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Opinión

24 de mayo de 2020 09:00

Y si la violencia no fuera la única opción


“Se usa la fuerza cuando la autoridad fracasa” afirmaba Hannah Arendt al reflexionar sobre lo que es la autoridad. Son cerca de dos meses desde que se instauró el estado de emergencia por el covid-19 y la cuarentena obligatoria en el país, la cual muchos sectores -y por diversas razones- se han negado a acatar en su totalidad. La estrategia del gobierno para con estos y con la sociedad en general ha virado entre la violencia y la persuasión. La autoridad hace mucho se ha esfumado y la confianza en las autoridades disminuye.

La primera reacción del gobierno “transitorio” ha sido militarizar las ciudades y amenazar con cárcel para todos. Este uso de la fuerza es cada vez más aplaudido, a la vez que se van sumando los ataques, bloqueos y desacato a las medidas de cuarentena. La violencia como signo de autoridad y la represión como única forma de obediencia forman hoy parte del sentido común; claro, mientras sea aplicada en el otro. También se ha intentado persuadir a través de spots televisivos de un coronavirus que habla y amenaza con contagiar a todo aquel que salga. Lejos de ser una medida educativa, informativa o de concientización, se asemeja más a una política del terror, que dicho sea de paso ha infantilizado a la población. 

Para Arendt la relación de autoridad entre el que manda y el que obedece “no se apoya en una razón común ni en el poder del primero, lo que tienen en común es la jerarquía misma, cuya pertinencia y legitimidad reconocen ambos”. La autoridad implica una suerte de obediencia voluntaria. Las políticas del gobierno (pero no solo de este, pues el gobierno de 14 años del MAS no se queda atrás) han pretendido ser instauradas con el uso de la violencia y del miedo para obtener obediencia, para establecer autoridad. Ninguna ha funcionado como se esperaba y la cuarentena se va levantando de facto poco a poco.

Pero ¿por qué algunos optan por desacatar las órdenes del gobierno ya sea con bloqueos o simplemente sacando a pasear a sus perros? ¿Por qué muchos llegaron incluso a cuestionar la propia existencia del coronavirus? Sin duda uno de los factores que influye en esta desobediencia es la política partidaria y la crisis política irresuelta que arrastramos. El gobierno actual, que saco 4% en las últimas elecciones, no tiene legitimidad y su pertinencia no es reconocida por la mayor parte de la sociedad. A esto se ha sumado un mal manejo de la información y contradicciones constantes de las mismas autoridades que dicen estar preparadas solo para que días después los hechos demuestren lo contrario. 

Ejemplos sobran, hace más de un mes el Embajador de Ciencia y Tecnología anunció la compra de medio millón de tests; días después el Ministerio de Salud endurecía los requisitos para acceder a las pruebas solo a quienes presenten sintomatología activa; aun así el Alcalde de Incahuasi tuvo que pedir hasta las lágrimas algunos tests para quienes presentaban síntomas en su comunidad. Hasta hace unas semanas los datos brindados por la Alcaldía de La Paz y el SEDES sobre los enfermos y fallecidos en el municipio no concordaban. Hace unas semanas se anunciaba la compra de respiradores y cuando llegaron se alertaba que estos no servirían para terapia intensiva y que de paso habrían sido comprados con sobreprecio. 

Hoy la información es vital, no solo para que la gente comprenda la gravedad de la enfermedad, asuma, respete y confíe en las medidas de seguridad dictadas por los diferentes niveles de gobierno, sino también para que estos últimos puedan tener un plan de acción real y efectivo. Yuval Noah Harari alertaba en un artículo reciente que para afrontar el coronavirus la gente necesita confiar en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. El MAS ha minado la confianza en todos estos, pero este gobierno no se ha quedado atrás. 

Pronto tendremos que salir de la cuarentena total y afrontar el virus; ser responsables con nosotros mismos y con la sociedad será un reto. La crisis sanitaria no solo ha develado un sistema de salud deficiente, sino también un mal manejo de la información pública y una falta de autoridad sumada a la crónica enfermedad de la ultra polarización que arrastramos. La instauración de políticas mediante el miedo y la violencia no son formas sostenibles de generar obediencia ni de manejar a las masas, menos ante una crisis sanitaria que da para largo y que se ha visto entremezclada con una seria crisis política. “Una población bien motivada y bien informada suele ser mucho más poderosa y efectiva que una población ignorante y vigilada” dice Harari.

Pero además, más tarde que temprano llegaran las elecciones y se presenta el reto de repensar nuevas formas de generar una autoridad cuya legitimidad sea reconocida por todas las partes, siempre desde un sentido crítico. No son tiempos normales, y si bien no es muy probable que haya cambios profundos una vez que la pandemia haya pasado, puede ser por lo menos una oportunidad para cuestionar problemas estructurales. Reflexionarnos como seres sociales que dependen del otro para sobrevivir, cómo volver a hacer uso del espacio público, cómo asumir el espacio político, cómo hacer frente a las desigualdades, cómo introducir las nuevas tecnologías a la vida cotidiana o cómo aplanar la curva de la ultra polarización. No son tiempos normales, pero como afirma Harari, “en un momento de crisis, las mentes también pueden cambiar rápidamente”.

Estefani Tapia es licenciada en Negocios internacionales y estudios en Ciencias políticas.
Twitter: @EstefaniTapia95
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