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Opinión

19 de octubre de 2019 11:49

A votar sin miedos


Respetuosa del silencio electoral, esta columna se limita a una reflexión en torno a las características del voto que la población emitirá para elegir al próximo mandatario.

Conforme al art. 26 inciso II.2 de la CPE, el voto es “universal, directo, individual, secreto, libre y obligatorio”. Me limitaré a las características de secreto y libre.

Secreto tiene dos significados: nadie puede ser obligado a revelar o justificar el voto emitido y tampoco nadie puede controlar o sancionar el voto de otros ciudadanos. En este sentido, aplaudo el anuncio del TSE de prohibir fotografiar la papeleta electoral, máxime cuando sabemos que las razones no son santas. Aunque no resulte fácil en la práctica, los jurados electorales deberían exigir el cumplimiento de esa norma para protección del propio votante.

Más importante es que el voto sea libre, emitido sin miedos ni coacciones de ningún tipo, conforme a las convicciones y voluntad de cada elector. Un voto no es libre cuando el votante sufre presiones reales o sicológicas y hasta chantaje físico para torcer su voluntad.

En esta campaña electoral hemos presenciado diferentes tipos de coerciones que buscaban infundir en el elector el temor de que, si no apoyaba con su voto a una dada candidatura, el futuro se pintaba sombrío.

De ese modo, aparecieron fantasmas cosmológicos (la desaparición del sol y la luna) para asustar a los incautos “kínder-campesinos”, deliberadamente mantenidos en una ignorancia funcional a los intereses de sus “tutores”. Por más metafóricas que fueren esas expresiones -como los gusanos de juanrámonica memoria que iban a zamparse a los opositores (y sí que lo hicieron, metafóricamente)- dejan un mensaje del miedo: el mundo se acaba si no votas por mí.

Al frente, los fantasmas son más terrestres: el miedo al fraude electoral que busca alterar el resultado del escrutinio. Ese terror ha llegado a la paranoia de dudar de los bolígrafos oficiales, sin considerar que un fraude comprobado, por más pequeño que fuera, deslegitimaría una eventual victoria electoral, con imprevisibles consecuencias. Recuerden el “harakiri” del general Juan Pereda Asbún en 1978.

Asimismo, el miedo suele apelar al “cucu” de la deriva dictatorial en el caso de reelecciones, siguiendo el libreto de Maduro en Venezuela y Ortega en Nicaragua. No niego esa posibilidad, pero repruebo que sea la razón que defina el voto. Sin embargo, no se pueden desconocer los antecedentes históricos de regímenes afines, ni la memoria de las dictaturas derrotadas, ni los “lapsus” amenazantes de obesas guerreras de recurrir incluso a la lucha armada.

Los miedos por el comportamiento a futuro de la economía juegan un rol ambiguo. La percepción aún positiva del ciudadano común impide que esa temática aparezca prioritariamente en el debate, como debería. Sin embargo, algunos mensajes subliminales apuntan a dar la ilusión de una bonanza persistente, por un lado, o a insinuar una catástrofe inminente, debido a las tendencias macroeconómicas.

En el primer caso, el mensaje del proceso de cambio es, paradójicamente, “¿para qué cambiar si las cosas están bien?” Y, aunque estuvieran mal, es mejor arreglarlas con las caras archiconocidas que con las buenas por conocer. Desde el otro bando, se insinúa que, por los riesgos inocultables de la economía, es preferible apoyar a candidatos que se rehúsen a seguir bailando al ritmo del derroche y de las inversiones fútiles.

Elegir sin miedos significa, en definitiva, votar a favor de un candidato -no solo en contra de sus oponentes- y, eventualmente, comprometerse con su gobierno. Parafraseando al papa Francisco, ha llegado el tiempo de reforestar la esperanza devastada por el miedo, real o ficticio.

Francesco Zaratti es físico 

Twitter: @fzaratti