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Opinión

8 de abril de 2022 12:01

Desaparecida

ESCRITORIO 1

Mariana Aracely Mamani Calle. Edad 19 años. Sexo: Femenino. Nacionalidad Boliviana. Tipo de vestimenta: chompa verde, chaleco plomo, jeans azul, tenis blancos. Señas particulares: ninguna. Desapareció: cuando salió de su casa, en la zona Bautista Saavedra, calle Pisagua de la ciudad de El Alto con rumbo a su colegio. Anelís Fernanda Frías, edad 15 años, sexo: femenino. Desapareció el domingo 03 de abril cuando salió de su domicilio ubicado en la zona bajo Llojeta. Evelin Vázquez Moya, edad 15 años. Ayde Anabel Noa, edad 14 años, Ximena Apaza Edad 16 años, desaparecieron en la ciudad de Potosí. Wilma Edith Fernández Quispe, edad: 39 años, desapareció el 22 de marzo. Valeria Mercado edad: 28 años. Desapareció el 06 de marzo a horas 20:00 p.m.

Son innumerables los afiches que se encuentra en las paredes de la División de Trata y tráfico de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) bajo el rótulo de “persona desaparecida” con la foto de aquellas mujeres que posiblemente jamás aparezcan. No importa la edad que se tenga, si se trata de una adolescente, niña o una adulta. Es indistinto si la desaparición sucedió en Santa Cruz, La Paz, Potosí, Cochabamba, Oruro u otro departamento. Lo que sí, preponderantemente, son mujeres.

No debe haber situación más desesperante para una mamá y un papá, que no saber dónde se encuentra su hija. La adolescente puede ser Mariana, Anelís, Evelyn, Aydé quien se despide de sus padres como cada mañana para dirigirse al colegio y de repente, ya no regresa; se desconoce su paradero. O como el caso de Wilma y Valeria, mujeres adultas que simplemente ya no retornaron a sus hogares.

Una vez que la División de Trata y Tráfico de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen recibe la denuncia de la desaparición, se inicia la búsqueda. Cada vez es más común que en las redes sociales y grupos de whatsapp circulen afiches de personas desaparecidas, con el objetivo de viralizar, y poder obtener alguna referencia o mejor, dar con el paradero de dichas personas.

Algunas mujeres corren con la suerte de ser encontradas con vida y ser rescatadas. Tienen la dicha de regresar a casa, aunque seguro en esa ausencia experimentaron vejación sexual, o de haber sido víctimas de trata y tráfico, o de prostitución, o de toda acción que nos podamos imaginar en la que el cuerpo de la mujer es convertido en mercancía, en “cosa” que se vende, se transgrede, se viola y se abusa. En el caso de otras mujeres, a medida que pasan los días, las esperanzas se desmoronan y no tienen la fortuna de ser halladas. Los desenlaces suelen ser fatales, puesto que se las encuentran muertas, cercenadas, colocadas en bolsas de yute, arrojadas en basurales, o lugares lejanos donde los cuerpos simplemente son tirados como desechos.

Es paradójico cuanta más incidencia hace el feminismo sobre los derechos de las mujeres y demanda una vida libre de violencia para ellas, cuanto más denuncia las diversas modalidades de violencia hacia las mujeres, y cuanto más pretende sensibilizar sobre esta problemática y su expresión extrema, el feminicidio, más se enciende la saña y odio hacia las mujeres. Cuanto más se independiza y gana autonomía la mujer, más se castiga su “irreverencia”, quitándole la vida. La tarea se hace más dura aún, y el camino por recorrer resulta ser mucho más pedregoso, nos están matando, nos están secuestrando, nos están haciendo desaparecer.

El fin de semana, ha conmocionado el hallazgo de los cadáveres de Wilma y Valeria, mujeres que se encontraban desaparecidas desde inicios del mes de marzo. Murieron de manera violenta, en manos de parejas sentimentales. En lo que va del año, ya son 23 mujeres asesinadas por feminicidas.

El ataque sexual, la explotación sexual de las mujeres y el feminicidio son actos viles de despojo del cuerpo. Desapareciéndolas, el cuerpo de la mujer se convierte en el lugar donde se da la devastación y el atropello de la vida. Desaparecerlas para matarlas, desaparecerlas para explotarlas y abusarlas sexualmente son las facetas más agrias de la violencia de género.

Queremos que las mujeres puedan andar por las calles, asistir al colegio, a la universidad, al trabajo y regresar sana y salva a casa. Queremos que las mujeres puedan dirigirse donde les venga en gana, y no terminar asesinadas. Queremos ser dueñas de nuestro cuerpo, sin que nadie nos lo arrebate.

Gabriela Canedo Vásquez es socióloga y antropóloga