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Opinión

18 de agosto de 2021 09:51

La indómita memoria histórica en Bolivia

ESCRITORIO 1

Nunca se había desatado en Bolivia una ofensiva oficial, de la magnitud de la actual, que estuviera orientada –en democracia, además– a someter la memoria social y a domesticar el relato histórico.

Se trata ya de un empeño desmesurado que se ha convertido en la principal razón de estar (distinta de la razón de ser) del grupo gobernante, sus guionistas en las sombras, productores, escenógrafos, maquillistas y directores de actuación.

Paulatinamente, el aparato estatal en su conjunto –con recursos económicos incluidos– está siendo puesto al servicio de este preocupante móvil de trasfondo totalitario.

Los mandatarios delegados, sus ministros, parlamentarios, representantes en el extranjero y funcionarios condicionados, junto a dirigencias cooptadas se fuerzan a repetir el mismo discurso maltrecho. La seudo legalidad la ponen desacreditados jueces y la violencia física la policía dirigida por el ministerio de Gobierno, en colaboración con bandas de choque. A su vez, un conjunto de medios de prensa, radio y TV financiados con dinero público aportan un toque de supuesta legitimidad a la mentira que se insiste en instalar.

Es claro que el montaje en curso se propone enterrar lo verdaderamente ocurrido en y después de las elecciones de octubre de 2019, pero al unísono busca ocultar todos los antecedentes que, siquiera desde 2009, condujeron a la debacle del esquema que, a como diera lugar, quiso perpetuarse en el poder. De esa forma, actores protagónicos y secundarios quedan liberados de responsabilidad y se hace factible encontrar “culpables” para cualquier otra cosa.

Mas es igualmente evidente que este esfuerzo obsesivo de desmemoria persigue otros fines de más largo aliento.

Por lo general, el control de la memoria desde el poder político aspira tanto a imponer una lista de hechos, espacios y personajes y una perspectiva cerrada al respecto, como a obtener la conformidad colectiva y, con ello, la mayor adhesión posible a la versión que califica como “correcta”. Apropiarse de la historia es un objetivo típico de regímenes despóticos que, de ese modo, esperan justificar sus actos, anteriores, presentes o futuros.

La fabricación de un “pasado oficial”, a la medida de los intereses del grupo que gobierna, es un camino políticamente estratégico para proporcionar un fundamento mítico a la fidelidad de los leales, doblegar a los adversarios, debilitar la resistencia social posible y sentar las bases de la arbitrariedad indiscriminada en la posterior toma de decisiones.

Este proceso opera mediante una selección deliberada de los acontecimientos, documentos y testimonios que serán admitidos en el “recuerdo autorizado”, con la lógica exclusión de aquellos que más bien conviene eliminar, y suele ser complementado con la creación de rituales conmemorativos destinados a promover la cuasi sacralización de la realidad inventada.

La acción de mostrar y ocultar, que se da en un solo movimiento, alimenta una interpretación sesgada de lo efectivamente ocurrido, la cual “acomoda” el sentido histórico de los sucesos a las intenciones y necesidades de sus manipuladores.

En ese marco, para los que aspiran a distorsionar la memoria nacional reciente, la Constitución podía ser suspendida y la voluntad popular desconocida porque la “reelección indefinida es un derecho humano”, en 2019 “hubo golpe”, el renunciante y fugado ex gobernante de ese momento “corría peligro de muerte”, el gobierno transitorio fue “de facto” y hasta los buses Pumakatari se auto-incendiaron.

A todas luces, este vergonzante, sistemático y cotidiano atentado contra la conciencia ciudadana es y ha de ser la única marca del actual lapso de gobierno, que continúa la senda de desinstitucionalización, engaño y autoritarismo iniciada por su predecesor político. La insensatez resulta su consigna. El fracaso previo no parece decirle nada. Y tampoco el hecho de que el NO de 2016, la movilización democrática nacional de 2019 o la violencia de los que aún ansían volver por (los) millones son experiencias vivas en la indómita memoria histórica del país.

Erick R. Torrico Villanueva es especialista en Comunicación y análisis político

Twitter: @etorricov