Opinión

26 de junio de 2019 09:16

Después del gusto ya viene el susto


Este verso de una canción de los Jairas (https://www.youtube.com/watch?v=O8wtYIWu_To), describe muy bien la economía del gas en Bolivia en los últimos 13 años. En efecto, una vez pasada la ola de bonanza, fruto de una combinación excepcional de sólidos contratos de exportación, precios internacionales nunca vistos y volúmenes récord de producción del gas de las reservas anteriormente descubiertas, un creciente pesimismo aletea sobre el sector.

El punto de inflexión del “gusto” fue el año 2013, en el cual el país acumuló reservas internacionales (ahorros) sin precedentes que hoy ayudan a mitigar el “susto” de una realidad totalmente diferente. En efecto, hoy los precios internacionales han vuelto a niveles “normales”, la producción ha caído, las campos –los mismos de hace 13 años- se agotan y los contratos enfrentan una época de cambios del mercado del gas que, por ejemplo, nos ha obligado a renegociar el contrato con Argentina, rebajando el volumen a cambio de una relativa protección del precio.

Si bien el ciclo de los hidrocarburos está en vías de agotamiento, es indudable que el gas seguirá siendo la principal fuente de divisas del TGN durante la transición energética en curso, por lo que su futuro es vital para responder a la interrogante que lanzamos en el programa El Pentágono del domingo 23/6 (https://t.co/bVPxgGNBn2?amp=1) “¿De qué vamos a vivir?”.

Empezamos por examinar las razones del susto. El gas natural - nunca hay que olvidarlo- es un recurso natural no renovable (se acaba), genera escasos empleos (a no ser los supernumerarios de YPFB) y maleduca a vivir de rentas y bonos (sin participación y fiscalización de la población). Sin embargo, el gas representa una renta elevada (cercana al 70%) para el Estado, necesaria para financiar parte de las importaciones y del gasto corriente del aparato estatal, en una medida que supera a otros sectores, como la minería o el agro. 

Ahora bien, según datos oficiales, las exportaciones del gas en el año 2018 han llegado a 3,100 M$, incluyendo urea y GLP, de los cuales quedaron unos 2,000 M$ netos para el Estado. Al mismo tiempo,  las importaciones de combustibles han subido a más de 1,300 M$, literalmente quemados por el diesel subvencionado en el agro y en el transporte, rubros económicos que, dicho sea de paso, han llegado a tener un rol importante en el sector energético.

Mientras no logremos monetizar las “cartas de intenciones” que diariamente suele firmar el inefable ministro del rubro, debemos atenernos a los mercados reales del gas real que nos queda. 

Brasil y Argentina tienen las suficientes reservas para ser soberanos y no nos queda más que tratar de competir en precios y seguridad de abastecimiento. Vender a precios de mercado implica menores ingresos de los que nos hemos acostumbrados. Dar seguridad de suministro significa tener reservas y capacidad de extracción, hoy puestas en dudas por una política nefasta. 

Para atenuar el susto, YPFB, aunque tardíamente, ha entendido que tiene que internacionalizarse, asegurando mercados externos como socio de distribuidores privados o de termoeléctricas, para lo cual requiere de una capacidad de negociación y toma flexible de decisiones que no siempre están en línea con la ideología imperante. En cuanto a reservas, más allá de una nueva política de exploración, es urgente reducir el consumo “innecesario” de gas en el mercado interno, básicamente en las termoeléctricas, que sí tienen alternativas renovables (energía hídrica y solar) y hasta competitivas si nos libramos de la tara de los subsidios generalizados. 

En fin, solo si entendemos el cambio de época que vivimos, lograremos que el susto actual se vuelva oportunidad de tener otros gustos futuros.

Francesco Zaratti es físico y analista en energías.