Opinión

11 de septiembre de 2020 11:55

Salvador Allende: "Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo"


“Les pido que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria” fueron las palabras de Salvador Allende el 5 de septiembre de 1970, tras haber obtenido la victoria en las urnas.

Apenas 3 años después, en el mismo mes de septiembre, su gobierno democrático y socialista, sufre el golpe de Estado más sangriento de Latinoamérica.

Aquel 11 de septiembre de 1973, Allende, advertido de las primeras acciones golpistas de la Armada de Valparaíso, había llegado al Palacio de La Moneda, muy temprano. Se sintieron los primeros disparos de francotiradores instalados en los edificios próximos. Con la convicción única de que no entregaría el poder a los golpistas, a las 9:20 horas, Allende habló por última vez a través de Radio Magallanes. Poco más tarde, los tanques comenzaron a disparar intensamente contra La Moneda. Salvador Allende rechazó el ofrecimiento de un avión para partir al exilio. El presidente resistió hasta el final, aunque su muerte inicialmente fue una incógnita de si fue asesinado o él se había suicidado. El proceso democrático fue herido de muerte al igual que su presidente socialista.

Con carácter inclaudicable, y el comportamiento de un verdadero líder, no traicionó ni en las peores horas, sus convicciones socialistas y democráticas. “Mis palabras no tienen amargura, sino decepción para los que han traicionado y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron (…). Yo no voy a renunciar, colocado en un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser cegada definitivamente, tiene la fuerza. Podrán avasallarlos pero no se detienen los procesos sociales, ni con el crimen, ni con la fuerza, la historia es nuestra y la hacen los pueblos. Agradezco la confianza que depositaron en un hombre que solo fue el intérprete de grandes anhelos de justicia. Que empeñó su palabra de que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo”. Fue el último discurso mientras los aviones sobrevolaban La Moneda y él la defendía. Nunca salió de ella. Para Allende, la democracia no era un mero formalismo institucional, sino se trataba de una actitud ética de lealtad al pueblo.

Tras su muerte, Pinochet inauguró una etapa lúgubre para Chile, caracterizada por asesinatos, muerte, tortura, exilios y las innumerables maneras de violación a los derechos humanos. Hubieron más de 40.000 víctimas entre perseguidos, torturados, exiliados, alrededor de 3000 personas muertas y desaparecidas. Sin duda, las casi dos décadas de dictadura fueron el episodio más negro en la historia de Chile que vivió la instauración de una de las dictaduras más cruentas del hemisferio.

Esto no fue suficiente, pues claramente se venía un modelo de libre mercado que marca desde entonces el tono y compás hoy en día en Chile. Sin embargo, ni la fuerza militar, ni los asesinatos socavaron la conciencia de justicia social en los chilenos, que hoy en día, encarnan a Allende, en las manifestaciones y olas de movilizaciones contra un modelo neoliberal feroz que le pusieron en aprietos a Piñeira.

El historiador ateniense Tucídides afirmaba que la historia es un incesante volver a empezar, en su última alocución Allende manifestó “Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!.(…) Estas fueron mis últimas palabras, y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Gabriela Canedo V. es socióloga y antropóloga

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