Opinión

20 de noviembre de 2021 07:10

Un gobierno que quizá quiera aplicar lo que dice

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Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos en los años 80, bromeaba que los hispanos trabajadores, religiosos y adversos al comunismo eran republicanos, incluso si no lo sabían. En esa época, esos inmigrantes hispanos eran cautivos del Partido Demócrata, con la excepción de los cubanos de Miami.

Algo semejante ocurre aquí. Estas semanas vimos una rebelión de los pequeños y medianos propietarios representados hasta allí por el MAS, como apuntaba Guillermo Lora al final de su vida. El MAS los sedujo con sus políticas de identidad, su añejo y conocido memorial de agravios e injusticias, y su alegato antiélites. Pero estos días fue la propiedad la que jugó un papel, no la identidad ni la frustración histórica; tanto, que se puede parafrasear a Reagan: los cooperativistas marchando son medio libertarios, aunque aún no lo sepan.

Hay otros más duchos en explicar y difundir la ideología libertaria, incluso por su generosa entrega para catequizar en ese credo al resto (por desventura, algunos preferimos otras religiones más tradicionales). Para los fines de esta columna, empero, me basta un diccionario conciso de política, que resume esa doctrina.

El libertarianismo profesa “revertir el progreso del colectivismo y el autoritarismo” y hacer “retroceder los límites del Estado”. Para un libertario, “los derechos de los individuos nunca deben ser abrogados por el interés general” (entre otras cosas porque dudan que tal interés abstracto, no individual, exista). Los libertarios abogan por un “Estado mínimo, un mero vigilante nocturno, que confine sus actividades a la defensa de las fronteras, a garantizar el cumplimiento de los contratos y un (mínimo) cuerpo de normas penales”.

En Bolivia, ciertos grupos de pequeños y medianos propietarios (y varios otros) difieren de ese libertarianismo de manual en que sí creen en un Estado benefactor que dé y no (les) quite, que fomente y no (los) limite. Para proveer bienes, bonos y servicios, ese Estado bien puede financiarse de la secular exportación de materias primas o de los impuestos ajenos, a gusto de esos pequeños y medianos propietarios, pero sin meterse en su bolsillo ni en su vida. No por nada es anatema en el MAS insinuar un tributo a la coca. Los cocaleros podrían olvidar súbitamente su adhesión nacional-popular, muy firme mientras la izquierda cobre, controle o castigue a otros.

Y para lidiar con las ansiedades de esas ramas de propietarios, al MAS le falta la cintura de sus primos peronistas. Hasta aquí calzaba la comparación del MAS con el peronismo, pero el masismo carece de la inefable elasticidad justicialista. Esa que permite, si hace falta, un peronismo de aire montonero como el kirchnerista u otro privatizador como el de Menem.

El peronismo recurre a su ala derecha a conveniencia. Alberto Fernández puede hoy coquetear con gobernadores y dirigentes peronistas, pero anti-K, y llamar al diálogo a su aborrecida oposición, vistos los magros resultados electorales oficialistas. Con mayor soltura, en los años 70 Perón expulsaba de la plaza de Mayo a los jóvenes montoneros que le exigían virar a la izquierda. Ellos reclamaban que Perón, en su exilio, los mimaba porque “eran el futuro”. Ya de presidente, Perón les precisaba: “claro que ustedes son el futuro, pero estamos en el presente, muchachos”.

Al masismo le cuesta más adaptar sus arengas a los tiempos y a las angustias cambiantes del electorado. En el peronismo caben tanto los que quemaban iglesias como otros, que ofician misas. Mientras, aquí el MAS se atornilla al culto de izquierda, aunque parte de sus votantes comiencen a desconfiar.

El MAS tiene pues un déficit de oído. Ese que lo sujeta a proclamas que disgustan a sus huestes medio libertarias, cuando se vuelven leyes. Es esa política devota del Estado que el mismo Reagan describía con sorna: “Si se mueve, aplícale un impuesto. Si se sigue moviendo, regúlalo. Y si ya no se mueve, subsídialo”. A los libertarios a medias les preocupa, en suma y quizá sin motivo, que el Gobierno tome tan a pecho su labia socialista, que se las quiera aplicar.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado

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