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Opinión

21 de abril de 2022 09:38

El Colegio Pichincha y la "letra entra con sangre"


El Colegio Nacional Pichincha es uno de los más antiguos de la ciudad de Potosí, tiene una larga trayectoria educativa que se remonta a 1826. Fue en esa fecha cuando el Mariscal Antonio José de Sucre lo destinó para los fines de instrucción pública. El Colegio Pichincha se encuentra ubicado en pleno centro de la ciudad (calle Hoyos, entre Boulevard y Junín) y ocupa un antiguo edificio que perteneció a la orden de los Bentlemitas. Esta es una orden religiosa guatemalteca, dedicada al cuidado de los enfermos, que llegó a la Villa Imperial en 1700. Esta orden reconstruyó el antiguo Hospital Real de Potosí, siendo este edificio remodelado el actual Colegio Pichincha.

En esta casona del siglo XVIII se han formado varias generaciones de estudiantes pichincheños. Sus gruesas paredes son testigos de muchas historias. También en este recinto numerosos estudiantes se han educado bajo las premisas de convertirse en “hombrecitos de bien”. En el contexto de la experiencia masculina tradicional, esta expresión alude al valor, el coraje y la inhibición de las emociones. También se refiere a cierto culto y legitimación de la violencia machista. Los jóvenes se forman bajo la idea de que deben ser tolerantes a la violencia física. Han sido disciplinados según la usanza de la educación tradicional y militar, es decir vía castigos físicos. Se piensa así que soportar la violencia es sinónimo de masculinidad.

Hace algunos días, circuló un vídeo en el que un profesor abofeteó a un estudiante de secundaria en el Colegio Pichincha. El vídeo se hizo viral y desató un intenso debate en la Villa Imperial. Hubieron al menos dos posiciones encontradas: los que estaban a favor y los que se oponían. Los primeros se autodefinían como una “generación fuerte”. Para ellos la educación debe contemplar los castigos físicos como un corrector necesario. Ellos se precian de resistir a los castigos. Los que estaban en contra, en cambio, postulaban una educación dialogante y de valores solidarios. En esta educación los castigos físicos deben ser erradicados. Este grupo ha sido llamado la “generación de cristal” ya que presuntamente son considerados “frágiles” por la llamada “generación fuerte”. El término “generación de cristal” se utiliza también para designar a los nacidos en el siglo XXI.

La postura más apoyada en Potosí fue la de la autoproclamada “generación fuerte”. En este grupo de jóvenes y adultos se observa cierta nostalgia de la educación tradicional. Algunos de sus defensores, y exalumnos del Colegio Pichincha, suelen decir a viva voz: “La letra entra con sangre”, “Yo soy resultado de la educación del Pichincha”, “A la antigua se aprende más” y “La generación de cristal no aguanta nada”.Las jaripeadas (el castigo físico), como se denomina en un lenguaje coloquial, tienen una larga data en nuestro sistema educativo potosino. Hay quienes se precian de seguir estas tradiciones y de aplicarlas a sus estudiantes.

Miembros de la “generación fuerte” se reúnen cada 7 de mayo (el día de aniversario del Colegio Pichincha) para recordar las jaripeadas que ellos mismos experimentaron. Lo hacen libando licor y expresando de manera efusiva su nostalgia por “los buenos viejos tiempos”. Tiempos de castigo, claro está. Algunos de estos pichincheños de la “generación fuerte” son profesionales y autoridades. Uno se pregunta si no es acaso muy peligroso hacer una exaltación irracional de la violencia. La disciplina no tiene que ser aprendida mediante el castigo físico sino a través de una ética personal de compromiso y solidaridad. Uno se pregunta también que sería de nuestra ciudad si estos importantes profesionales tuvieran una visión más humanista.

Los métodos de la enseñanza tradicional basada en el castigo ya no son tan aceptados por la generación joven. Es muy positivo que haya un cuestionamiento público a esta forma de enseñar. La educación, en realidad, no debe guardar relación ni con la humillación ni con el maltrato. Debemos apostar por una educación en donde prime el diálogo y el respeto a la dignidad humana. La humanidad va cambiando y es positivo aceptar las transformaciones que permiten forjar una sociedad más inclusiva, solidaria y cívica.

Evelyn Callapino Guarachi es politóloga, docente universitaria y fundadora de Mujer de Plata

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