Opinión

17 de marzo de 2018 15:38

8M, un llamado a la consciencia, a la solidaridad y a la lucha


“No queremos felicitaciones, queremos reivindicaciones”. Algunas mujeres bolivianas han tomado el 8 de marzo, igual que en algunos países  del mundo, como una fecha para denunciar la histórica inequidad con las mujeres y los sectores más vulnerados en la sociedad. En esta ocasión, y marcando historia en la ciudad de La Paz, se han alineado colectivos, organizaciones, instituciones, sindicatos y activistas, en una movilización con múltiples demandas. De manera colectiva se ha realizado un pronunciamiento, denominado “POR UN 8 DE MARZO COMBATIVO - ¡LAS MUJERES NOS MOVILIZAMOS Y HACEMOS TEMBLAR LA TIERRA!”, el cual, personalmente me ha llamado a participar en esta movilización.

Mi participación la he orientado sobre todo a escuchar; a escuchar a aquellas mujeres como Lidia, que tenían ganas de gritar, de manifestarse y que las escuchen. Es así, que en los siguientes párrafos expondré una articulación de aquellas voces que gritaban, que expresaban un sentimiento de disgusto, de disconformidad, de lucha. A aquellas voces que tienen un mensaje que resuena todavía en los oídos de aquellas que hemos estado atentas.

La marcha se inició a la altura de la plaza San Francisco. En este lugar conocí a María, una obrera que con justa razón exigía igualdad salarial y derecho a un seguro de salud. Ella me dijo que estaba cansada de que sólo los hombres, en el rubro de las construcciones, sean los más beneficiados cuando el trabajo que se realiza es el mismo. Ella quería gritar y quería que la oigan tanto en el trabajo como en el hogar: que ella está cansada, ella realiza dos trabajos, el de la construcción y el del hogar y ninguno es remunerado justamente. Ella lastimosamente no tiene apoyo alguno. Su jornada inicia a las 5 de la mañana, su primera actividad es cocinar. Luego se encarga de dar desayuno a sus hijos y esposo, y posteriormente de llevar a sus hijos al colegio. María va a trabajar inmediatamente después, pero más o menos al medio día debe recoger a sus hijos del colegio. Normalmente se atrasa en hacerlo porque en su trabajo no le dan permiso para salir antes o llegar un poco después. De hecho, cuando sale antes o cuando llega tarde es motivo para que su jefe le descuente su salario. Y esto porque a su jefe no le importa para nada lo que ella debe hacer. Simplemente la penaliza por ser impuntual. Ella retorna a su casa en la noche, directo a preparar la cena, limpiar la casa, y dormir. Esta rutina la repite todos los días de la semana, y aunque no trabaja en la construcción los fines de semana, hay compañeras suyas, con una rutina y condiciones parecidas, que sí lo hacen. 

“Estoy harta de fingir que estoy casada para que no me acosen en mi trabajo” Soraya, quien es una joven que reclama su derecho a trabajar libre de acoso y que al ver que su condición no es la única de entre las mujeres bolivianas, siente las ganas de seguir manifestándose ante esta injusticia. Lo que la motiva es que las personas, al saber las acciones que ella realiza por los derechos de las mujeres, toman conciencia o al menos reflexionan sobre esta realidad. Ella, consciente de la doble explotación hacia la mujer, hacia la represión de formas de expresión y falta de derechos laborales (tanto en entidades públicas como en privadas) siente un profundo enojo, sin embargo ha tomado la decisión de no rendirse.

Conocí también a Lucilda, una trabajadora del hogar, bastante molesta e indignada por las precarias condiciones laborales de su sector. Ella sentía rabia e impotencia porque el gobierno no respeta el convenio 189. Su situación de inconformidad radica principalmente en el machismo y la discriminación constante en la que ella vive y también su sector. Mientras conversaba con ella escuché repetidas veces la frase “Sin seguro de salud, no hay trabajo digno”, lo que me hizo preguntarle realmente en qué condiciones trabaja. Ella me indicó que no cuenta con un seguro de salud, a pesar de las promesas en su sector no se cuenta con la afiliación a ningún seguro de salud. Si bien cuentan con algunos beneficios señalados en la ley general del trabajo, la lucha que llevan desde hace años, que no abandonarán hasta conseguir su objetivo, es contar con un seguro de salud.

A medida que continuó la marcha, mientras escuchaba el grito coordinado de “Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha feminista América Latina” encontré la mirada de una mujer, aquella mirada me decía !quiero justicia!. Su hermana, Stephanie Arias, fue víctima de feminicidio. Con lágrimas en los ojos me dijo que ella no quiere que alguien pase por lo que ella y su familia han atravesado. Y esa es su lucha, la lucha por la vida de las mujeres, por la vida de su hermana. “Señor, señora, no sea indiferente, se matan a las mujeres en la cara de la gente”.

Cuando ví a lo lejos una bandera que me parecía familiar, llegaba un grupo de mujeres que estaban en contra de los megaproyectos en áreas rurales. Las mujeres que estaban en este grupo venían del Bala, Chepete, TIPNIS, Tariquía, Rositas, eran mujeres que luchaban por la vida. “Por nuestros ríos libres, no a las represas”; “Por Tariquía, fuera petroleras”, “Y en el TIPNIS, no a la carretera”; entre esos gritos estaba Paola, una mujer que siente esperanza, una mujer que es líder y está convencida de que se debe lograr una transformación en la sociedad, una que alcance gualdad entre todas las formas de vida. Ella, al igual que las demás mujeres provenientes de comunidades amedrentadas, divididas, amenazadas, ante el Ministerio de Desarrollo Rural exigía respeto, que se le escuche y no se destruya su casa.

“Aborto clandestino, negocio asesino. Aborto insalubre Evo lo encubre”. A la altura del Ministerio de Salud conocí a Cecilia, una mujer indignada por el negocio clandestino que toma la vida de cientos de mujeres al año, que exige la libertad de decisión. La despenalización para ella representa el fin de condiciones ínfimas a las que cientos de mujeres se someten cada año arriesgando sus vidas. Ella está convencida de que el hecho de que una mujer quiera abortar no implica que todas quieran hacerlo, y que la despenalización del aborto no significa que inmediatamente todas las mujeres lo van a hacer. Es por eso que se debe romper ese estigma. A su vez, ella criticaba a personas e instituciones moralistas, que obligan a una mujer a dar a luz, y al momento de nacer la criatura no son competentes para dar apoyo, se desligan totalmente de esta vida y nada más juzgan a la madre por varios motivos, entre ellos por ser madre soltera.

Ya en la concentración en el Monoblock tuve la oportunidad de conocer a Julio, un joven que junto a sus compañeros-as milita por las injusticias que sufren las mujeres y niñas-os en las guerras. En Siria, las mujeres y los niños son los que pagan por los intereses de sectores muy reducidos, que detentan el poder y toman decisiones sin importarles la vida y dignidad de los demás. Pues él siente indignación, y un sentimiento de luchar contra este tipo de atropellos, que se originan en el hecho de que él no concibe cómo pueden vivir en estas condiciones mujeres que podrían ser su madre o sus hermanas.

Cuando la batucada comenzó a escucharse, comencé a escuchar a Gabriela, una persona hermosa que estaba feliz, porque sentía que no estaba sola en la lucha. Ella sostuvo que más allá de la biología, de ser de un género o del otro, la lucha está en nuestro cuerpo y en nuestro pensamiento; ya que todos-as llevamos la chispa de rebeldía, la cuestión está en encenderla y es nuestra misión provocar que la chispa que está en cada uno-a se encienda.

Y es así como en mi jornada por las manifestaciones he escuchado muchos sentimientos, pensamientos, convicciones y deseos. Pero en general hay mucho más, todas las mujeres que decidieron manifestarse tienen sus propias razones, todas desde su propio ser han logrado formar una cohesión que le da cuerpo a una demanda histórica, en contra a la condición social establecida, en términos de Butler, prohibitiva, represiva, amedrentadora y  castigadora.

La realidad es que el 8M nos llama a tomar consciencia, tanto en un plano micro como macro del mundo, pues hay una serie de injusticias; las mujeres todavía viven en condiciones denunciadas por Beauvoir hace más de sesenta años, condiciones de doble explotación, de objetivación; la mujer vive siempre condicionada, siempre desapropiada de su cuerpo y de su ser. En sí, el sistema heteropatriarcal no ha cambiado ni ha sufrido significativas transformaciones. Todavía existe un dominio absurdo y una exclusión latente hacia las mujeres y a la comunidad LGBT. El abuso sistemático de estos grupos en Bolivia goza de impunidad, y ante esto, parece haber una complicidad Estatal.

Hasta el momento, la dominación que se tiene de la mujer se la puede observar constantemente. Como se gritaba en la marcha, “Con permiso del estado pacos y milicos a mujeres han matado”, y la realidad es que en Bolivia la muchos de los feminicidios que se cometen son provenientes de este sector, policías y militares, impunes en muchos casos, porque los juicios requieren exorbitantes sumas de dinero, sumas que no todas las mujeres pueden pagar. Lo triste es que la falta de respeto hacia la vida predomina en el país.

La lucha que llevamos las mujeres en este sistema nace desde un sentimiento en común, el querer vivir libres. “Vivas y libres nos queremos”. En la marcha no he observado a mujeres con intereses politiqueros, egoístas. He observado a mujeres con deseo de independencia, solidarias, con el deseo de cambiar las injusticias de todo tipo, como por ejemplo la brecha salarial, la discriminación a las mujeres embarazadas, el acoso, la falta de centros de cuidado infantil, la falta de respeto a las comunidades indígenas y sus formas propias de ver el desarrollo, la precaria educación sexual y las condiciones del aborto, que cada año se lleva la vida de cientos de mujeres.

La manifestación del 8M en La Paz ha sido un grito contra la indiferencia, contra la comodidad de hacerse a los locos. Un grito de apelación a la solidaridad y a la lucha conjunta. En el mundo este grito ha resonado fuertemente, como en España donde el paro ha sido masivo y arrollador; espero que en nuestro contexto se haya escuchado también.

Vivir en la negación no es la respuesta y no es la mejor decisión para ser felices. A aquellos-as que tal vez sientan incomodidad al leer esto, pues es un llamado a la reflexión, si la realidad les incomoda es porque debe tener algo que queremos transformar, no sólo a nivel global sino también individual. Y para aquellas-os que hemos decidido ser militantes o participar de manera individual, sólo queda decir, al igual que para los casos de feminicidio, ¡Ni un minuto de silencio, toda una vida de lucha!

Ara Gómez es socióloga y estudiante de ingeniería ambiental