Opinión

11 de noviembre de 2017 10:13

Fruncir el ceño no basta para oponerse, en dos libros


Encontré dos libros, uno estupendo, otro no tanto. El primero, las memorias del novelista de espionaje, el británico John le Carré (Volar en círculos). El otro (La política en el siglo XXI. Arte, mito o ciencia), de Jaime Durán Barba y un coautor menos conocido (Santiago Nieto). Durán Barba es el ecuatoriano cuya puntería como asesor de Mauricio Macri le ha valido ser un gurú hasta para los socialistas del siglo XXI, con el ojo en tinta por la derrota reciente de Cristina K.

Ambos libros servirían para que parte de la oposición aquí se pregunte si para triunfar basta fruncir el ceño y desatar su enfado con el Gobierno, remedándolo en su tono magisterial, airado y ofensivo. Y ayudarían también a sopesar que la vida, incluso la política, trasciende la reyerta, más aun la local. Claro que cada quien es libre de despilfarrar su existencia.

Durán Barba gasta capítulos en cuestiones propias de Wikipedia, como la importancia de Galileo Galilei (!), pero rinde algunas ideas que habrían hecho de su texto una respetable y breve monografía. Una de esas ideas: “el enojo nubla la mirada de muchos de nuestros líderes.” Los que reverencian incondicionalmente a Macri -o a su éxito- harían bien en leer las advertencias de su asesor sobre los inconvenientes de la “exaltación antigobiernista”, tan útil para tipos como Maduro.

Según el ecuatoriano, el perfil apto para vencer es el del que pueda convencer de que su liderazgo se mueve por convicciones de bien público, no por bronca (yo solo imploro que esquivar la rabia no incluya fatalmente bailar la cumbia-cheta como Macri; chetos son en Argentina los copetudos, pares de los estirados fresas mexicanos). Durán Barba reseña cómo su asesorado resistió por años atacar virulentamente a Cristina K. Según sus críticos, al rehuir un rostro iracundo, Macri nunca sería líder opositor. Ocurrió lo opuesto.

Le Carré, por su lado, aventaja a los consultores políticos, aunque la comparación sea una injusticia malsana de mi parte. Es que hay pasajes suyos aleccionadores incluso para los adictos a seguir la política o a perpetrarla. Por ejemplo, cuando recuerda sin embellecimientos cómo actúan también las democracias del primer mundo. La inglesa, sin ir más lejos, cuyo servicio de inteligencia, poco antes de caer Muamar Gadafi, lo ayuda a reunir a sus opositores -incluyendo mujeres embarazadas- para que el régimen los encierre e interrogue “con los métodos más refinados”. El mismo Gadafi que era amigo de Evo, por cierto.

O ese responsable del funcionamiento de los tribunales de justicia, que parece tan actualmente boliviano, salvo por su cáustico acento british. Le Carré anota que: “Cuando se emplea la influencia política para alterar el rumbo de un proceso judicial determinado, Dios no lo permita, entonces el lord canciller es con toda probabilidad quien está detrás.” Aunque penosamente uno de los afectados de su abuso se suicide. (Ejemplos como éste no deberían alentar nuestro cinismo ni volvernos adeptos de las tiranías, sino mirar el orden ajeno con distancia y menos complejos).

En las memorias de John le Carré abundan los platos de fondo. Edgar Hoover, el exdirector del FBI, respondiendo a propósito de un agente inglés, que resultó también soviético: “Cristo tenía solamente doce y uno de ellos también era doble agente.” O el excanciller alemán, el católico Konrad Adenauer, marrullero a la hora de guillotinar a la burocracia alemana que también gobernó con el nazismo: “Hasta que no haya agua limpia no se puede tirar el agua sucia”.

Aunque yo me quede con ese oficial alemán que, tras recibir de los norteamericanos a un inocente turco alemán, prisionero en Guantánamo por años, rechaza las esposas del polizonte norteamericano, espetándole “para su eterna gloria”: “Kurnaz (el turco alemán) no ha cometido ningún delito. Aquí, en Alemania, es un hombre libre.”

Graham Greene sostenía que la infancia es el saldo a favor que todo escritor tiene. Le Carré añade que, en ese caso, por su escabrosa niñez, él es un millonario. Sus memorias lo prueban.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado

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