Opinión

4 de agosto de 2017 18:18

El Che Guevara entre notarios y boticarios


Estos días presentamos el libro: Che, una cabalgata sin fin, a casi 50 años de su muerte. Por eso llegué a esta columna rumiando cómo evaluar al Che Guevara, dejando el hígado o el corazón de lado.

La primera dificultad es la ideología, que casi sin discernir devela a acusadores y devotos del Che. Otra es la épica. Sus fans tienen en el Che un trofeo; los escépticos, en cambio, recelamos de sus gestos. Ambos corremos el riesgo de usar al Che para, indirectamente, ensalzarnos nosotros mismos. 

Y aún otros exaltan al Che desde la iconografía o la profecía (del tipo: “no hay nada contra una profecía cuyo tiempo ha llegado”), mientras sus enemigos prefieren la afrenta. Allí destaca la brecha y el parecido de dos formas de rigidez. 

La muerte en indefensión del Che es igualmente un obstáculo para estudiarlo, aunque “usos son de la guerra vencer y ser vencidos”. Sus ejecutores no previeron que al matarlo lo enaltecían. Y los admiradores del Che convirtieron su final en coartada. Leyendo su vida desde el martirio, inhibieron la crítica. De ahí que contrastar al desamparado Che de La Higuera con el frío responsable de los fusilamientos de La Cabaña, en Cuba, sea poco menos que blasfemo.

Es moderno el respeto por la muerte comprometida con las ideas. Antiguamente los herejes y los enemigos estaban errados, y punto. Peor si cargaban armas. Entre los fustigadores del Che abunda aún esa reacción, insensible a la alevosía de su muerte.

También hay algo que suena estéticamente -si no éticamente- transgresor a los adeptos del Che. Y es que califiquemos al Che -que entregó el pellejo- quienes, con vocación de boticarios o notarios, moriremos de infarto, artritis o pisados por un minibús. Para esos seguidores censurar al Che es venganza de conformistas contra rebeldes; un remedo de los acomodados que escribieron en reposo la historia antigua, desdeñosos de líderes populares a los que retrataron con antipatía.

Con esos peligros acechando, los errores del Che pueden examinarse, se esté o no de acuerdo con sus principios. El Che subestimó la coyuntura, a los militares y, algo más grave, la política boliviana, en esta tierra de políticos. Quiso hacer de Bolivia un Vietnam cuando los norteamericanos ya sabían -como refleja nuestro libro- que debían eludir un nuevo Vietnam (por eso no enviaron tropa gringa a Bolivia).

Al Che le faltó un traductor cultural que le permitiera descifrar la política boliviana, para no tomarla como inocuas conflagraciones de parroquia. Un traductor como Nasser, con olfato ante cualquier ímpetu colonial. Cuando el Che le anticipó que encabezaría guerrillas en el Congo, Nasser replicó: “¿Quiere usted parecerse a Tarzán, un hombre blanco que conduce y protege a los negros?”.

Denotando distancia de la guerrilla guevarista en Bolivia, el historiador James Dunkerley, un inglés bolivianólogo nada sospechoso de anticomunista, activó su traducción cultural para escribir, por ejemplo, que Fidel fue una “pasable amalgama entre Debray y Barrientos”.

Por eso cuanto más exploro el papel de los comunistas bolivianos, comenzando por Mario Monje, su lectura cultural y política de la Bolivia de 1967 me sabe más aterrizada que la del Che, aunque fuera menos homérica. El Che se hubiera hecho un favor oyéndolos. Los grandes políticos fueron también grandes militares. El Che en Bolivia no fue ninguno.

Un estudioso de la guerrilla y él mismo militante de la JCB en ese tiempo, Carlos Soria, por ejemplo, es una síntesis de las cualidades que el Che no comprendió. Como Mario Monje, Soria sufrió cárcel y exilio después de la muerte del Che. Pero nunca le ganó la idea de su propia leyenda, incluso por su carácter boliviano, incierto de sus talentos y grandezas.

De ahí que la historia del Che también sirva para ponderar mejor lo que no admiramos en nosotros, en ese apocamiento que la inseguridad suele volver jactancia. Parafraseando el salmo, tal vez por eso la piedra rechazada por los constructores deba ser la piedra angular sobre la que se levante el alma de nuestra nación.

Gonzalo Mendieta Romero