Opinión

30 de noviembre de 2021 14:09

El país de la pereza

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Luego de la conferencia de prensa donde el Ministro de Economía, Marcelo Montenegro, presentó la Propuesta de Presupuesto General del Estado 2022, las alarmas saltaron. Más allá de haber transgredido nuevamente la norma al haber pasado la barrera máxima de 2 meses antes del cierre de gestión para presentar oficialmente un proyecto de ley con el Presupuesto a tratarse para una siguiente gestión, sorprende el desproporcionado tamaño del gasto público.

El Presupuesto Consolidado asciende a 93% del PIB Nominal 2020, el mismo está destinado en un 57,4% a Gastos Corrientes y tan solo un 16,6% a Gastos de Capital. Financiados a partir de un incremento en la Recaudación Tributaria, es decir financiados por ustedes lectores ya sea a partir de restringir parte de sus ingresos o a través del pago de precios más altos a la hora de consumir.

El costo adicional que deberán soportar es de 5.380 millones de bolivianos, descontando el IEHD y el IDH ligados a los resabios del sector hidrocarburos. Una mala noticia para las autonomías: municipios y universidades públicas es una caída de las recaudaciones por IDH de 679 millones de bolivianos (proyecciones MEFP); el federalismo no suena tan atractivo ahora ¿no creen?

Otro elemento escandaloso del PGE 2022 es la segunda fuente de financiamiento registrada, Crédito, 40,7% proveniente de fuentes de financiamiento interna y externa (15,6% y 25,1% en el agregado Externo e Interno). Es decir, el objetivo es el gasto, no queda dudas, producir paso a un segundo plano, si Bolivia no gasta y mantiene dando “coleteós” a la demanda agregada estamos bien, el Modelo Económico Social Comunitario Productivo es una máquina succionadora de recursos que escupe consumismo al más puro estilo de la destructora y nociva globalización.

Como no hacerlo, si ustedes no gastan, el “velocímetro” de la economía no registraría ningún movimiento del cual posteriormente la alta burocracia pueda jactarse sin entender muy bien el costo subyacente. Desde el presidente hasta el último de sus asambleístas anónimos que levantan la mano, pero no abren la boca más que para hacer eco de la propaganda triunfalista.

Esto trae a colación el trabajo de Paul Lafargue (1883) titulado “Derecho a la Pereza”, el texto es una crítica moral hacia el trabajo, es decir desmontar la idea que el proletariado debería abrazar el trabajo con un medio no solamente para generar ingresos y ser capaz de consumir, así como poder acumular riqueza. Lafargue afirma que la burguesía fue lo suficientemente astuta para alimentar las mentes de un desprevenido proletariado para que este asuma largas horas de trabajo como un derecho ganado, ser productivos y coadyuvar con su trabajo a las grandes industrias.

Se les hizo creer que en la medida que consumían ciertos productos, su bienestar mejoraba. Es decir, el espíritu que motivaba al proletariado a trabajar era una construcción proveniente de la burguesía que capitalizaba ese consumismo a partir de las utilidades que generaban desde la comodidad de sus puestos de poder a cambio de migajas que pagaban a sus trabajadores como retribución a su esfuerzo.

Una perversidad que no tiene nombre. No es casualidad que Karl Marx lo tuviera como referente durante sus años de “creatividad” en la comodidad de su vida “burguesa”.

Entonces, si Lafargue no creía en el trabajo ¿qué tipo de sociedad proponía? Bueno el destacaba rasgos del sistema imperante en la Antigua Grecia, donde el ser humano podía disponer de su tiempo para ser “feliz”, preocuparse de sí mismo y desarrollar el ocio, así como dar rienda suelta a su creatividad. Unos cuantos marginales indignos se encararían de sostenerlos.

En su lógica, el trabajo solamente estaba destinado a 5 “razas”: Los auverneses en Francia; los escoceses, los auverneses en las Islas Británicas; los gallegos, los auverneses de España, los pomerianos, los auverneses de Alemania y los chinos, los auverneses en Asia.

Estos 5 pueblos reconocían el trabajo como una necesidad orgánica, el resto había sido corrompido por el plan maestro de la burguesía, que a ojos de Lafargue, justamente vivía tal cual un hombre libre debía hacerlo, subvencionado por otros y dedicado exclusivamente a buscar su felicidad y admirar los esplendores de la vida.

Volviendo al país, vemos que la lógica retorcida de Lafargue, se hace presente en el futuro que tiene pensado el Movimiento al Socialismo, el trabajo es visto como una deshonra a tal punto que el Estado debe hacerse cargo de “mantener” a todos y cada uno de sus “comensales”. Esas 5 razas tranquilamente podrían aceptar una nueva incorporación, el sector privado productivo, aquel que lucha por sobrevivir a pesar de todos los obstáculos y pesos administrativos con los que debe lidiar.

Bolivia venera la pereza, como un derecho, el trabajo se cambió por la pega y el bono. La cultura boliviana está siendo trágicamente deformada hacia la pereza, lamentablemente el esfuerzo y trabajo duro es visto como una simple nostalgia propia de la tercera edad. Es preocupante como el beneficio inmediato y la comodidad del corto plazo impide que se pueda abrir la mente hacia horizontes de largo plazo;

Gran parte de los males identificados por Lafargue pueden verse en el espíritu del modelo económico de Arce, consumismo, a cualquier costo. No es acaso este un intento más moderno para esclavizar al “proletariado” moderno. En ese entonces el esclavizador burgués perpetuaba su estilo de vida despreocupado en las espaldas de los trabajadores mal pagados, desorientados y agradecidos por la oportunidad de ser sobreexplotados.

Hoy el modelo de poder del MAS, perpetua su estilo de vida despreocupado, aventajado y abusivo en las espaldas de los bolivianos: mal pagados mediante unas Migajas Nacionales Mínimas que se negocian entre políticos y dirigentes obreros, desorientados por un sistema de educación mediocre, de adoctrinamiento y manipulación del individuo; y agradecidos con que el partido de gobierno les permita tener ese pequeño pedacito de patrimonio a cambio de su silencio cómplice,

Lafargue de vivir en la Bolivia de hoy diría con total convencimiento: “Con Lucho vamos bien”

Carlos Armando Cardozo Lozada es economista, Máster en Desarrollo Sostenible y Cambio Climático, Presidente de Fundación Lozanía

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