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Opinión

20 de febrero de 2020 11:30

Solo cambia el corruptor


Las formas de participación de la ciudadanía han ido mutando, las instituciones políticas no. Evo Morales no se encuentra más en el poder pero los problemas estructurales del sistema y la cultura política boliviana persisten, tal como se demuestran en los recientes casos de corrupción del nuevo gobierno. El prebendalismo, el clientelismo, el ver al Estado como un botín del cual enriquecerse y repartir ‘pegas’ cuando te toca, el revanchismo y por sobre todo la falta de funcionalidad de los partidos políticos como actores de representación de la voluntad soberana son solo algunos de estos.

El proceso post electoral develó la clara crisis de institucionalidad, pero también de representatividad en la que estamos sumergidos desde hace bastante tiempo. El alejamiento y la desconfianza con los partidos políticos de ex-oficialismo y de oposición fueron evidentes en el momento en que unos optaron por no escuchar y otros por no saber ejercer como actores de representación de la población. ¿Cuál es hoy el rol de los partidos políticos? Días antes del 22 de enero los militares salían a las calles y la ciudadanía aplaudía como no aplaude hoy a ningún partido. La legitimidad parecería estar en las fuerzas represivas y ya no así en quienes deberían asegurarnos procesos de mediación democráticos y pacíficos; las razones son claras pero es una situación que debería alertar. 

Las crisis develan las debilidades pero también las oportunidades. Se criticó y critica hoy a los partidos, sí, pero sus debilidades no se asumieron como oportunidad de cuestionar los sistemas de representación que no están funcionando. Pasados los días de convulsión y cuestionamientos nos volcamos nuevamente a una institucionalidad que deja de lado a la mayor parte de la población, volvimos a la partidocracia, al sistema que no ha innovando en las herramientas de participación de una ciudadanía potencialmente muy activa. 

Los partidos, que además se llenan la boca con la palabra pueblo, son estructuras que no responden a los cambios que se han generado; son estructuras oligárquicas y poco democráticas. Hoy en día ya no existen militancias ni ideologías que pesen y eso no lo han entendido, no se han renovado. Pero un elemento quizá más importante es que el sistema está hecho para que funcionen de esa forma, para que quien llegue pueda aprovecharse del poder. Entonces, lo que hay que modificar es el sistema.

Un paso importante se dio recientemente. La Ley de Organizaciones Políticas había restringido la hegemonía de la representación política a los partidos, sin embargo, el TSE permitió a personas de pueblos indígenas participar de las proximas elecciones generales como candidatos independientes por su circunscripción. Elegir y ser elegido es un derecho constitucional y por tanto este derecho se debería ampliar a todos los ciudadanos. 

Otro paso debería girar en torno a la participación ciudadana en todos los procesos, no solo los eleccionarios. Se dice que la gente tiene a su disposición los medios para reaccionar contra la violación de sus derechos mediante la fiscalización y destitución de sus “representantes”. Pero como menciona Michels, “si bien esto tiene un gran valor teórico, en la práctica se ve interferido por la acción de una serie de tendencias conservadoras de forma que el poder del pueblo resulta totalmente ilusorio”. Los procesos de fiscalización y de propuesta de iniciativas ciudadanas, con todo lo que implican, tienen que ser mucho más abiertos y accesibles, para que las instituciones respondan a la gente y no a la elite gobernante de turno. 

Dicen que los revolucionarios de hoy son los reaccionarios de mañana una vez que llegan al poder. Repensar no solo el rol de los partidos y su trasformación, sino el sistema de representación y participación en sí para encontrar aquello que obstaculiza la tan ansiada democracia, que hoy no es más que un significante vacío, es la verdadera tarea. Sumirnos nuevamente en la indiferencia y simple descalificación nos obligará a repetir la historia. Y mientras tanto, la corrupción sigue inmutable, solo cambia el corruptor.

Estefani Tapia es licenciada en Negocios internacionales y estudios en Ciencias políticas.
Twitter: @EstefaniTapia95

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