédito? ¿O acaso prevalecerá eso de “en vano pides al Destino que hable, su más claro nombre es lo Irremediable”?.

Gonzalo Rojas Ortuste es politólogo, profesor de postgrado universitario