Opinión

27 de mayo de 2020 12:01

Andanzas por los mundos circundantes de los animales y hombres

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“¿Quién no quiso, en tardes de ensueño atisbar el modo de intuición de una mosca, e interrogarse por su tozuda insistencia? ¿Quién no osó, al observar la lucha de un gato frente a fugitivas sombras, preguntarse respecto de su espectro sensible y su compenetración total con los movimientos más diversos? ¿Quién, escuchando música, no ha sentido curiosidad por el umbral auditivo de los grillos, de las polillas o de los murciélagos? ¿Sabrán las abejas volver a su panal tras merodearnos molestamente y manifestar vivo interés en la forma circular de la taza de café? ¿Por qué las bandadas de pájaros parecen tener bien claro a dónde van, incluso surcando continentes enteros? ¿Cómo percibe un perro? ¿Y por qué algunos de ellos pueden en medio de la ciudad inmensa guiar a sus dueños ciegos en el retorno a casa? ¿Cuántos mundos caben en un bosque? ¿A qué facultad de ingeniería fueron los topos para ser capaces de construir complejas redes de túneles, dentro de las cuales, además, parecen tener un dominio olfativo omnisciente? ¿Y las arañas?, posiblemente nadie se haya formulado estas preguntas” e incluso se las desdeñe como no importantes, se señala en el prólogo al libro del biólogo y filósofo estonio-alemán Jakob Von Uexhüll quien es el portavoz que se sienta a escuchar lo que tienen para decir los animales y nos cuenta de mundos desconocidos que existen sobre la tierra. 

Lo interesante de su planteamiento es que al desarrollar el concepto de Umwelt (mundo circundante) como la confluencia del mundo perceptual (lo que percibimos) y el mundo efectual (de las acciones), sostiene que los mundos circundantes de los animales no son para nada pobres y simples, al contrario son idóneos, pues garantizan certezas en el obrar. La colaboración y la capacidad de construir redes entre mundos circundantes se orientan a la única esencial tarea y afán: la preservación de la vida. Es así que Uexhüll abre una vasta problematización relativa a la idea de mundo y del sentido de la existencia.

Setenta días de cuarentena, el virus de manera abrupta nos ha restregado las desigualdades sociales que existen. El hambre se hace sentir y venció al miedo, es innegable. La necesidad de trabajar para conseguir alimento apremia. En esta situación en la que el virus amenaza la vida y la existencia misma, se podría esperar, al igual que en los animales, la movilización de todos los recursos de solidaridad y creación de redes para el único fin, preservar la vida. 

Pero lo que vemos son actos inhumanos e insensibles de imposibilitar el traslado de enfermos, parturientas, obstaculizar la atención médica, el impedimento de transporte de medicamentos, alimentos, destrucción de ambulancias, grupos juveniles de choque, irregulares que ponen en riesgo a la misma gente que dicen defender. 

Por otro lado, la corrupción, el abuso de los bienes del Estado, el enriquecimiento de algunos con la compra de equipos y sobreprecios en la atención médica, la nefasta aprobación de leyes de uso de transgénicos en pleno confinamiento, la “mano dura”, todo, a costa del virus. 

Nuestro mundo circundante y de sentido de la existencia se ha reducido a una miserable y limitada disputa política que pone en vilo la vida de miles de personas. El horizonte que nos ocupa es demasiado chato e inmediato, que nos obnubila la capacidad de preservar lo más importante que tenemos, la vida misma, como lo hace un insecto que con su diminuta existencia, nos da una lección de grandeza.

Gabriela Canedo es socióloga y antropóloga

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