Opinión

31 de agosto de 2019 09:56

"Te lo voy a comprar unas cocacolitas, cuando me lustres los zapatos"


El día que murió Jenaro Flores, líder del katarismo y de la confederación campesina en los años 70 y 80, el portal Jichha recordó una presunta respuesta suya, de las que aclaran para siempre fronteras y roles. Si no es auténtica, merece serlo, aunque deje -tal vez abusivamente- malparado al “maestro” Lechín. Esa respuesta es una representación casi notarial de las funciones que (también) la izquierda reservaba para el indio, en un diálogo que explica al pelo el porqué del indianismo y el katarismo.

Según Jichha y la tradición oral que hizo de este episodio una leyenda, “se cuenta que cuando los kataristas liderados por Jenaro Flores se fueron acercando a la COB, hubo una reunión en la que Juan Lechín le pidió a Jenaro ir a comprar ‘unas cocacolitas’, pero el líder katarista le respondió: ‘te lo voy a comprar unas cocacolitas, cuando me lustres los zapatos’”.

Ácido y desafiante, ese retruque de Jenaro Flores a Lechín no pudo tener, dicho en privado, la potencia del indianista Felipe Quispe frente a Amalia Pando en los años 90, pero es su predecesor. En ambos casos el programa político se basta con aludir a la división étnica del trabajo en una o dos imágenes, sin aspirina.

Nos vamos olvidando, pero Quispe lanzó -años después del supuesto estate quieto de Jenaro a Lechín- un zarpazo a Amalia Pando, cuando ella le cuestionaba la violencia del EGTK. Como Flores, Quispe hincó su bandera, pero con una didáctica brutal: “a mí no me gusta que mi hija sea su empleada de usted.” Gracias al archivo audiovisual de Jichha en la red, podemos reencontrar igualmente otros bayonetazos de Felipe Quispe a la conciencia nacional, en la misma ocasión: “por qué siempre tenemos que ser un barredor, por qué siempre tenemos que ser un cargadorcito, por qué tenemos siempre que ser un guardia que está ahí, cuidando al opresor…”.

Jenaro fue constructor del Movimiento Revolucionario Túpac Katari (MRTK), junto a Victor Hugo Cárdenas y a Macabeo Chila, que venía de Oruro. El katarismo tenía una visión más campesina que india, entre nexos con la Iglesia -oblatos canadienses y jesuitas catalanes- y afinidad con la izquierda. Esos vínculos separaban a los kataristas de los indianistas.

En su libro El Katarismo, escrito desde la simpatía de izquierda, Javier Hurtado denunciaba que los indianistas, “más influenciados por Fausto Reinaga” y bajo un manto milenarista, en verdad postulaban una “sociedad burguesa, pero india”. Y quizá sea eso lo que descoloca ahora al corazón sensible, de memoria religiosa o de izquierda, masista y antimasista por igual.

Las tesis justicieras de entonces no devinieron en el paraíso, ni siquiera en un socialismo terrenal -al que la retórica oficial cita para quedar bien, pero cada vez menos- sino en una sociedad burguesa, ya no solo criolla, sino también de bronce. Una sociedad con impulsos modernizantes y mercantilistas, más parecidos a la acumulación originaria del capital inglesa que al cielo, donde fuera de más igualdad hay saqueo, injusticia y violencia. Nunca todo es para alegrarse, pero al menos ya es infrecuente que alguien mande “a comprar cocacolitas” a otro por su fenotipo.

Jenaro Flores fue un político valioso, no un santo. Según Pedro Portugal y Carlos Macusaya en El indianismo katarista, una mirada crítica, tanto Felipe Quispe como Walter Reynaga testimonian acerca de Los locos, “los matones del Jenaro”, retratando que “al Victor Hugo Cárdenas lo hacían bailar las veces que les daba la gana en plena calle, a patadas.”

No es para resignarse, pero ésa también, aunque no únicamente, es la política en Bolivia; y no solo aquí, fíjense. Prevenido -pero ya mucho- contra las ilusiones, Cicerón, el político por antonomasia, escribía esto de Roma, en una carta a un amigote suyo: “(Catón) habla en el Senado como si estuviera viviendo en la República de Platón, en vez del antro de Rómulo”.

Por si las moscas, acabo diciendo que ni se me ha ocurrido que, en nuestro caso, en lugar de la República de Platón, se trate del antro de Sucre, Olañeta y Katari.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado

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