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Opinión

27 de enero de 2022 16:16

Cerro Rico o Cerro Pobre: ¿Vale un Potosí?


El Cerro Rico no pasa desapercibido cuando se camina por la ciudad de Potosí. Desde muchos ángulos y diferentes lugares se puede sentir su presencia ya que no es cualquier montaña. Si una se detiene a verla fijamente, su forma es la de una mujer sentada con una manta que cubre su cuerpo, como si la montaña abrazara a la ciudad. Conocida también como el Sumaq Orcko, esta imponente montaña tiene un color rojizo con matices verdes y plomizos. Desde lejos se le ve armoniosa, grande y muy fuerte.

Muchas generaciones han nacido y crecido en sus faldas. Hasta hoy se conoce que la explotación del Cerro Rico se inició en la segunda mitad del siglo XV durante la época de los Incas. Pero fue a partir del siglo XVI, y en especial desde 1545, que la plata potosina empezó a extraerse en grandes cantidades como resultado del colonialismo español. El Cerro Rico fue una de las minas de plata más importantes del mundo moderno y sostuvo por un largo tiempo el proyecto imperial español. Aún hoy es explotada para extraer plata, antimonio, plomo, zinc y otros minerales. Numerosos investigadores han estudiado la importancia histórica, económica y cultural de la Montaña Roja. En la simbología patria, el Cerro Rico ha sido utilizado como sinónimo de nuestra gran riqueza natural. El escudo boliviano lleva grabado el Cerro Rico. Así, el imponente Sumaq Orcko es un emblema nacional y un símbolo de la identidad potosina. En 1987, la ciudad de Potosí recibió el título de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se honraba así la relevancia histórica y cultural de este imponente venero de plata en la historia humana.

A pesar de todas esas calidades, mientras una se acerca a la Montaña Roja la imagen va cambiando. De lucir armoniosa y hermosa, progresivamente se va tornando en un sombrío paisaje físico y social. Así, se ven sus grietas desde donde se sigue extrayendo el mineral. Al subir sus faldas, se puede apreciar toda la depredación de sus entrañas. Esa imagen de una mujer que abraza a la ciudad, que puede verse a la distancia, se va desvaneciendo y convirtiendo en una mujer muy cansada y abatida. El color rojo va cediendo a uno gris. Este color es el del polvo que producen las máquinas que trabajan día a día en el Cerro. En cierta forma ese color grisáceo produce una sensación de nostalgia. En sus faldas pueden verse también tubos, basura plástica, botellas, rieles, desechos orgánicos, tierra y mucho polvo gris. Esta imagen de abandono causa un sentimiento de enorme tristeza. Pero la Montaña no es solamente un yacimiento; es también un espacio humano. Hombres y mujeres viven y trabajan en sus entrañas. Jóvenes y maduros mineros, algunos de ellos procedentes del norte de Potosí, lucen sus cascos y aqullican sus hojas de coca. También las mujeres, usualmente olvidadas en el paisaje minero, forman parte de este entorno. Las guardas, muchas veces jóvenes madres solteras, son las que cuidan las bocaminas. También otras activas mujeres mineras son las palliris, las que recogen mineral de desmonte. Este paisaje social es de mucha precariedad. El trabajo minero es uno de los más riesgosos y fisícamente muy duro. La explotación del Cerro Rico expone a sus trabajadores (hombres y mujeres) a muchos peligros y accidentes laborales. Son incontables las vidas que se han perdido a causa de su explotación irracional en estos últimos cinco siglos.

Es aquí cuando nos preguntamos: ¿Cómo es que un emblema con una realidad tan oscura puede encarnar la identidad potosina y boliviana? Esta es una pregunta que nos interpela y que es difícil de contestar. Es innegable la importancia histórica de la Montaña Roja. Sin embargo, estas duras realidades nos llevan a pensar sobre las penurias, adversidades y difíciles condiciones de vida de [email protected] trabajadores. Un colectivo que es vulnerable y que vive en condiciones de mucha precariedad a pesar de la riqueza que produce el Cerro. Una riqueza que desde el periodo colonial suele irse de Potosí. Por ello, más allá de sentir orgullo y relacionar al Cerro Rico con la identidad y dignidad potosinas, debería ser una razón para reflexionar sobre la deuda histórica con la gente que ha trabajado el Cerro. Esos miles de hombres y mujeres que desde el siglo XVI han extraído su riqueza para que ella circule fuera de nuestro departamento. Es tal vez el momento de repensar lo que significa el Cerro Rico y de procurar mejores condiciones de vida a sus trabajadores.

Evelyn Callapino Guarachi es politóloga, docente universitaria y fundadora de Mujer de Plata

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