Opinión

27 de julio de 2017 11:05

Cuando no vemos lo que vemos


No se busca victimizar, pues al final no hay quien sea más o menos que el otro. Todos somos personas y a pesar de que esta idea fue mencionada repetidas veces por muchos, vale la pena recalcarla una vez más. Lo triste es que los hechos aún se presentan, debido a que no vemos al otro como igual, lo vemos como alguien inferior. Además, quizás las estrategias que estuvimos ejecutando como sociedad, con el fin de disminuir estos sucesos, terminaron incrementando su cantidad porque en vez de reflexionarlos para discernir más humanamente ciertas decisiones, los consideramos como algo normal, algo del día a día.

Muchos se preguntarán ¿de qué se está hablando? Sí, pareciera que no se tiene un norte. Sin embargo, esto tiene un motivo. Leemos, escuchamos y observamos en tantas ocasiones sobre este tema que se convirtió como algo cotidiano. Es un hecho que fue tan mediatizado que incluso es parte de la normalidad de nuestras realidades. Es por eso que aún no lo menciono, pues no deseo que esta reflexión sea parte de una de las tantas que llegan a nosotros y tienen el nivel de impacto al igual que cualquier comunicado, como si éste fuera un anuncio meteorológico, una marcha, un bloqueo o los precios de la canasta familiar.

Esto se trata de la violencia, la violencia contra la mujer. Por un lado se establecieron varias leyes y normativas para disminuir este crimen, que es positivo porque se está haciendo algo para avanzar y mejorar. Sin embargo, por otro lado, la violencia cotidiana existe, la tenemos muy cerca de nosotros y muchos hacemos la vista gorda para pasar por alto este caso.

Caminar por las calles de tu ciudad y sentir la mirada morbosa que registra todo tu cuerpo y además te sigue hasta perderte de vista genera una sensación de repulsión, te sientes sucia y lo único que deseas es salir del terreno amenazante: eso es violencia. Pasear por lugares públicos y de pronto escuchar respiraciones profundas cuando alguien pasa al lado tuyo y peor aún cuando la respiración es acompañada de la palabra “mamacita”, la sensación de temor por tener a la persona de espaldas y la incertidumbre de lo que pueda pasar es tenaz: eso es violencia. O cuando estás en la discoteca y de pronto sientes los roces y apretones “accidentales” de las manos en tu cuerpo, la sensación de invasión de nuestro espacio y privacidad es incontrolable: eso es violencia.

Vale la pena reflexionar sobre este tipo de violencia, se trata de la que vemos en las calles a plena luz del día y justo al frente nuestro pero irónicamente no la vemos ¿o preferimos no verla?. Pues, ¿quién podrá ayudar a evitar este tipo de situaciones?, ¿cómo podemos avanzar si aún se justifica la violencia hacia algunas mujeres por la manera en como se visten?, ¿cómo buscar soluciones para eliminar este hecho denigrante cuando no existe un reconocimiento real de que la lucha para erradicar la violencia contra la mujer no tiene como fin victimizarla, sino alcanzar una horizontalidad de género?, ¿cómo reaccionar ante personas que cometen la violencia silenciosa sin temer que el reclamo se convierta en insultos o agresión física?

Lamentablemente, tomando en cuenta lo que se menciona al inicio, actualmente la violencia contra la mujer se convirtió en un tema altamente mediatizado. Los titulares presentan las agresiones, las violaciones o los feminicidios casi a diario. Esto, por un lado, genera que el tema sature a los ciudadanos y como consecuencia se deje de prestar atención a los hechos o en algunos casos no se quiera saber más sobre la violencia contra la mujer o la reducción de la misma. Y, por otro lado, puede abrir la peligrosa puerta a continuar con más violencia pues algunos ciudadanos pueden llegar a validar el hecho e intentar hacerlo.

No puede ser que este asunto sea parte de nuestra cotidianidad. Y si muchos de los casos de agresiones, violaciones sexuales, feminicidios y otros son tan normales ¿cómo podremos intentar reducir la violencia silenciosa de las calles y lugares públicos? Esa violencia sigilosa que acosa, que intimida, que cosifica y que lastima.

Al fin y al cabo, muchas la hemos experimentado, de un lado o de otro. Quizás la idea es ser consciente, si aún no hemos alcanzado ese estado, para pensar que aquella persona que tenemos enfrente es finalmente una persona y merece un trato digno como tal. Si no modificamos este tipo de situaciones cotidianas y que parecen ser tan insignificantes la eliminación de violencia más radical será muy difícil de alcanzar.

No veamos y callemos, no seamos cómplices de los hechos e intentemos discernir y reflexionar, quizás este sea uno de los primeros pasos imperceptibles que nos llevarán al cambio.

Fernanda Laguna es Comunicadora Social.