Opinión

13 de febrero de 2019 09:54

LAS RAÍCES DE LA VIOLENCIA


A diario se leen noticias como: “padrastro violó a niña de 7 años”, “nuevo caso de feminicidio”, “un hombre golpeó a menor hasta fracturarle las costillas”, “marcha termina con destrozo de instalaciones”, “ciudadano agrede a guardia municipal por inmovilizar su vehículo”, “profesora agrede a estudiantes por no hacer sus tareas”, etc., etc. y una larga cadena de etc. ¡Qué triste y lamentable es comprobar que situaciones similares se presentan con mucha frecuencia en el país!

Una sociedad que ve con indiferencia, apatía o morbo la violencia y se queda en la crítica del hecho puede estar perdiendo la conciencia de la dignidad de la persona humana y naturalizando –incluso justificando- esa situación.

Es preciso atender, con eficiencia y compromiso efectivo, a las raíces de la violencia, allí donde ésta nace, crece y se reproduce. No basta con atacar las consecuencias, muchas veces replicando formas violentas de represión o castigo; ciertamente es importante atender esos hechos pero nunca llegaremos a transformarlos si sólo se plantean acciones punitivas.

Es urgente revisar, cuestionar y transformar las estructuras sociales que sostienen y potencian esa violencia (sea del tipo que sea). La violencia contra la niñez o la mujer no se da en un espacio difuso y etéreo, está presente en las familias, las escuelas, las iglesias, las instituciones estatales, el fútbol, la protesta, el mercado o el transporte –entre muchas otras.

A esa violencia estructural que permea amplias capas de la sociedad alimenta una violencia cultural que desde diversos medios y plataformas reproduce a diario discursos de odio, racismo, superioridad, intolerancia y más. En nuestro lenguaje y acciones validamos y justificamos la violencia contra la niñez a título de disciplina y educación o contra la mujer porque se la considera inferior al varón y tiene que someterse a las formas patriarcales (desde el vestido hasta la profesión).

Cuando se conoce la noticia de un nuevo hecho de violencia se grita, protesta, llora o hay una indignación ética; se plantean medidas inmediatistas para atacar el hecho pero no se ahonda en la crítica a las raíces de esa violencia y así se sigue hasta que otro nuevo suceso conmocione. Lastimosamente esa actitud sólo muestra que, en realidad, poco o nada importa lo que pase pues no nos afecta personalmente y se llega a pensar que “ese no es mi problema”.

La tasa de feminicidios en Bolivia es una de las más altas en la región, lo mismo que los embarazos adolescentes. Las causas no son tomar unas copas demás o convivir con psicópatas o no cumplir con los deberes, las causas están enraizadas en mentalidades que consideran válido y justificado el dominio, abuso y poder sobre el otro, la otra, y que aquello no puede ni debe ser cuestionado.

Si de verdad se quiere erradicar la violencia, a más de hacer leyes, se debe encarar la defensa sin tregua de los valores humanos y la dignidad de toda persona. Y eso parte, también, desde el ejemplo que las máximas autoridades del país dan a la ciudadanía, algo que está lejos de suceder, cuando desde el Presidente hasta funcionarios públicos se hace gala de ofender y faltar el respeto a las mujeres; los ejemplos sobran, unos son festejados y otros reprochados, con tal ambigüedad no se cambiarán las actitudes.