Opinión

16 de mayo de 2019 08:42

El periodismo boliviano, entre héroes y tiranos


A la hora de establecer los orígenes del Día del Periodista Boliviano, los pocos escritores que se ocuparon de la historia del periodismo —Gabriel René Moreno, Carlos Montenegro, Eduardo Ocampo, Gerardo Irusta y Ángel Torres— hacen una recurrente referencia a las adversidades y glorias de un redactor que fue fusilado hace 150 años por sus ideales, expresados en los diarios de la época.

Otros investigadores y la mayoría de los dirigentes del gremio toman como referente el decreto ley firmado por el entonces presidente Germán Busch, un día como hoy, hace 73 años. Lo cierto es que en ninguno de esos episodios se emitió documento declaratorio alguno sobre dicha conmemoración.

Veamos algunos hitos de ese contexto. 

Cuando el vecindario de la plaza Murillo temblaba de espanto frente a más de 50 cadáveres amontonados como leña en la acera de la cárcel de Loreto (hoy Parlamento) la voz enérgica de un periodista retumbó en el lugar denunciando al autor de semejante matanza: “¡Plácido Yáñez, asesino!” Era la primavera de 1861, hace casi un siglo y medio.

Cuatro años después, en marzo de 1865, el mismo periodista participó del ingreso triunfante de Manuel Isidoro Belzu a La Paz, cuando recibido por una multitud impresionante, y vio cómo mujeres, hombres y niños se arrodillaban ante el “Tata Belzu” disputándose la gloria de besar sus manos. Había comenzado una revolución contra el dictador Mariano Melgarejo, aleccionada por los escritos de este informador cotidiano. 

Era Cirilo Barragán, abogado y redactor de los periódicos Oriente y El Juicio Público, desde donde denunciaba al colonialismo y a la oligarquía de la época que sustentaban al gobierno de Melgarejo. Declarado enemigo del régimen, fue perseguido, apresado y fusilado públicamente sin proceso judicial de por medio.

De este héroe del periodismo boliviano que pagó con su vida la incansable lucha por la libertad y la defensa de los intereses del Estado, en su obra Nacionalismo y Coloniaje, Carlos Montenegro asegura que “es el primer mártir de la prensa política boliviana… dándose a la muerte en holocausto por la libertad de pensamiento escrito”. Desde entonces, el gremio recuerda estos episodios para rendir homenaje a los informadores que escriben la historia de todos los días en medio de adversidades.

Tal es la importancia histórica de este protagonista del periodismo de denuncia que en abril de 1952, días después de la Revolución Nacional en una conferencia dictada en la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP), Montenegro se refirió a Barragán como el “arquetipo de dignidad y orgullo nacional que ejerció la abogacía con la pasión del buen periodista y practicó el periodismo con el desinterés del buen abogado” porque lo hacía con certeza y energía contra el espíritu dominador del coloniaje, valores que no eran comunes entre los colegas de su tiempo.

Aunque militó en la corriente belcista, en sus escritos Barragán sostenía que “los partidos, los envenenados partidos… son el enemigo capital de los verdaderos intereses nacionales…”. Era intolerante con la corrupción y fue uno de los pocos de su profesión que se “alzó” mediante sus textos periodísticos contra los fusilamientos públicos de Yáñez, por lo que fue recordado como el acto “más heroico del periodismo boliviano”. Montenegro rememoró que el odio de Melgarejo hacia el periodista incisivo “rondaba como una aura de la fatalidad, como el acoso tenaz del tigre”. “Era tal vez el único enemigo invicto ante él, inexpugnable por el terror o el soborno de aquel gobierno”. Esa —dijo— era la lección que dejó a sus colegas de todas las épocas. “Esa lección salió desde la cátedra del patíbulo en el que se lo fusiló. Desde ese día, el periodismo boliviano fue dotado por la historia con un calvario y un Jesucristo”.

En esas circunstancias, el protagonista de esos rasgos históricos se convirtió en el símbolo de la entereza del periodismo, la defensa permanente de la libertad de expresión, de los intereses nacionales y en el motivo de homenaje a los trabajadores de los medios de las generaciones posteriores. Los historiadores no han podido precisar la fecha del fusilamiento de Barragán, aunque algunos como Gabriel René Moreno, en Historia del periodismo boliviano y Gerardo Irusta en Periodismo y revolución nacional consideran que aquella ejecución ocurrió en marzo de 1865. De lo que sí hay certeza es que no fue un 10 de mayo. 

Siete décadas después, el 10 de mayo de 1938 fue aprobado el Decreto Ley N° 10/05/38 por el presidente de la junta militar de gobierno, teniente coronel Germán Busch, con la finalidad de otorgar derechos sociales a los trabajadores del sector y de crear la Caja Nacional de Jubilaciones, Pensiones y Montepíos de Periodistas. Esta norma, que no fue aplicada y duerme en los archivos polvorientos, en ninguno de sus 24 artículos “institucionaliza” ni “declara” expresamente el Día del Periodista Boliviano ni mucho menos hace mención al caso Barragan.
No obstante de ello, el 10 de mayo se convirtió en un día consuetudinario para homenajear y festejar a los hombres y mujeres profesionales de la información y la Comunicación, en una jornada de reflexión sobre las esperanzas y desesperanzas de esta profesión en su cotidiano desarrollo sin límites.

Y hoy, merecen un justo homenaje los periodistas que exorcizaron y exorcizan los fantasmas de la Ley Mordaza —políticos coloniales, oligarcas, neocoloniales, autocráticos y seudo demócratas— que de tiempo en tiempo se asoman a las mesas de redacción con la finalidad de afectar la consistencia granítica de la libre expresión, considerada como la piedra angular de las libertades, garantías, obligaciones y derechos establecidos por la Ley de Imprenta, norma vigente y reconocida por la Constitución actual.

Son también merecedores de una distinción los que a lo largo de los años evitaron que la libertad de pensamiento, opinión, información, interpretación y comunicación sea borrada del mapa jurídico para debilitar la fuerza orientadora y fiscalizadora de los medios/periodistas y el derecho de la sociedad a conocer la verdad de los hechos que los más fuertes quieren mantenerla oculta.

Los periodistas que en esta coyuntura política enfrentaron y sufren presiones de los poderes políticos, económicos, sociales y mediáticos; aquellos que fueron o intentaron ser “escarmentados” con procesos en los tribunales y que hasta fueron encarcelados por practicar un periodismo investigativo para informar, orientar y fiscalizar a los que abusan, vulneran los derechos humanos y saquean las arcas del Estado, también merecen un abrazo en esta jornada conmemorativa. 

Entonces, es imperativo que los periodistas de hoy y mañana conserven activada la defensa de la libertad de expresión mediante el poder de la palabra y la acción contra los que pretenden mantener un estado de impunidad a través del control de medios y la supremacía de la palabra del poder.

Edwin Flores Aráoz es periodista y docente universitario

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