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Opinión

13 de agosto de 2022 08:00

Don Mario Ríos y el maestro Cavour


Dos muertes me han apenado. Primero, la de don Mario Ríos Gastelú, periodista al que no conocí, pero leía yo de jovencito en la página cultural diaria (no en el suplemento literario que dirigiera Monseñor Quirós) del periódico Presencia, a fines de los años 80.

En especial, recuerdo una columna que, faltando hoy entre mis recortes, pervive con gratitud en mí. Allí, el periodista Ríos Gastelú compartía dos de sus placeres: leer a Montaigne y escuchar alguna pieza o de Bach o de Mozart, esa que nunca pude identificar por ignorante, a falta de YouTube o Spotify en esos años.

Don Mario narraba al paso en esa columna su propio goce de contemplar y disfrutar la música y la lectura, consciente de su lujo. Y gracias a él, hombre sano y de cacumen, fui yo de carambola adiestrado como el joven que era y el cincuentón que ya soy, en los encantos de leer a Montaigne, maestro del autoconocimiento, el escepticismo moderado, las ponderaciones y los matices. A tal grado que, en una época de guerras religiosas como la de Montaigne, sus matices lo hacían sospechoso para todos, como él mismo repetía con sorna: “güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos.”

Esas delicias legadas por ese orureño, Mario Ríos, me han seguido incluso hace unos meses: leí el diario de los viajes de Montaigne por Italia, tierra que lo maravilla por sus baños y vinos, y en la que se queja por las infernales punzadas de piedras en sus riñones. Ese mismo Montaigne que reseña, con inequívoco racismo, cómo algunos italianos son duques o aristócratas y poseen maneras, pero son, dice, igualmente morenos que los que carecen de blasones.

Hasta a un tipazo como Montaigne se le colaba así el aire de superioridad, ese mohín de desdén capaz hasta de provocar risa. Claro que el racismo, como la religión en tiempos de Montaigne, es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los inquisidores. Queda más bien enmendarlo colectiva e individualmente y servirse, ojalá, del perdón, del que se pida de corazón y del que se conceda igual, “hasta que la dignidad se haga costumbre” (con esa frase juró la vicepresidenta colombiana estos días y me tocó dentro, sin importar que Francia Márquez y yo no compartamos muchas ideas).

Eso le debo a unas frases lanzadas como botellita al mar desde la isla de los gustos de don Mario Ríos: sabores que no habría gozado sin él. Ojalá muchos más lean a Montaigne y menos a los franceses abstrusos, comenzando por Foucault.

El segundo deceso me ha dejado huérfano como a muchos, pues no recuerdo mi vida sin la certeza de que “el Cavour”, el del apellido de gobernante italiano, moraba entre nosotros. Con su talento, libertad y hualaycherío, él nos acompañó y enseño cómo ser mejores, pero siendo los que somos.

Arquetipo del buen boliviano, Cavour es la prueba de que hay salvación más fuera de la política que dentro. Por eso será que nadie rememoró el paso de Cavour por la Izquierda Unida (coalición formada alrededor del Partido Comunista) como candidato a Alcalde de La Paz. Veo entre brumas a Marcos Domic como propulsor de esa candidatura que, al no darle mayores frutos a Cavour, lo libró de toda mácula infame, suelto para prodigar su alma a otras causas, más valiosas, que encarnó para nosotros.

La tristeza de sus pares, charanguistas, zampoñeros, pueblo llano, y el cariño ganado siendo solo lo que uno ha sido es de esos premios que Dios procura a sus elegidos. Mi padre, algo menor que Cavour y ya casi octogenario, contenía la emoción al describir que vio los homenajes en el sepelio de Cavour como los que se ofrendan a una deidad, a una que cuesta pensar que pasó entre nosotros como un humilde modelo de ser boliviano, pero sin materiales prestados ni impostados.

Leño verde o Fiesta en el tambo de Cavour están en una selección musical que le envié hace meses a un amigo inglés que no conoce Bolivia, para que pudiera palparla. Sus notas descifran a la patria y a los tambos que albergaban esas lindas localidades de antaño.

Un poco más solos ahora, se extrañan ya los dones de esos dos de nuestros muertos, a los que me sonaba injusto dejar de lado hoy.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado

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