Opinión

6 de mayo de 2022 15:06

La Reina del Sur

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“Culiacán, Sinaloa, donde hace tiempo que el narcotráfico dejó de ser clandestino para convertirse en hecho social objetivo. Donde todo resulta cuestión de confianza; en un mundo duro y complejo como ése, las reglas son simples y no hay lugar para equívocos. Uno es presentado a alguien por un amigo en quien ese alguien confía, y ese alguien confía en ti porque confía en quien te avala. Después si algo se tuerce, el avalista responde con su vida, y tú con la tuya. Bang, bang. Los cementerios del noreste mejicano están llenos de lápidas con nombres de gente de la que alguien se fio una vez”. Esta realidad relatada en la excelente obra La Reina del Sur de Pérez-Reverte, a partir de su protagonista, una mujer poderosa y hábil en el negocio de las drogas, retrata lo complejo, peligroso e intrincado del mundo del narcotráfico, en el que la muerte, la venganza, la traición, la corrupción y la violencia en todas sus formas se imponen a todo; donde lo ilegal se normaliza y se convierte en una forma de vida. 

En México cunden los cárteles y las pugnas a balazos por el control de territorios están a la orden del día. Pocos narcos se jubilan y la salida natural es la cárcel o el panteón. “Raras son las excepciones de narcotraficantes que saben ‘desmontar a tiempo’, o sea, dejar el negocio”. En la novela uno de los narcotraficantes más poderosos de Sinaloa, Epifanio Vargas, hizo una gran jugada comprándose a media Sinaloa y matando a la otra media, después se metió a farmacéutico, para luego andar en política. 

El narcotráfico es retratado como un mundo en el que cualquier paso en falso se paga caro. “Y encima, cuanta más gente quieres o tienes, más vulnerable te vuelves. Así relata un corrido sobre Héctor Palma a quien un antiguo socio por desacuerdos secuestró y torturó a la familia, cuentan que el día de su cumpleaños le mando por correo una caja con la cabeza de su esposa. Japibirdi tu-yu”. Espeluznante la escena que lastimosamente deja de ser ficción, pues los corridos le ponen melodía a lo aterrador. Y es que dentro el narcotráfico, “cuando se vive en el filo de la navaja nadie puede permitirse olvidar las reglas”, dice el güero. 

Paradójicamente, la institución policial y el sistema judicial destinados a hacer prevalecer la ley son instancias que están sumergidas hasta el fondo en el tema del narcotráfico. Uno de los personajes cuenta: “Muchos agentes locales están a sueldo del narco, como los de la Judicial del Estado y los federales y tantos otros hacían el trabajo de protección para los principales cabecillas de la mafia o ejercían el sano principio de vive, cobra tu mordida y deja vivir si no quieres dejar de vivir. (…) la mercancía se la facilitaba un expolicía conocido como el Chino. Se trataba de cocaína decomisada por judiciales que agarraban veinte y declaraban cinco, dándole salida al resto. Eso estaba muy requetemal, las reglas eran las reglas y hacer transas privadas, en Sinaloa y a espaldas de los patrones, era la forma más eficaz de encontrarse en problemas”, pues “cuando se vive torcido no hay otra que trabajar derecho”, si no rápido se encuentra la muerte. 

El cruce de la droga hacia el norte, en trailers por el río Bravo, está antecedido, en la narración, de un escenario escabroso, pues luego de unos sangrientos ajustes de cuentas para estabilizar mercado y competencia se suele amanecer con doce o quince muertos propios y ajenos y de poner en nómina al mayor número posible de policías, militares y políticos, incluidos aduaneros y migras gringos.

Y, por supuesto, no podía faltar la DEA en la novela. Don Epifanio Vargas le pide a la Reina del Sur -a quien el gobierno estadounidense le ofrece ser testigo protegido- no delatarlo: “Soy viejo, ando a gusto en política y el Senado me permitirá hacer cosas nuevas, ¿qué ganas con perjudicarme?, ¿ayudar a esos gringos que consumen la mitad de las drogas del mundo mientras deciden, según les conviene, cuándo el narco es bueno y cuándo es malo?, ¿a los que financiaban con droga las guerrillas anticomunistas del Vietnam, y luego vinieron a pedírnosla a los mejicanos para pagar las armas de la contra en Nicaragua?”, una mordaz evaluación del rol de la DEA es lo que sentencia Vargas. Sin embargo, a este poderoso mafioso no le quedaba otra que encomendarse a Malverde, el santo patrón de los narcos. 

La Reina del Sur, de manera exquisita desde el punto de vista literario, retrata una realidad preocupante, la violencia por la presencia del narcotráfico en México. Se trata de una situación perturbadora que cada vez se hace más patente en todo el continente. Se avizora un futuro de violencia del que Bolivia está cada vez más cerca, como trataré de relatarlo en un próximo artículo.

Gabriela Canedo Vásquez es socióloga y antropóloga

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