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Opinión

25 de enero de 2020 12:30

Francisco y Benedicto, blancos (sanos) de la curia vaticana


Recientemente, han trascendido algunos rumores de un enfriamiento de la relación entre el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI (BXVI), descrita magistralmente en la película “Los dos Papas”.

A fines de octubre del año pasado, mientras Bolivia convulsionaba a raíz del fraude electoral, en el Vaticano se aprobaba con 2/3 de votos el documento final del Sínodo de la Amazonía, convocado para debatir temas específicos de esa región, como la ecología, la pastoral de las poblaciones indígenas y el rol de la mujer en esas comunidades. El documento servirá de base para que Francisco discierna, apruebe y promulgue próximamente los cambios propuestos.

Entre las propuestas más polémicas de los obispos “amazónicos” (incluyendo a un selecto grupo de obispos bolivianos), destacan los cambios en el celibato sacerdotal, una norma (no un dogma) milenaria en la Iglesia Católica. De hecho, las iglesias de rito oriental, a diferencia de las de rito latino, permiten, junto al celibato, la ordenación de varones casados, aunque éstos últimos no pueden ser ordenados obispos. 

El Sínodo ha justificado el cambio por razones pastorales. En síntesis, siguiendo al Concilio Vaticano II, se reconoce que el fundamento de una comunidad cristiana es la Eucaristía, celebrada en la Misa. Debido a las grandes distancias y a la escasez de sacerdotes, muchas comunidades de la Amazonía no consiguen celebrar los sacramentos ni una vez al año, motivo por el cual se ha propuesto que varones idóneos y reconocidos por la comunidad, que ejerzan un diaconato permanente y fecundo, previa formación adecuada, puedan ser ordenados sacerdotes, con todas las prerrogativas, pudiendo mantener una familia legítimamente constituida y estable. 

Esta propuesta ha suscitado la oposición de algunos cardenales, obispos y teólogos, quienes perciben que se estaría abriendo una brecha para que una excepción pastoral termine aplicándose en toda la Iglesia. A ese grupo reducido de críticos se les ha presentado la oportunidad de renovar sus ataques a Francisco, tanto por razones políticas (un papa latinoamericano con simpatías por la izquierda, tolerante con los regímenes populistas, como piensan muchos también en Bolivia), como por razones doctrinales (un modernista). La oposición teológica abarca no solo la defensa del celibato como “disponibilidad absoluta al servicio de Dios” (un concepto relativo en teoría y en la práctica), sino también a instituciones de gobierno colectivo de la Iglesia, como son los Sínodos, revalorizados por Francisco, e incluso los mismos Concilios.

En este contexto, el ala tradicionalista de la Curia, al ver opacado su poder, ha buscado el apoyo del papa emérito, quien supuestamente debía mantenerse al margen del gobierno de la Iglesia y no interferir públicamente con las decisiones de su sucesor. Sin embargo, en una confusa actuación, BXVI colaboró con una publicación, opuesta a la propuesta sinodal, del cardenal conservador Robert Sarah; aunque luego recapacitó y optó por retirar su nombre como coautor.

Comparto dos interesantes reflexiones en torno a ese suceso. La primera es sobre el título de “papa emérito”. Distinguidos teólogos se preguntan si BXVI tomó una decisión acertada al atribuirse ese título, inédito en la historia de la Iglesia y fuente de cierta confusión.  Según ellos, lo que únicamente correspondería es el título de “obispo emérito de Roma”, como sucede con cualquier obispo que se jubila de su cargo.

La otra, más relevante, resalta la serena firmeza mostrada por Francisco frente al intento de manipular mediáticamente a BXVI; una actitud basada en la confianza plena del papa, en la lealtad y la comunión inquebrantables que lo une a su antecesor.

Francesco Zaratti es físico

Twitter: @fzaratti

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