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Opinión

26 de agosto de 2022 10:27

El dictador

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“Orden, paz y trabajo”, así Hugo Banzer Suárez justificó los siete años de su gobierno autocrático. Rigió la dictadura más sanguinaria que se halla escrita en las páginas de nuestra historia. Este periodo en el que abundaron las torturas, desapariciones, exilios, silencios, violencia, masacres y, en definitiva, una violación flagrante a los derechos humanos. Así tenemos que recordar al dictador. Y borrar todo honor simbólico con el que cuenta: nombres de calles, bustos, plaquetas y museos. 

Hace más de medio siglo, un 21 de agosto de 1971, se instaló el banzerato y formó parte del Plan Cóndor. Este macabro operativo en el Cono Sur, tenía el propósito de aniquilar a la izquierda opositora durante la década de los 70. Fue un plan de inteligencia diseñado y coordinado por los servicios de seguridad de las dictaduras militares de Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay, con la colaboración de la CIA de Estados Unidos. De esta manera, dictadores como Augusto Pinochet en Chile, Alfredo Stroessner en Paraguay, Joao Figueredo en Brasil, Jorge Rafael Videla en Argentina, Juan María Bodaberry en Uruguay y Hugo Banzer Suárez en Bolivia instauraron férreas dictaduras que fueron a cada cual más sangrienta.

Las formas de violación de los derechos humanos superaron la imaginación. Los actos despiadados se encuentran en los archivos secretos del Plan Cóndor, que pasaron a ser conocidos, acertadamente, como los “Archivos del Terror”.  En todo el Cono Sur, constan 30.000 desaparecidos, 50.000 asesinados y casi medio millón de encarcelados por los servicios de seguridad. El blanco de la cruel represión y a quienes los asesinaron, torturaron, encarcelaron, secuestraron y desaparecieron fueron los activistas de izquierda, bajo el argumento de la “lucha contra la subversión comunista”. Los métodos y grados de crueldad de los tormentos a los que un prisionero era sometido exceden la capacidad de comprensión. Torturas como “simulacros de fusilamiento”, “el submarino” (sumergir al prisionero en un recipiente de agua fría), “el cubo” (inmersión prolongada de los pies en agua fría/caliente), “la picana eléctrica” (magneto que genera electricidad de alta potencia y en contacto con el cuerpo), quemaduras, suspensión de barras o del techo, fracturas de huesos, cadenazos, latigazos, ataque de perros, sal sobre las heridas, rotura de órganos internos, castraciones, presenciar la tortura de familiares, privarles de alimentación y agua, mantener las heridas abiertas, el cosido de bocas y un sinfín de modalidades de padecimientos. El sadismo de los torturadores fue aprendido en la Escuela de las Américas. En este lugar, se adiestró a centenares de oficiales en métodos de tortura y asesinatos que los denominaban “acciones preventivas” y tenían el objetivo de sembrar pánico y terror entre los activistas. La palabra “tortura” pasó a formar parte de la jerga cotidiana durante estos regímenes. 

En el libro Nunca más para Bolivia, el padre jesuita Federico Aguiló señaló que durante el banzerato se registraron 39 asesinatos políticos, 429 muertos en enfrentamientos y masacres y 100 torturados que salieron con vida (25 murieron antes o después de la tortura), 3.059 detenidos, 1.259 residenciados y confinados.

La dictadura más cruel en Bolivia fue la vivida en el periodo entre 1971 y 1978 y la encabezó Hugo Banzer Suárez. En esta, se cerraron las universidades públicas. Se dieron las masacres de Tolata y Epizana con centenares de campesinos muertos en sus días de mando y de poder.

La historia es implacable, y tiene que quedar en la memoria de las generaciones venideras. Que al dictador no lo salven argumentos como “pobre general, por qué sólo tildarlo a él de dictador, si Ovando y Torres también fueron autoritarios y en sus gobiernos hubo también violencia, y además Banzer sí contaba con apoyo popular”, o justificaciones como “pero luego se volvió demócrata, fundó su partido, venció electoralmente en las ciudades principales del país, hizo el ‘pacto por la democracia’ y hasta convenció al MIR de atravesar ríos de sangre para estrechar las manos. Reconcilió derechas e izquierdas. Qué proeza”. 

Más bien que en aquel entonces, cinco mujeres mineras y conscientes de que “el principal enemigo es el miedo”, en palabras de Domitila Chungara, derrocaron al sanguinario Hugo Banzer Suárez. Que no se nos olvide lo que hizo: la sangre con la que escribió esa etapa de nuestra historia y que nada lo salve.

Gabriela Canedo Vásquez es socióloga y antropóloga

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